A simple vista, el terreno situado junto a la localidad checa de Chleby no parece esconder nada extraordinario. Pero bajo esa superficie se conserva la huella de una construcción monumental levantada hace más de 6.500 años: un enorme recinto casi circular utilizado por las primeras comunidades agrícolas de Europa Central.
El hallazgo no llama la atención únicamente por su antigüedad. Según explica la Universidad de Bohemia Occidental, los arqueólogos han llegado a una conclusión mucho más intrigante al estudiar su diseño: las doce entradas del recinto parecen haber sido colocadas deliberadamente para observar determinados movimientos del Sol y de la Luna.
Eso sitúa el monumento más de un milenio antes de las primeras fases de Stonehenge y convierte a Chleby en uno de los ejemplos más antiguos conocidos de arquitectura ritual monumental en esta región europea.
El círculo tenía 230 metros de diámetro y una zanja de más de dos metros

El tamaño ayuda a entender la escala del proyecto. El recinto alcanzaba aproximadamente 230 metros de diámetro y estaba delimitado por una zanja de más de 2,5 metros de profundidad. Pero lo que terminó desconcertando a los investigadores fueron sus accesos. Había doce entradas, distribuidas a distancias aparentemente irregulares. Cuando el equipo dirigido por el arqueólogo Petr Krištuf comenzó a analizar su orientación, descubrió que la posición no parecía responder al azar.
Los investigadores han identificado dos grandes puntos de observación. Desde uno de ellos era posible seguir las posiciones más extremas de la Luna sobre el horizonte durante su ciclo de aproximadamente 18,6 años. El segundo establece un eje entre el amanecer del solsticio de verano y el atardecer del solsticio de invierno. Es precisamente ahí donde aparece la comparación con Stonehenge. El famoso monumento británico presenta también un eje asociado a los solsticios, solo que fue desarrollado mucho después.
No significa que los constructores de Chleby fueran astrónomos en el sentido moderno. Para una comunidad agrícola, saber cuándo llegaban determinados momentos del año podía tener implicaciones mucho más prácticas: organizar cosechas, estaciones, ceremonias y calendarios colectivos.
Los arqueólogos encontraron cráneos de toro junto a las entradas

Hay otra pista que refuerza la interpretación ritual. Durante las excavaciones aparecieron cráneos y cuernos de ganado depositados cerca de los accesos. Jan Turek, arqueólogo de la Universidad Carolina que participa en la investigación, cree que algunos de estos restos pudieron decorar originalmente las entradas monumentales del recinto.
El simbolismo del toro aparece en distintas sociedades agrícolas prehistóricas de Europa, por lo que su presencia en lugares tan concretos difícilmente parece accidental. Archaeology Magazine, publicación del Archaeological Institute of America, señala que el conjunto habría funcionado como una especie de calendario monumental vinculado tanto a ceremonias como al ciclo agrícola.
El lugar, además, no dejó de utilizarse cuando desapareció aquella comunidad. Investigaciones anteriores localizaron allí un enterramiento relacionado con la cultura Únětice de la Edad del Bronce, con restos de aproximadamente 18 personas depositadas en diferentes momentos. Siglos después, durante la Edad del Hierro, el significado original parece haberse perdido por completo: la zanja terminó rellenándose y sobre el antiguo santuario apareció un asentamiento convencional.
Ahora buscan algo que no se ve: las huellas químicas de quienes estuvieron allí
Los arqueólogos todavía no han terminado. El siguiente paso consiste en analizar la química del suelo. Las actividades humanas modifican las concentraciones de determinados elementos y pueden dejar rastros incluso cuando los objetos, construcciones de madera y restos orgánicos han desaparecido hace miles de años.
El equipo espera utilizar esas señales para reconstruir qué zonas del recinto concentraban actividad, cómo cambió su utilización y qué ocurrió durante las distintas etapas de ocupación. La investigación forma parte de un proyecto internacional dedicado precisamente a estudiar cómo evolucionaron estos paisajes rituales prehistóricos.
Lo que emerge en Chleby es, por tanto, bastante más interesante que otro monumento “más antiguo que Stonehenge”. Hace 6.500 años, una comunidad sin escritura ni instrumentos astronómicos modernos consiguió excavar una estructura gigantesca y conectar su geometría con movimientos repetitivos del cielo.
Stonehenge acabaría haciendo famosa esa idea más de mil años después. En el centro de Europa, alguien ya había empezado mucho antes.