Un cohete químico consigue algo extraordinario a cambio de gastar combustible a una velocidad igualmente extraordinaria: produce un empuje gigantesco durante unos minutos y coloca toneladas de material en órbita. Para atravesar cientos de millones de kilómetros, sin embargo, quizá el futuro se parezca mucho menos a una explosión y mucho más a un empujón pequeño que nunca termina.
En febrero de 2026, el Jet Propulsion Laboratory de la NASA encendió un prototipo de propulsor magnetoplasmadinámico (MPD) alimentado con vapor de litio. Durante cinco encendidos alcanzó hasta 120 kilovatios, más de 25 veces la potencia de los propulsores eléctricos más potentes utilizados actualmente por naves de la agencia.
No llevará astronautas a Marte mañana. De hecho, todavía nunca se ha utilizado operacionalmente un motor MPD de este tipo en el espacio. Pero la prueba permite entender por qué NASA lleva décadas persiguiendo una tecnología que podría cambiar las reglas una vez que una nave ya ha abandonado la Tierra.
El truco no consiste en empujar más fuerte, sino durante muchísimo más tiempo

Los cohetes químicos expulsan gases calientes y generan muchísimo empuje de golpe. Los motores eléctricos hacen prácticamente lo contrario. En el prototipo probado por JPL, enormes corrientes eléctricas interactúan con un campo magnético y aceleran plasma de litio hacia el exterior. El empuje inicial es mucho menor, pero la velocidad del material expulsado puede ser enorme y el motor puede funcionar durante periodos extraordinariamente largos.
Eso explica su gran ventaja: la NASA calcula que la propulsión eléctrica puede utilizar hasta un 90% menos propelente que un sistema químico tradicional. Una nave puede entonces dedicar mucha más masa a carga, instrumentos, suministros o protección para sus tripulantes.
La idea tampoco es completamente nueva. Misiones como Deep Space 1, Dawn o la actual Psyche ya han utilizado distintas variantes de propulsión eléctrica. Los propulsores Hall e iónicos aceleran partículas durante meses y van acumulando velocidad poco a poco.
El salto que busca ahora la NASA está en otra palabra: potencia. Su objetivo para los próximos años es llevar cada propulsor MPD desde los actuales 120 kW hasta entre 500 kW y 1 megavatio. Una nave tripulada hacia Marte podría necesitar entre 2 y 4 MW repartidos entre varios motores, además de hacerlos funcionar durante más de 23.000 horas.
Ahí aparece el verdadero problema: de algún lugar tiene que salir toda esa electricidad

Un propulsor de plasma no elimina la necesidad de energía. La traslada. Los motores eléctricos actuales pueden funcionar con grandes paneles solares, pero cuanto más nos alejamos del Sol, menos energía producen. Para misiones rápidas y pesadas hacia Marte, la NASA estudia por eso combinar estos propulsores con reactores nucleares capaces de generar electricidad a escala de megavatios. Y es precisamente ahí donde la promesa de “llegar a Marte en semanas” necesita una enorme advertencia.
Existen estudios conceptuales que plantean tránsitos de alrededor de 45 días, pero no corresponden a una nave que esté a punto de construirse. Un concepto financiado por el programa NIAC de la NASA, por ejemplo, combinaba propulsión nuclear térmica y eléctrica para estudiar una arquitectura capaz de alcanzar esa cifra. Era una propuesta tecnológica, no una misión aprobada.
La propia NASA es mucho más prudente cuando habla de sus sistemas actualmente en desarrollo: considera que la propulsión nuclear eléctrica podría reducir tiempos, transportar más masa y utilizar mucho menos propelente, pero sus tecnologías clave todavía presentan niveles de madurez demasiado bajos para una misión tripulada inmediata.
No es una carrera exclusiva de Estados Unidos

Otros diseños persiguen el mismo principio desde aproximaciones diferentes. VASIMR, desarrollado por Ad Astra, utiliza radiofrecuencia y campos magnéticos para crear y acelerar plasma. Prototipos anteriores alcanzaron centenares de kilovatios y NASA sigue apoyando trabajos destinados a madurar componentes de la tecnología.
Rusia también desarrolla un acelerador de plasma con campo magnético externo. Rosatom informó de un prototipo pensado para unos 300 kW, al menos 6 newtons de empuje y velocidades de escape del plasma de aproximadamente 100 kilómetros por segundo. Eso demuestra investigación real, aunque las afirmaciones de viajes de un mes a Marte continúan siendo proyecciones, no capacidades demostradas por una nave.
El obstáculo común es brutal: producir megavatios en el espacio, transformar esa energía eficientemente, expulsar el calor sobrante y conseguir que los motores sobrevivan funcionando durante años. Por eso los cohetes químicos no están a punto de desaparecer. Seguirán siendo extraordinariamente útiles para despegar desde la Tierra y para maniobras que requieren mucho empuje inmediatamente.
La revolución, si llega, probablemente comenzará después. Una vez en el vacío, la nave del futuro podría dejar de quemar enormes cantidades de combustible durante minutos para empezar a acelerar suavemente durante meses. Y ahí, acumulando velocidad casi sin detenerse, es donde Marte podría empezar a parecer bastante menos lejano.