Fomalhaut se encuentra a unos 25 años luz y es una de las estrellas más brillantes del cielo nocturno. También se ha convertido en una especie de escena del crimen cósmica: cada telescopio que la observa encuentra una pista nueva, pero casi ninguna conduce hasta el planeta que los astrónomos esperaban.
La última procede de ALMA. El observatorio no ha fotografiado un mundo escondido ni ha localizado un punto luminoso orbitando la estrella. Ha encontrado algo más indirecto: un cambio progresivo en la forma de su gigantesco cinturón de escombros, como si la gravedad de un planeta invisible hubiera quedado grabada en el polvo.
El planeta que apareció y después dejó de existir

La historia comenzó en 2004, cuando el telescopio Hubble fotografió un pequeño punto dentro del sistema. El objeto fue anunciado en 2008 como Fomalhaut b y llegó a presentarse como uno de los primeros exoplanetas observados directamente en luz visible.
Había un problema: no emitía el calor infrarrojo que debería producir un planeta. Además, su trayectoria resultaba extraña. Con el paso de los años fue perdiendo brillo hasta desaparecer de las imágenes tomadas en 2014.
Un análisis publicado por la NASA en 2020 ofreció una explicación mucho menos planetaria: probablemente se trataba de una nube de polvo en expansión, producida por la colisión entre dos cuerpos helados de gran tamaño.
Fomalhaut b no era un mundo que se había apagado. Era el resplandor temporal de un accidente.
El telescopio James Webb complicó todavía más el escenario en 2023. Sus observaciones revelaron tres cinturones de escombros anidados, extendidos hasta unos 23.000 millones de kilómetros de la estrella. Una arquitectura tan compleja suele relacionarse con la presencia de planetas, aunque ninguno de los responsables apareció en las imágenes.
ALMA dejó de buscar puntos y empezó a leer el polvo

Las nuevas observaciones fueron realizadas a una longitud de onda de 1,3 milímetros y ofrecen la imagen de mayor resolución obtenida por ALMA del cinturón exterior de Fomalhaut. El detalle permitió descubrir que el disco no es simplemente una elipse descentrada.
Su excentricidad disminuye a medida que aumenta la distancia respecto de la estrella. En otras palabras, las regiones interiores están más deformadas que las exteriores. El lado próximo a Fomalhaut también presenta una anchura y un brillo distintos de los registrados en el extremo opuesto.
Los modelos anteriores, que trataban todo el anillo como una estructura con la misma excentricidad, no consiguen reproducir esas diferencias. El nuevo estudio publicado en The Astrophysical Journal sí lo logra introduciendo un gradiente: la forma del cinturón cambia progresivamente desde dentro hacia fuera.
Las simulaciones ofrecen un sospechoso. Un planeta masivo situado en el interior del cinturón podría haber deformado el material durante la juventud del sistema. Su atracción gravitatoria habría mantenido esa geometría durante aproximadamente 440 millones de años, convirtiendo el disco en una especie de fósil dinámico.
La huella existe, pero el planeta todavía no
El resultado no equivale al descubrimiento de un nuevo planeta. Los astrónomos aún no pueden verlo y la forma del disco tampoco permite determinar de manera única su masa y su órbita. Lo que tienen es una configuración compatible con su presencia y difícil de explicar mediante los modelos antiguos.
El equipo ya tiene aprobadas nuevas observaciones con ALMA y ha compartido su modelo para que pueda aplicarse a otros sistemas, según explica el Observatorio Radioastronómico Nacional.
Fomalhaut ya engañó una vez a los astrónomos con un planeta que terminó siendo polvo. Su nueva pista invierte la historia: ahora no vemos ningún planeta, pero el polvo se comporta como si llevara cientos de millones de años sintiendo su gravedad.