El lago Uru Uru, en la región del Altiplano andino de Bolivia, departamento de Oruro, fue durante generaciones el sustento de las comunidades indígenas de la zona: pesca, riego, ganadería, todo dependía de sus aguas. La combinación de contaminación minera, sobre todo proveniente de la mina San José, aguas residuales de la ciudad de Oruro y una acumulación creciente de residuos plásticos fue degradando el ecosistema hasta el punto de que buena parte de su fauna, incluidos los flamencos que alguna vez lo poblaron en grandes cantidades, prácticamente desapareció.
La idea que vino de los abuelos

Frente a ese deterioro, la activista aimara Dayana Blanco Quiroga cofundó Uru Uru Team, un colectivo formado mayormente por jóvenes y mujeres de las comunidades indígenas de la zona que empezó a organizarse en 2019. La solución que terminaron adoptando no vino de un laboratorio: vino de la propia tradición local. La totora (Schoenoplectus californicus), una planta acuática nativa que sus comunidades ya usaban desde hacía generaciones para filtrar agua destinada al ganado, tiene la capacidad de absorber metales pesados y otros contaminantes del agua en la que crece, según relevó Mongabay Latam. Nadie la había probado antes en un cuerpo de agua con niveles de contaminación tan altos.
Balsas hechas con la misma basura del lago

El problema técnico era simple de plantear pero difícil de resolver: la totora necesitaba flotar en la superficie del agua contaminada sin hundirse, así que el equipo empezó a construir balsas flotantes usando justamente las botellas de plástico que sacaban del propio lago. El primer prototipo se hundió. Recién en el tercer intento, reforzando la estructura con palos que además funcionaban como rejillas para ayudar al crecimiento de las raíces, el sistema funcionó.
Seiscientas totoras y una caída del 30% en la contaminación
Solo durante 2024, el colectivo construyó 40 balsas con botellas de plástico recicladas extraídas de la basura del lago y colocó sobre ellas unas 600 plantas de totora. El resultado, medido en las zonas piloto donde se instalaron las balsas, fue una reducción de hasta el 30% en la contaminación del agua, según reportó Infobae. Con la mejora en la calidad del agua, los flamencos empezaron a reaparecer en sectores del lago donde llevaban años sin ser vistos.
El proyecto no habría funcionado sin la participación activa de toda la comunidad. Los ancianos de la zona aportaron conocimiento sobre el manejo tradicional de la totora, otros grupos levantaron cercas para proteger las plantas jóvenes del ganado, y se organizaron equipos encargados de cuidar las balsas flotantes frente a quienes intentaban ocupar esos espacios del lago. Uru Uru Team creció hasta reunir a unos 70 jóvenes y estudiantes, mayoría mujeres, y el lago fue reconocido como sitio Ramsar (humedal de importancia internacional) por la relevancia ecológica que todavía conserva para más de siete comunidades indígenas de la región.
Un modelo que busca escalar
El colectivo se propuso plantar unas 4.000 totoras por año como meta a futuro, con la intención de expandir el modelo de balsas flotantes a otros sectores del lago y, eventualmente, a otros cuerpos de agua contaminados de Bolivia. Dayana Blanco fue reconocida internacionalmente por este trabajo como Restoration Steward por la organización Ramsar, un reconocimiento que busca amplificar iniciativas de restauración lideradas por comunidades indígenas en todo el mundo.