A finales del siglo XIX, una extensa región montañosa de España parecía haber perdido cualquier posibilidad de recuperar sus bosques. La explotación de sus recursos naturales había dejado las laderas prácticamente desnudas, mientras las lluvias arrastraban la tierra y aumentaban el riesgo de inundaciones.
Sin embargo, un ingeniero forestal decidió enfrentarse a aquel escenario con un proyecto que combinaba conocimientos científicos, enormes obras de infraestructura y una técnica difícil de imaginar en la actualidad: utilizar armas de fuego para dispersar semillas. Más de un siglo después, los resultados de aquella iniciativa siguen formando parte del paisaje.
El ingeniero que encontró una montaña sin árboles y decidió transformarla

El 19 de marzo de 1889, Ricardo Codorníu y Stárico recorrió las montañas de Sierra Espuña, en la Región de Murcia. Lo que encontró durante su ascenso al Morrón de Espuña fue un territorio profundamente deteriorado, donde la vegetación había desaparecido de grandes extensiones.
Su impresión quedó reflejada en una frase que resumía la magnitud del problema: “No vi ni un pino ni una sola encina”. Ante semejante panorama, llegó a una conclusión: era necesario repoblar toda la zona.
En junio de 1891 comenzaron los trabajos de restauración. Pero los responsables pronto se encontraron con un obstáculo importante: muchas pendientes y barrancos eran demasiado peligrosos o inaccesibles para plantar árboles mediante los procedimientos habituales.
La solución fue tan rudimentaria como sorprendente. Los trabajadores cargaban escopetas y trabucos con piñones y los disparaban hacia las zonas más difíciles de alcanzar.
El método tenía una limitación considerable: más del 90% de las semillas acababan siendo devoradas por aves, hormigas y roedores. Aun así, permitía intentar recuperar terrenos donde la intervención manual resultaba prácticamente imposible.
La idea recuerda, salvando las diferencias tecnológicas, a las actuales iniciativas que utilizan drones para dispersar semillas en áreas de difícil acceso.
Una inundación que dejó cientos de muertos había demostrado la gravedad del problema
La degradación de Sierra Espuña no era únicamente una cuestión paisajística. Durante décadas, la tala intensiva había eliminado buena parte de la vegetación que protegía las montañas, dejando los suelos expuestos a la erosión.
Sin árboles que ayudaran a retener la tierra y reducir la velocidad del agua, las precipitaciones intensas podían convertirse en un peligro para las poblaciones situadas en las zonas bajas.
En 1879, la Riada de Santa Teresa dejó 761 muertos entre Lorca y Murcia. Aquella catástrofe puso de manifiesto la necesidad de intervenir sobre las cuencas hidrográficas y contribuyó a impulsar nuevas políticas de restauración forestal.
En 1888 se creó la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura, integrada por Codorníu y los ingenieros José Musso y Juan Ángel de Madariaga.
La recuperación de las montañas comenzó entonces a plantearse como una medida de protección ambiental y también de seguridad para las comunidades cercanas.
El vínculo entre vegetación y recursos hídricos continúa siendo objeto de investigación. De hecho, recientes estudios sobre grandes proyectos de reforestación muestran que recuperar la cubierta forestal puede producir efectos complejos sobre la disponibilidad de agua.
Millones de árboles y una infraestructura gigantesca para recuperar las montañas
Aunque las escopetas se convirtieron en uno de los aspectos más llamativos del proyecto, la transformación de Sierra Espuña dependió principalmente de una intervención mucho más extensa.
Los trabajadores construyeron 240 kilómetros de caminos y senderos para facilitar el acceso a las zonas de plantación. También levantaron 11 viviendas destinadas a ingenieros, guardas y operarios, además de dos almacenes.
Para combatir la erosión se desarrollaron 144 kilómetros de diques en las laderas y aproximadamente 420.000 pequeños bancales, diseñados para retener la tierra y favorecer la infiltración del agua. A estas estructuras se añadieron dos grandes diques reguladores.
La producción de plantas también alcanzó dimensiones extraordinarias. Se instalaron siete viveros que ocupaban cinco hectáreas y, durante sus primeros cinco años, el Vivero Central de Levante, ubicado en Huerta Espuña, produjo seis millones de coníferas y 850.000 árboles de hoja ancha.
Una red de unos 1.400 metros de canales y acequias permitió abastecer de agua a las plantaciones.
Los trabajos se prolongaron durante casi doce años, con el pino carrasco como una de las principales especies utilizadas.
De montañas devastadas a un parque natural de 17.804 hectáreas
Con el paso de las décadas, las laderas comenzaron a recuperar una cubierta vegetal que transformó profundamente el territorio.
En 1931, las 5.084 hectáreas reforestadas recibieron la declaración de Sitio Natural de Interés Nacional. Posteriormente, la protección del área continuó ampliándose hasta que, en 1992, Sierra Espuña fue reconocida como Parque Regional.
Actualmente, el espacio protegido comprende 17.804 hectáreas de bosques, montañas y barrancos, una superficie considerablemente mayor que la recuperada durante las primeras intervenciones.
La historia tiene puntos en común con otros proyectos de recuperación de bosques degradados, donde décadas de trabajo permitieron devolver la vegetación a territorios afectados por la actividad humana.
Codorníu, nacido en Cartagena en 1846 y fallecido en 1923, nunca llegó a ver la declaración del parque regional. Sin embargo, su trabajo le valió el sobrenombre de “Apóstol del Árbol” y contribuyó a establecer las bases de posteriores iniciativas de restauración hidrológico-forestal en España.
Su visión también contemplaba el desarrollo social, mediante la creación de empleo y la participación de las comunidades locales.
Hoy, 135 años después del inicio de aquella campaña, Sierra Espuña constituye uno de los testimonios más destacados de cómo una intervención sostenida puede transformar un territorio profundamente degradado.