En medio de la inmensidad del desierto del Sahara, donde el paisaje parece haber permanecido intacto durante miles de años, una extraña construcción de piedra ha comenzado a revelar parte de su historia. No se trata de una pirámide ni de un templo, sino de un monumento funerario de casi 55 metros de longitud, levantado por una comunidad de la que apenas quedan rastros.
Lo más llamativo no es únicamente su tamaño. Desde uno de sus extremos parten dos largas hileras de piedras que se extienden sobre el terreno como si fueran antenas, una característica que ha desconcertado a los investigadores durante décadas.
Ahora, un estudio científico ha conseguido determinar cuándo fue construido y qué escondía bajo sus piedras. Sin embargo, el descubrimiento también ha dejado una pregunta abierta: ¿por qué alguien dedicaría semejante esfuerzo a levantar una estructura tan peculiar hace más de cuatro milenios?
Una construcción de piedra que desafía el paso del tiempo
El monumento se encuentra en Lawash el Telli, una zona del Sahara Occidental situada junto al cauce seco de un antiguo río. El lugar forma parte del entorno de Sluguilla Lawash, conocido por la presencia de numerosos grabados rupestres que ofrecen pistas sobre las comunidades que habitaron este territorio en la prehistoria.

A primera vista, la construcción podría confundirse con una acumulación natural de rocas. Sin embargo, su disposición revela una planificación deliberada.
La estructura alcanza los 54,5 metros de longitud y está formada por un túmulo ovalado de 12,5 metros, desde el cual se proyectan dos hileras de losas orientadas hacia el este. Estas prolongaciones, conocidas como antenas, comienzan separadas y se acercan progresivamente sin llegar a unirse.
Todo el monumento fue construido utilizando piedra caliza de la región, colocada cuidadosamente sin emplear mortero ni otros materiales de unión.
Aunque sus dimensiones resultan impresionantes, los arqueólogos consideran que no habría sido necesario movilizar a una gran comunidad para levantarlo. El tamaño de las losas sugiere que un grupo relativamente pequeño de personas pudo encargarse de extraerlas, transportarlas y colocarlas.
La verdadera sorpresa, sin embargo, esperaba bajo aquella acumulación de piedras.
Un esqueleto y cuatro pequeños objetos revelaron su función
En abril de 2018, un equipo de investigadores vinculado a la Universidad de Girona, junto con especialistas del Ministerio de Cultura saharaui, realizó una excavación parcial del monumento.
Los arqueólogos decidieron intervenir únicamente una sección de la estructura para preservar el resto del conjunto. Su objetivo era comprender cómo había sido construido y comprobar si realmente escondía un enterramiento.
Bajo las piedras apareció el esqueleto de una única persona adulta, depositada directamente sobre el terreno natural.
El cuerpo había sido colocado boca arriba, siguiendo una orientación norte-sur, con la cabeza dirigida hacia el sur y las piernas flexionadas hacia el oeste. Esta disposición podría aportar información sobre las prácticas funerarias de sus constructores, aunque todavía no existe suficiente evidencia para interpretar su significado.
Los restos estaban muy deteriorados por las condiciones ambientales. Aun así, el desgaste de los dientes permitió estimar que la persona había muerto entre los 25 y los 35 años. Su sexo no pudo determinarse debido a la ausencia de la pelvis.
Junto al esqueleto aparecieron cuatro pequeñas cuentas circulares elaboradas con cáscara de huevo de avestruz, probablemente utilizadas como parte de un adorno personal.
No había armas, herramientas ni otros objetos que permitieran identificar al individuo o relacionarlo con una cultura específica. La tumba había conservado su secreto durante milenios, pero todavía faltaba descubrir cuándo había sido utilizada.
Una nueva técnica permitió viajar más de 4.000 años al pasado
Determinar la antigüedad del enterramiento resultó mucho más complicado de lo previsto.
Habitualmente, los investigadores utilizan el colágeno conservado en los huesos para realizar dataciones por radiocarbono. Sin embargo, las condiciones del desierto habían deteriorado tanto esta proteína que dos intentos realizados en 2018 no ofrecieron resultados satisfactorios.
La solución llegó en 2025, cuando el equipo recurrió a un procedimiento diferente: analizar la bioapatita, el componente mineral de los huesos.

Dos muestras pertenecientes al mismo individuo fueron enviadas a un laboratorio especializado. Los resultados coincidieron y situaron el enterramiento entre 4.417 y 4.100 años calibrados antes del presente, aproximadamente entre 2467 y 2150 a. C.
El hallazgo, publicado en la revista científica African Archaeological Review, permitió establecer por primera vez una datación directa para un monumento funerario de estas características en el Sahara atlántico.
Esto representa un avance importante para comprender las prácticas funerarias de las antiguas poblaciones de la región.
Pero el descubrimiento no ha resuelto el mayor interrogante.
Los investigadores todavía desconocen qué representaban aquellas dos prolongaciones de piedra orientadas hacia el este, por qué se eligió semejante diseño o qué importancia tenía la persona enterrada en su interior.
Tampoco está claro si estas construcciones respondían a creencias religiosas, tradiciones funerarias o formas de organización social que desaparecieron con el paso del tiempo.
Por ahora, este es el único túmulo con antenas de la región que cuenta con una datación directa. Y mientras no se estudien otros monumentos similares, será difícil determinar si formaba parte de una tradición extendida o si respondía a circunstancias particulares.
Lo que sí parece claro es que, hace más de 4.000 años, alguien consideró suficientemente importante a una persona como para construir una tumba que todavía hoy destaca sobre el paisaje del Sahara. Su identidad se perdió en el tiempo, pero la estructura que la protegía continúa planteando preguntas a la arqueología.