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Ciencia

Hace 135 millones de años, Sudamérica y África comenzaron a separarse: bajo el Atlántico encontraron las huellas de lo que realmente ocurrió

Durante millones de años, el océano Atlántico ocultó las evidencias de un acontecimiento que transformó el planeta. Un descubrimiento geológico revela que aquella separación fue mucho más compleja de lo imaginado.
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Si observamos un mapa del mundo, resulta difícil ignorar una coincidencia: la costa oriental de Sudamérica parece encajar casi perfectamente con la costa occidental de África. No es casualidad. Ambos continentes estuvieron unidos hace millones de años, antes de que un gigantesco proceso geológico comenzara a separarlos y diera origen al océano Atlántico.

Durante décadas, la explicación de aquella ruptura estuvo vinculada principalmente al movimiento de las placas tectónicas. Sin embargo, una investigación ha revelado que la historia podría ser bastante más compleja. En las profundidades del Atlántico Sur permanecen las evidencias de una actividad volcánica extraordinaria que habría desempeñado un papel fundamental en la transformación del planeta.

Lo más sorprendente es que sus consecuencias no se limitaron a cambiar la distribución de los continentes. También pudieron modificar el clima terrestre y alterar profundamente los ecosistemas de aquella época.

Una separación continental acompañada por millones de kilómetros cúbicos de magma

Hace aproximadamente 135 millones de años, durante el Cretácico, Sudamérica y África comenzaron a distanciarse como parte de la fragmentación del antiguo supercontinente Pangea. Fue un proceso que se desarrolló durante millones de años y terminó modificando para siempre la geografía terrestre.

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© Gizmodo.com

Pero aquella separación no habría sido únicamente consecuencia de las fuerzas tectónicas.

Un equipo de investigadores encabezado por el geólogo Mohamed Mansour Abdelmalak, de la Universidad de Oslo, identificó evidencias de una actividad volcánica de proporciones extraordinarias que acompañó la ruptura continental.

Según los resultados de la investigación, durante ese período se liberaron más de 16 millones de kilómetros cúbicos de magma. La magnitud de este fenómeno fue suficiente para generar enormes acumulaciones de roca ígnea, algunas de las cuales todavía pueden encontrarse en regiones de Angola y Namibia.

Estas formaciones alcanzan espesores superiores a un kilómetro y constituyen un registro geológico de la intensidad que tuvo el vulcanismo durante la separación.

El episodio más importante se habría producido hace unos 134,5 millones de años, cuando la actividad volcánica alcanzó su máxima intensidad y coincidió con una etapa decisiva en la apertura del Atlántico.

La investigación ofrece una perspectiva diferente sobre un fenómeno que todavía puede observarse en otras regiones del planeta. De hecho, África Oriental también está atravesando un proceso de fracturación continental que podría dar origen a un nuevo océano.

Las cicatrices de aquella ruptura permanecen ocultas bajo el Atlántico

Aunque han transcurrido más de 130 millones de años, las señales de aquella transformación geológica no desaparecieron. Una parte importante permanece bajo las aguas del Atlántico Sur, donde gigantescas acumulaciones de material volcánico conservan las huellas de la separación continental.

Estas estructuras, conocidas como provincias ígneas, permiten reconstruir algunos de los acontecimientos que acompañaron la apertura del océano.

El descubrimiento también plantea una pregunta fundamental: ¿de dónde procedía semejante cantidad de magma?

Una de las explicaciones consideradas por los científicos apunta a la existencia de una pluma del manto, una columna de material rocoso extremadamente caliente que habría ascendido desde las profundidades terrestres.

Este fenómeno pudo debilitar la corteza continental y favorecer su fracturación. Sin embargo, el papel exacto de estas plumas continúa siendo objeto de debate científico.

Los investigadores encuentran ciertos paralelismos con Islandia, donde la actividad volcánica está relacionada con procesos que ocurren en el interior del planeta.

Comprender estos mecanismos resulta fundamental para explicar cómo se transforma la corteza terrestre. Actualmente, los científicos también han conseguido observar cómo el fondo oceánico se abre y comienza a generar nueva corteza.

Al mismo tiempo, una investigación sobre las fracturas de una enorme placa bajo el Pacífico demuestra que estos movimientos siguen modificando lentamente la estructura del planeta.

Un fenómeno que también pudo cambiar el clima y la vida en la Tierra

La separación de Sudamérica y África no solo transformó los océanos y la distribución de las masas continentales. La enorme actividad volcánica que acompañó el proceso también habría tenido consecuencias sobre la atmósfera y los ecosistemas del Cretácico.

Las erupciones liberaron cantidades extraordinarias de gases que, en circunstancias habituales, podrían haber contribuido al calentamiento global.

Roca Volcanica
© Tetiana GRY – Unsplash

Sin embargo, la investigación señala un resultado aparentemente contradictorio: durante aquel período se produjo un enfriamiento temporal del planeta.

La explicación estaría relacionada con la meteorización de las rocas volcánicas. Cuando estas comenzaron a descomponerse mediante procesos químicos, capturaron importantes cantidades de dióxido de carbono atmosférico.

La reducción de este gas de efecto invernadero habría contribuido a disminuir las temperaturas, demostrando que la actividad volcánica puede desencadenar consecuencias climáticas mucho más complejas de lo que parece inicialmente.

Estos cambios coincidieron con importantes alteraciones de la biodiversidad, incluidos episodios de extinción.

La relación entre la actividad del interior terrestre y las transformaciones de la superficie continúa siendo una cuestión fundamental para la geología. Por eso, China pretende perforar el fondo oceánico para alcanzar directamente el manto terrestre.

Una historia de millones de años que todavía no ha terminado

El hallazgo bajo el Atlántico demuestra que los grandes acontecimientos geológicos pueden dejar señales reconocibles incluso después de más de cien millones de años.

Las formaciones volcánicas que acompañaron la separación de Sudamérica y África siguen siendo una fuente de información para comprender cómo se fragmentan los continentes, cómo nacen los océanos y de qué manera estos procesos pueden afectar al clima.

Y aunque aquella ruptura pertenece a un pasado remoto, la Tierra continúa experimentando transformaciones similares.

De hecho, los modelos geológicos contemplan que los continentes podrían volver a reunirse dentro de unos 250 millones de años.

El mapa que conocemos actualmente, por lo tanto, representa apenas una etapa de una historia mucho más extensa. Bajo el Atlántico permanecen las cicatrices de una transformación que cambió el planeta y que todavía ayuda a explicar las fuerzas que continúan actuando bajo nuestros pies.

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