En 1869, Europa abrió una vía artificial entre el Mediterráneo y el mar Rojo. El canal de Suez transformó para siempre el comercio mundial, pero también creó algo que nadie había planeado: una autopista para que organismos tropicales comenzaran a entrar en un ecosistema al que nunca habían tenido acceso.
Entre los primeros pasajeros estaba una pequeña ostra perlífera llamada Pinctada radiata. Su presencia ya se documentó en Alejandría en 1874 y está considerada el primer migrante lessepsiano registrado en el Mediterráneo, nombre que reciben las especies que cruzaron desde el mar Rojo a través de Suez.
Durante gran parte de esos 150 años, su expansión quedó fundamentalmente limitada al Mediterráneo oriental y centro-sur. Ahora algo ha cambiado. Una investigación coordinada desde el Instituto de Acuicultura Torre de la Sal del CSIC ha reconstruido su avance mediante una red de 132 puntos distribuidos por ocho países. El resultado muestra una expansión particularmente intensa hacia el Mediterráneo occidental. Y España ya está en su camino.
Durante años no estaba allí. Entonces sus larvas empezaron a aparecer

El sistema empleado para detectar a la invasora es sorprendentemente sencillo. Los investigadores colocan bolsas de malla rellenas de materiales artificiales bajo el agua. Las larvas microscópicas transportadas por las corrientes encuentran allí una superficie a la que adherirse. Después, los científicos recuperan los colectores y pueden saber qué especies están intentando instalarse incluso antes de encontrarlas viviendo sobre las rocas.
Entre 2015 y 2024 se desplegaron 1.014 colectores en 132 localizaciones de Argelia, Croacia, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Eslovenia y España. En 19 lugares donde inicialmente no aparecía Pinctada radiata, terminó detectándose durante el seguimiento; la mayoría de los episodios bien documentados ocurrió precisamente en el Mediterráneo occidental.
España ofrece un ejemplo especialmente claro. La red comenzó a detectar la especie en Baleares en 2016. En las islas Columbretes, frente a Castellón, sus larvas aparecieron por primera vez en los colectores en 2020. Sin embargo, los investigadores no encontraron ejemplares asentados en el medio natural hasta 2022. Es decir, aquellas simples mallas avisaron de la invasión dos años antes de que la población pudiera observarse establecida.
Actualmente los registros de la red alcanzan Agua Amarga, en Almería. La revisión histórica incluida en el estudio recoge además una valva encontrada en 2025 en Calahonda, Málaga, aunque un hallazgo aislado no equivale a que exista allí una población establecida.
El Mediterráneo está eliminando una de las barreras que todavía la frenaban

La geografía de la invasión ofrece una pista bastante evidente. Pinctada radiata procede de aguas tropicales. Los lugares mediterráneos donde continúa ausente incluyen algunas de las zonas más frías, como el golfo de León y el norte del Adriático. En cambio, las nuevas colonizaciones se están acumulando en regiones cada vez más cálidas.
El Mediterráneo es además uno de los grandes puntos calientes del cambio climático. MedECC estima que la temperatura de su superficie marina ha aumentado aproximadamente entre 0,29 y 0,44 ºC por década desde comienzos de los años 80, por encima del ritmo medio del océano global. En las Columbretes, los investigadores del CSIC calculan un aumento de alrededor de 1,5 ºC desde 1990.
El calor no transporta por sí solo a las ostras, pero puede hacer algo casi igual de importante: convertir lugares que antes eran demasiado fríos en hábitats donde sus larvas consiguen sobrevivir, crecer y reproducirse.
Detectarla pronto puede ser mucho más fácil que expulsarla después

La preocupación no es solamente que aparezca una nueva ostra. En el Mediterráneo oriental, donde lleva mucho más tiempo asentada, Pinctada radiata ha alcanzado grandes densidades y se ha relacionado con desplazamientos de especies autóctonas y modificaciones de las redes tróficas. El Mediterráneo alberga alrededor de un millar de especies exóticas, unas 600 ya establecidas, según los datos recogidos por el CSIC.
Por ahora, los investigadores no han documentado impactos ecológicos graves equivalentes en España. Y precisamente por eso los colectores pueden ser importantes. Son baratos, sencillos y permiten localizar el frente de expansión cuando todavía está compuesto por larvas o poblaciones incipientes. El estudio plantea utilizarlos como una auténtica red de alerta temprana, capaz de señalar qué costas serán probablemente las siguientes.
Hace siglo y medio, el ser humano abrió accidentalmente la puerta para que esta ostra entrara en el Mediterráneo. Ahora otro cambio provocado por nosotros parece estar quitándole uno de los últimos obstáculos que frenaban su viaje hacia el oeste: un mar que cada década se parece un poco más al clima tropical del que vino.