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Ciencia

Japón aprendió a producir madera durante décadas sin talar el árbol que la sostenía

Hace unos 600 años, los silvicultores de Kioto desarrollaron el daisugi, una técnica que transforma un cedro en una plataforma capaz de producir numerosos troncos rectos. Los tallos se cortan, pero la base permanece viva y vuelve a generar madera, aunque el método exige décadas de cuidados especializados.
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En las montañas situadas al norte de Kioto pueden encontrarse cedros con una apariencia desconcertante. De un tronco grueso y cuidadosamente podado surgen numerosos tallos verticales, delgados y casi perfectamente rectos, como si un pequeño bosque creciera sobre un único árbol.

Esta forma de cultivo recibe el nombre de daisugi. Se desarrolló en la región de Kitayama hace aproximadamente 600 años y permite cosechar varios troncos sin arrancar ni matar la base que los produce.

El método suele presentarse como una antigua fórmula japonesa para conseguir madera sin talar árboles. La realidad es algo más matizada: los tallos superiores sí se cortan para utilizarlos como madera, pero el sistema de raíces y el tronco principal permanecen vivos y pueden volver a producir nuevos brotes.

Un cedro convertido en plataforma forestal

La técnica se aplica al sugi o cedro japonés, cuyo nombre científico es Cryptomeria japonica. Los productores seleccionan ejemplares apropiados y podan sus ramas repetidamente para formar una base ancha y estable.

Sobre esa plataforma dejan crecer únicamente determinados brotes. Las ramas laterales se eliminan para que los tallos asciendan rectos, uniformes y con pocos nudos. El resultado recuerda a un bonsái gigantesco, aunque su objetivo original no era ornamental, sino producir madera de gran calidad.

Una descripción de la Agencia Forestal japonesa explica que el método tradicional podía comenzar cortando un árbol de entre 15 y 20 años aproximadamente a un metro del suelo y guiando después varios de sus rebrotes en posición vertical.

Japón aprendió a producir madera durante décadas sin talar el árbol que la sostenía
© World Open News – Youtube.

Cuando esos tallos alcanzaban las dimensiones necesarias, se cosechaban sin destruir la base. Después podían seleccionarse nuevos brotes y comenzar otro ciclo.

Una respuesta a la arquitectura de lujo de Kioto

La producción de cedro de Kitayama comenzó durante el periodo Muromachi, aproximadamente entre 1394 y 1427. Su desarrollo estuvo relacionado con el crecimiento de Kioto y, posteriormente, con la popularidad de las casas de té y de la arquitectura sukiya, que valoraba los postes delgados, rectos y con una superficie cuidadosamente pulida.

Las laderas pronunciadas de Kitayama dificultaban el establecimiento de grandes plantaciones convencionales. El daisugi permitía concentrar varios tallos aprovechables sobre una misma estructura viva, aunque no fue la única técnica empleada por los silvicultores de la zona.

La madera obtenida se utilizaba principalmente como postes, vigas finas y elementos decorativos. El cedro era podado durante su crecimiento para evitar nudos y, después de la cosecha, se descortezaba, pulía y secaba mediante procedimientos artesanales.

Hasta cien tallos sobre una sola base

Documentos de la ciudad de Kioto señalan que un daisugi de entre 100 y 200 años puede sostener hasta alrededor de 100 tallos. Eso no significa necesariamente que todos estén listos para convertirse simultáneamente en vigas, sino que una misma base puede albergar y producir una cantidad extraordinaria de troncos a lo largo de diferentes ciclos.

Algunos ejemplares históricos han sobrevivido durante siglos. La silvicultura de Kitayama y sus paisajes de cedros fueron reconocidos en 2017 como patrimonio forestal de Japón por su combinación de conocimientos técnicos, construcciones y formas particulares de manejar el bosque.

Una técnica renovable, pero difícil de reproducir

El daisugi reduce la necesidad de replantar después de cada cosecha y mantiene vivas las raíces que sujetan el terreno. Sin embargo, no es una solución inmediata para la deforestación mundial.

Formar la base, seleccionar los brotes y podarlos repetidamente exige años de trabajo, conocimientos transmitidos entre generaciones y una demanda dispuesta a pagar por madera especializada. La disminución del uso de los postes tradicionales y el envejecimiento de los trabajadores han reducido su importancia comercial.

Más que una tecnología capaz de sustituir a toda la industria forestal, el daisugi es el resultado de adaptar una especie, un paisaje y una necesidad arquitectónica muy concreta. Su enseñanza sigue siendo vigente: un árbol no tiene por qué producir madera una sola vez antes de desaparecer.

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