En 1826, durante la presidencia de Bernardino Rivadavia, llegaron a Argentina las primeras cabras de Angora. La idea era diversificar una economía que dependía casi por completo del ganado vacuno y el cuero. El experimento empezó en las afueras de Buenos Aires, pero no salió bien: la humedad de la región no era el clima adecuado para una raza adaptada a ambientes secos.
Casi dos siglos después, esas cabras encontraron su lugar a más de mil kilómetros de allí, en las tierras áridas del norte de la Patagonia. Hoy, Neuquén, Río Negro y Chubut producen una de las fibras animales más apreciadas por la industria textil: el mohair.
Una fibra que brilla

La cabra de Angora es originaria de Anatolia, en la actual Turquía, y su nombre proviene de Angora, el antiguo nombre de Ankara. Turquía fue el único productor de mohair hasta mediados del siglo XIX, cuando la raza se llevó a Sudáfrica, Estados Unidos y Australia.
El mohair se distingue de la lana de oveja por su estructura. Como la lana, sus fibras están cubiertas por pequeñas escamas, pero en el mohair esas escamas están menos desarrolladas. Eso hace que la fibra refleje la luz de una manera particular, lo que le da su brillo característico, y que resulte suave al tacto. Además, es resistente, elástica y absorbe muy bien los tintes. Se usa en abrigos, bufandas, mantas, trajes y tapizados de alta gama.
Todo se mide en micras
El valor del mohair depende sobre todo de su finura, que se mide por el diámetro medio de las fibras en micras, es decir, milésimas de milímetro. La fibra más fina y cara proviene de los animales jóvenes. En Argentina, la clasificación distingue entre el mohair de cabritos, por debajo de 27 micras, el de animales jóvenes, entre 27 y 30, y el de adultos, por encima de 30. Con la edad, la fibra se vuelve más gruesa.
Hay otros factores técnicos que influyen en el precio. Uno es la medulación: algunas fibras tienen un canal hueco en su interior, la médula, que las hace más rígidas y difíciles de teñir. Otro es el kemp, unas fibras gruesas, cortas y quebradizas que se consideran un defecto. Cuanto menos medulación y kemp tenga un lote, más vale.
El tercer productor del mundo
Según un estudio publicado en 2023 en Frontiers in Animal Science por investigadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Argentina es el tercer productor mundial de mohair, con alrededor del 11% de la producción global, unas 470 toneladas por año. Sudáfrica, el líder indiscutido, concentra cerca de la mitad, y Estados Unidos, con su producción en Texas, está entre los principales.
En la Patagonia, la cría está en manos de pequeños productores familiares, campesinos e indígenas, en sistemas extensivos donde las cabras aprovechan pastizales y arbustos de baja productividad que otros animales no utilizan bien. Para muchas familias rurales alejadas de las ciudades, el mohair es una fuente de ingresos clave.
El salto de calidad llegó con la ciencia. En 1962, el INTA importó desde Texas un pequeño grupo de reproductores, 21 hembras y 3 machos, que sirvió de base para programas de mejoramiento genético. Desde 1998, el Programa Mohair organiza la clasificación de la fibra, la capacitación de los productores y la venta conjunta en remates, lo que les da más poder de negociación.
Los desafíos
Aun así, el negocio enfrenta problemas. Según el mismo estudio, los precios que obtienen los productores argentinos rondan la mitad de los que se pagan en Sudáfrica por una fibra de la misma finura. La calidad es muy variable, y en algunos lotes la proporción de kemp y medulación supera lo que exige la industria. La falta de forraje en ciertas épocas del año provoca deficiencias nutricionales en los animales jóvenes y mortalidad en invierno, sobre todo después de la esquila. A eso se suman las sequías, los depredadores y los costos de transporte.
El mercado global también cambió. En 2018, tras denuncias de maltrato animal en granjas de Sudáfrica, varias grandes marcas de moda, como Zara, H&M y Gap, dejaron de vender prendas de mohair. Desde entonces, la industria impulsa estándares de bienestar animal y trazabilidad, como el Responsible Mohair Standard, para recuperar la confianza de los compradores. Para la Patagonia, esa exigencia es a la vez un desafío y una oportunidad.