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Ciencia

Estos caracoles no tienen larvas capaces de nadar, pero llegaron hasta la Antártida. La genética apunta a que cruzaron el océano hace 7,9 millones de años sobre balsas de algas

Son diminutos, viven pegados a las costas y carecen de una fase larvaria capaz de recorrer grandes distancias. Aun así, algunos de sus antepasados consiguieron atravesar el océano Austral. Un nuevo estudio cree haber encontrado el vehículo: enormes macroalgas arrancadas por las tormentas que funcionaron como balsas naturales
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Un caracol marino de apenas unos milímetros no parece el mejor candidato para protagonizar uno de los grandes viajes de colonización del planeta. Mucho menos cuando ese viaje implica cruzar enormes extensiones del océano Austral y terminar en la Antártida. Sin embargo, eso es exactamente lo que parece haber ocurrido.

Investigadores de la Universidad de Chile y otras instituciones han reconstruido la historia evolutiva de pequeños caracoles de los géneros Laevilitorina y Laevilacunaria. El estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B, señala que algunos de sus antepasados habrían conseguido alcanzar nuevos territorios viajando adheridos a macroalgas flotantes durante episodios excepcionales ocurridos hace millones de años.

La idea resuelve además un problema bastante desconcertante: estos animales no tienen larvas de vida libre capaces de nadar largas distancias. Si querían llegar a otra isla, necesitaban literalmente que algo los llevara hasta allí.

La solución estaba en convertir un alga en un barco

Estos caracoles no tienen larvas capaces de nadar, pero llegaron hasta la Antártida. La genética apunta a que cruzaron el océano hace 7,9 millones de años sobre balsas de algas
© The University of Alabama at Birmingham.

El mecanismo es extraordinariamente sencillo. Macroalgas como el cochayuyo pueden ser arrancadas de las rocas por el oleaje o durante una tormenta. Algunas son capaces de mantenerse flotando y dejarse arrastrar por las corrientes durante grandes distancias. Y cuando se desprenden, no necesariamente viajan solas. Sobre ellas pueden permanecer caracoles adultos, juveniles e incluso masas de huevos. El alga se convierte así en una pequeña isla a la deriva que transporta consigo parte del ecosistema que vivía sobre ella.

El fenómeno, conocido como rafting, ya se considera un importante mecanismo de dispersión para organismos marinos incapaces de recorrer el océano por sí mismos. Algunas grandes algas flotantes del hemisferio sur pueden viajar miles de kilómetros empujadas por las corrientes oceánicas.

En este caso, las huellas del viaje no se encontraron siguiendo una balsa actual, sino leyendo el ADN de los descendientes. El equipo estudió ejemplares recogidos entre 2017 y 2023 en 19 localidades antárticas y subantárticas. Comparó cuatro marcadores genéticos, la anatomía externa y la rádula (la estructura con la que estos moluscos se alimentan) y reconstruyó después dónde pudieron vivir sus antepasados.

Uno de esos viajes pudo ocurrir hace 7,9 millones de años

Estos caracoles no tienen larvas capaces de nadar, pero llegaron hasta la Antártida. La genética apunta a que cruzaron el océano hace 7,9 millones de años sobre balsas de algas
© The University of Alabama at Birmingham.

La reconstrucción apunta a un episodio especialmente espectacular. Hace aproximadamente 7,9 millones de años, una población habría pasado desde islas subantárticas (posiblemente las Kerguelen) hasta la Antártida occidental. Más adelante, otro linaje habría realizado el viaje en sentido diferente desde la región antártica hasta Georgia del Sur.

No habría sido algo habitual. Los investigadores creen que fueron acontecimientos extremadamente raros, quizá facilitados por grandes tormentas capaces de arrancar masas de algas y lanzarlas a las corrientes. Pero evolutivamente basta con que ocurra una vez.

Si algunos caracoles sobreviven al trayecto, llegan a una costa adecuada y consiguen reproducirse, acaba de aparecer una población separada de la original por miles de kilómetros de océano. El aislamiento hace el resto: con suficientes generaciones, ambos grupos comienzan a acumular diferencias genéticas y morfológicas.

El viaje también ha revelado que quizá llevábamos décadas clasificándolos mal

Estos caracoles no tienen larvas capaces de nadar, pero llegaron hasta la Antártida. La genética apunta a que cruzaron el océano hace 7,9 millones de años sobre balsas de algas
© The University of Alabama at Birmingham.

La investigación terminó encontrando además algo que sus autores no esperaban. Actualmente Laevilitorina y Laevilacunaria se consideran dos géneros distintos. El primero contiene unas 25 especies y ocupa una enorme región que va desde Sudamérica hasta Australia, Nueva Zelanda, la Antártida y varias islas subantárticas. El segundo apenas incluye tres especies reconocidas y está mucho más restringido al océano Austral.

Pero el análisis genético no dibujó dos familias evolutivas perfectamente separadas. Aparecieron cuatro grandes clados, lo que plantea la posibilidad de que en realidad estemos ante cuatro géneros diferentes. Dentro de las tres especies actualmente reconocidas de Laevilacunaria, el equipo encontró además cinco unidades evolutivas distintas. Aún no son nuevas especies oficialmente: hará falta más trabajo taxonómico y muestras de regiones como Australia y Nueva Zelanda.

El descubrimiento convierte a estos minúsculos caracoles en algo parecido a cápsulas del tiempo. No pueden cruzar un océano nadando. Pero hace millones de años algunos tuvieron la suerte de estar sobre el alga adecuada, durante la tormenta adecuada y en la corriente adecuada. Y aquel improbable viaje terminó dejando descendientes al otro lado del planeta.

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