Salir de fiesta, tomar unas copas y terminar la noche buscando una hamburguesa, una pizza o un kebab es una situación bastante habitual. Aunque parece una simple consecuencia del hambre, la ciencia descubrió que el alcohol puede modificar nuestras preferencias alimentarias y aumentar el deseo de consumir comidas especialmente calóricas.
La explicación involucra diferentes mecanismos del cerebro y del metabolismo que pueden alterar la manera en que respondemos a los alimentos.
Un estudio de la Universidad de Sídney, publicado en junio de 2026 en la revista Obesity Reviews, investigó precisamente esta relación y encontró nuevas pistas sobre por qué las bebidas alcohólicas suelen acompañarse de comidas saladas y ultraprocesadas.
El alcohol puede hacer que comamos más de lo habitual
El fenómeno se conoce como efecto aperitivo y describe cómo el consumo de alcohol puede estimular la ingesta de alimentos.
Una investigación publicada en 2015 en la revista Appetite analizó qué ocurría cuando 24 hombres consumían 20 gramos de alcohol antes de comer.
Los resultados mostraron que los participantes aumentaron su ingesta total de alimentos un 11% y consumieron un 24% más de comidas saladas con alto contenido de grasa.
Además, el alcohol incrementó el deseo de consumir alimentos de este tipo.
Esto ayuda a explicar por qué después de beber pueden resultar especialmente atractivas las papas fritas, las pizzas y otros alimentos ricos en grasas y sal.
No obstante, los efectos pueden variar según la persona, la cantidad consumida y el contexto.

El cerebro cambia su respuesta ante los olores de comida
El alcohol también influye en la forma en que nuestro cerebro procesa los estímulos relacionados con los alimentos.
Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Indiana utilizó resonancias magnéticas para analizar la actividad cerebral de 35 mujeres.
Los investigadores descubrieron que, después de administrar alcohol, aumentaba la diferencia de respuesta del hipotálamo entre los olores de alimentos y los de objetos no comestibles. El hipotálamo participa en la regulación del hambre y otros procesos metabólicos.
Las participantes también consumieron más comida después de recibir alcohol, lo que sugiere que esta sustancia puede modificar la respuesta cerebral a las señales alimentarias.
Así, los aromas procedentes de una pizzería o un restaurante pueden adquirir una importancia especial durante una noche de fiesta.
Una hormona podría explicar las ganas de comer alimentos salados
La investigación de la Universidad de Sídney identificó un posible mecanismo relacionado con una hormona llamada FGF21.
Esta sustancia, producida principalmente por el hígado, participa en diferentes procesos metabólicos y se ha relacionado con la regulación de las preferencias alimentarias.
Según los investigadores, el alcohol puede estimular mecanismos vinculados con FGF21 y favorecer el deseo de sabores salados y umami, tradicionalmente asociados a alimentos ricos en proteínas.
El problema aparece cuando estos estímulos se encuentran en productos ultraprocesados que contienen muchas calorías, pero no necesariamente una elevada proporción de proteínas. Sin embargo, el papel causal de FGF21 en estas preferencias humanas todavía necesita más investigación.
Un estudio con más de 9.000 adultos encontró el mismo patrón
Para investigar este fenómeno, los científicos analizaron información alimentaria de 9.337 adultos que participaron en una encuesta nacional australiana.
Los resultados mostraron que en los días en que las personas consumían alcohol también tendían a ingerir más alimentos salados y menos alimentos dulces.
Por cada bebida alcohólica adicional, aumentaba la asociación con alimentos salados y disminuía con los dulces. El incremento de energía consumida resultaba especialmente importante cuando las personas elegían productos ultraprocesados con bajo contenido relativo de proteínas.
Esto sugiere que el entorno alimentario puede contribuir a que el alcohol favorezca un consumo calórico excesivo.
Las calorías del alcohol no son el único problema
Una de las cuestiones más interesantes es que el organismo no siempre compensa las calorías aportadas por las bebidas alcohólicas reduciendo la cantidad de comida.
Por el contrario, diversos estudios observaron que beber puede acompañarse de una mayor ingesta alimentaria.
Esto significa que las calorías del alcohol pueden sumarse a las de los alimentos adicionales, aumentando el consumo energético total.
Aunque la relación entre alcohol y aumento de peso depende de múltiples factores, los investigadores consideran que estos mecanismos ayudan a explicar por qué algunas personas consumen más calorías cuando beben. La conclusión es que ese deseo de comer pizza o kebab después de una noche de fiesta no siempre responde únicamente al hambre.
El alcohol puede alterar procesos cerebrales y metabólicos que intervienen en nuestras decisiones alimentarias, haciendo que determinados alimentos resulten especialmente tentadores. Y aunque todavía quedan mecanismos por esclarecer, la ciencia está empezando a explicar por qué una noche de copas puede terminar también en una comida mucho más abundante de lo previsto.