El problema con la desertificación es que la palabra invita a imaginar dunas avanzando y convirtiendo poco a poco Europa en el Sáhara. La realidad es bastante menos cinematográfica, pero también más preocupante.
La Comisión Europea acaba de publicar una de las fotografías más completas hasta ahora sobre el estado de sus tierras. Por primera vez, los 27 Estados miembros pueden analizarse mediante una metodología armonizada para distinguir degradación, aridez y desertificación. Y cuando se aplica esa misma vara a todos, España aparece en el lugar más incómodo del mapa.
Según el Joint Research Centre (JRC), el 52,92% del territorio español presenta condiciones de desertificación, el porcentaje más alto registrado entre los países de la UE. Hay, sin embargo, un matiz importante: eso no significa que el 53% de España sea un desierto ni que todo ese porcentaje sea simplemente “tierra árida”.
El 53% no significa que media España se haya convertido en un desierto

La desertificación tiene una definición técnica concreta. Naciones Unidas la describe como la degradación de las tierras en regiones áridas, semiáridas y subhúmedas secas, causada por una combinación de variaciones climáticas y actividad humana. No es, por tanto, el simple crecimiento físico de un desierto.
El método europeo empieza identificando las drylands mediante el índice de aridez. Después cruza esa información con indicadores de degradación relacionados con la cobertura del suelo, productividad y estado del propio suelo. Cuando ambas circunstancias coinciden (tierra seca y degradada) hablamos de desertificación.
Eso hace especialmente relevante la cifra española.
La tabla detallada del informe sitúa a España en 52,92%, seguida por Chipre con 45,15%. Portugal alcanza el 27,47%, Rumanía el 26,83% e Italia el 13,97%. Y España tampoco destaca únicamente por la superficie: alrededor del 43% de su población vive en zonas afectadas, una de las proporciones más elevadas de la Unión. En este caso Chipre encabeza la clasificación con un 61%, seguida por Grecia con un 47%.
Europa tiene 530.000 kilómetros cuadrados afectados

Cuando se amplía el mapa, la escala del problema resulta mucho más visible.
Las zonas áridas ocupan actualmente aproximadamente 611.000 km² de la UE, alrededor del 15% de su territorio. De ellas, unos 530.000 km² presentan desertificación, lo que equivale aproximadamente al 12% de toda la superficie comunitaria. Cerca de 42 millones de personas viven en esas áreas.
El gran foco se concentra, como cabría esperar, en el Mediterráneo y el sureste europeo: Península Ibérica, Italia, Grecia, Chipre, Bulgaria y Rumanía aparecen entre las áreas más expuestas.
Pero el informe introduce además una diferencia importante respecto a evaluaciones anteriores. La nueva metodología europea detecta en muchos Estados entre dos y tres veces más terreno degradado que el enfoque estándar empleado para el indicador 15.3.1 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en parte porque utiliza una caracterización más amplia del deterioro del suelo.
Eso tampoco significa necesariamente que la situación haya empeorado de repente: la herramienta de medición ha cambiado, de modo que estas cifras no pueden utilizarse como una serie histórica directa para afirmar cuánto ha avanzado la desertificación en unos pocos años.
Lo más preocupante del mapa está fuera de las zonas secas actuales
El dato que quizá mejor explica hacia dónde puede dirigirse Europa está en las proyecciones.
El JRC identifica otros 1.004.608 km² con riesgo elevado de desertificación según los escenarios del índice de aridez para 2021-2040. Y una parte importante se encuentra fuera de los territorios que actualmente se clasifican como zonas áridas, incluyendo áreas de Alemania, República Checa y Polonia.
Los modelos utilizados por el informe proyectan además que las regiones secas podrían expandirse entre 200.000 y 400.000 km² durante las próximas décadas, con los cambios más acusados en España, Italia, Grecia y los Balcanes, aunque también avanzando hacia zonas de transición de Francia, Hungría y Rumanía.
Ese es probablemente el mensaje más importante del nuevo mapa. La desertificación europea ya no es únicamente una cuestión del extremo sur del continente. España simplemente está mostrando antes que nadie hasta dónde puede llegar el problema.