En 1864, cuando la navegación submarina todavía parecía un desafío casi imposible, un inventor español consiguió desarrollar una máquina extraordinaria: un submarino diseñado para desplazarse bajo el agua sin depender exclusivamente de la fuerza humana.
Su nombre era Ictíneo II y fue construido por Narcís Monturiol, un ingenioso inventor nacido en Figueres, Cataluña, que dedicó buena parte de su vida a investigar cómo explorar las profundidades marinas.
La embarcación incorporó soluciones tecnológicas revolucionarias, incluyendo un sistema de propulsión a vapor que podía funcionar sumergido y un mecanismo capaz de generar oxígeno mediante reacciones químicas.
Sin embargo, pese a sus avances, el proyecto terminó arruinado y el submarino fue desguazado.

El primer submarino que abrió el camino
La historia comenzó en 1859, cuando Monturiol presentó el Ictíneo I, una pequeña embarcación experimental diseñada para facilitar la exploración submarina y la recolección de coral. El dispositivo utilizaba hélices accionadas manualmente por sus tripulantes y consiguió realizar numerosas inmersiones exitosas.
Aquellos ensayos demostraron que era posible construir una nave capaz de desplazarse de manera controlada bajo el agua.
Sin embargo, el inventor comprendió rápidamente que depender de la fuerza humana limitaba considerablemente la velocidad y autonomía. Por eso decidió desarrollar una segunda versión, más grande y ambiciosa.
En 1862 comenzaron los trabajos del Ictíneo II, que finalmente fue botado en Barcelona el 2 de octubre de 1864.

Un submarino de 17 metros que podía descender 30 metros
El Ictíneo II tenía aproximadamente 17 metros de longitud, tres metros de ancho y capacidad para albergar hasta 20 tripulantes.
Su estructura incorporaba un doble casco construido principalmente con madera y revestimientos protectores.
El espacio entre ambos cascos permitía alojar depósitos de lastre utilizados para controlar la inmersión y el ascenso. Durante sus primeras pruebas, la embarcación alcanzó profundidades cercanas a los 30 metros.
Sin embargo, inicialmente continuaba utilizando propulsión manual, por lo que su desplazamiento resultaba lento y exigía un enorme esfuerzo físico. Monturiol necesitaba desarrollar una alternativa mecánica que pudiera funcionar incluso sin contacto con la atmósfera exterior.

El motor de vapor que se adelantó a su época
Junto al ingeniero Josep Pascual Deop, Monturiol desarrolló un innovador sistema de propulsión que utilizaba vapor para mover las hélices. La principal dificultad consistía en generar calor sin consumir el oxígeno necesario para respirar.
La solución fue utilizar una reacción química basada en clorato de potasio, zinc y dióxido de manganeso, capaz de liberar calor y producir oxígeno. Esta energía permitía generar vapor para impulsar el submarino mientras contribuía a renovar el aire de su interior.
El sistema se incorporó después de la botadura inicial y convirtió al Ictíneo II en uno de los primeros ejemplos de propulsión submarina independiente del aire exterior.
Su diseño fue un antecedente importante de las tecnologías de propulsión anaeróbica desarrolladas posteriormente.
Un invento revolucionario que terminó desguazado
A pesar de sus logros, Monturiol nunca consiguió el respaldo económico necesario para convertir su submarino en un proyecto comercial viable. La sociedad La Navegación Submarina, creada para financiar su desarrollo, terminó quebrando.
Las dificultades económicas provocaron el embargo de la embarcación, que finalmente fue desmantelada y vendida como chatarra. Monturiol murió en 1885 sin ver reconocido plenamente el alcance de su trabajo.
Décadas después, su contribución fue recuperada por historiadores e instituciones como el Museu Marítim de Barcelona, que conserva planos, documentos y modelos de sus submarinos. Hoy, el Ictíneo II es recordado como una de las grandes innovaciones de la ingeniería naval del siglo XIX.
Su historia demuestra que algunas tecnologías pueden adelantarse tanto a su época que necesitan décadas para encontrar las condiciones que permitan aprovecharlas.