Cada noche, en las playas de las Islas Tortuga, en el estado malasio de Sabah, guardaparques y mujeres de las comunidades pesqueras recorren la arena para rescatar huevos y trasladarlos a viveros protegidos. Hoy registran más de 20.000 nidos por año, el triple que en la década de 1970. Es una de las pocas buenas noticias en un año en el que los números sobre la biodiversidad global volvieron a ser alarmantes.
Un desplome del 73% en 52 años

El 7 de octubre, WWF publicó su Informe Planeta Vivo 2026, elaborado a partir del Índice Planeta Vivo que compila la Sociedad Zoológica de Londres. El análisis sigue 35.803 poblaciones de 5.790 especies de vertebrados entre 1970 y 2022. El resultado: en promedio, el tamaño de las poblaciones monitoreadas se redujo un 73%.
La caída no es pareja. Los ecosistemas de agua dulce son los más golpeados, con un descenso del 85%, seguidos por los terrestres (69%) y los marinos (59%). Las principales amenazas, en orden de frecuencia, son la pérdida y degradación del hábitat, la sobreexplotación, el cambio climático, la contaminación, las especies invasoras y las enfermedades.
Una aclaración importante: el índice no mide cuántos animales desaparecieron en total ni cuántas especies se extinguieron, sino el cambio promedio en el tamaño de las poblaciones que se siguen. Y el propio informe advierte que sus ediciones no se pueden comparar directamente entre sí, porque cada una suma nuevos datos.
América Latina, la región más afectada

El dato más duro es regional. En América Latina y el Caribe, las poblaciones monitoreadas cayeron en promedio un 95%, la cifra más alta del planeta. Le siguen África (80%), Asia-Pacífico (49%), América del Norte (28%) y Europa y Asia Central (23%).
Que las cifras de Europa y América del Norte sean menores no significa que allí la naturaleza esté mejor. Según el informe, esas regiones ya habían sufrido grandes impactos antes de 1970, el año en que empieza la serie. En América Latina, en cambio, buena parte de la transformación de bosques, ríos y humedales ocurrió durante el período medido.
Aun así, el informe tiene un costado menos visible: cerca de la mitad de las poblaciones analizadas se mantiene estable (7%) o está creciendo (43%). El problema es que las caídas son mucho más profundas que las subas.
La tortuga que salió de la lista de especies en peligro

Entre los casos de recuperación que destaca WWF, junto con los tigres, los elefantes del sur de África y el atún rojo, está la tortuga verde (Chelonia mydas). No es una novedad de este año: en octubre de 2025, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la pasó de «en peligro», categoría en la que estaba desde 1982, a «preocupación menor» en su Lista Roja.
Según la Oceanic Society, la población mundial de tortugas verdes creció alrededor de un 28% desde la década de 1970. Algunas colonias, como las de la isla Ascensión, Brasil, México y Hawái, se acercan a los niveles que tenían antes de su explotación comercial.
Las claves fueron la protección de las hembras que anidan y de sus huevos en las playas, los programas comunitarios para frenar la captura, las restricciones al comercio de productos de tortuga y los dispositivos excluidores en las redes de pesca, que permiten que los animales escapen.
Malasia, un laboratorio de paciencia

En Sabah, las tortugas están protegidas desde 1977, y el consumo local de su carne y sus huevos está prohibido desde 1997. La paciencia es parte de la ecuación: solo una de cada mil crías llega a la madurez sexual, alrededor de los 20 años. Los resultados de hoy son consecuencia de decisiones tomadas hace décadas.
«Nunca imaginé que llegaría este día», dijo a la agencia AFP Juanita Joseph, investigadora de la Universiti Malaysia Sabah, que pasó años haciendo estudios genéticos en el terreno.
La genética también es una herramienta de control. WWF-Malasia creó Shellbank, una base de datos de ADN de tortugas marinas que permite rastrear de dónde vienen las poblaciones y el origen de caparazones decomisados. Gracias a ella se supo, por ejemplo, que tortugas que se alimentan en aguas malasias nacieron en Micronesia.
Una recuperación que no es pareja
El cambio de categoría no significa que el problema esté resuelto. Las otras especies de tortugas marinas siguen catalogadas como vulnerables o en peligro crítico, y en el caso de la tortuga plana de Australia faltan datos para evaluarla.
Incluso dentro de la tortuga verde hay poblaciones en retroceso. En el Pacífico sudoccidental, donde está la isla Raine, en Australia, la mayor zona de anidación del mundo, la producción de crías cayó varios años seguidos por la erosión y la inundación de nidos asociadas al cambio climático.
Hay además un riesgo menos evidente. El sexo de las tortugas lo determina la temperatura de la arena: los nidos más cálidos producen más hembras. Con playas cada vez más calientes, algunas poblaciones podrían quedar con muy pocos machos.
«La pérdida de naturaleza es enorme. Y también lo es nuestra capacidad de revertirla», resumió Carter Roberts, presidente de WWF en Estados Unidos. La tortuga verde es la prueba de la segunda parte de esa frase. La cifra de América Latina recuerda cuánto falta para la primera.