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Ciencia

La nueva carrera espacial obliga a Europa a tomar una decisión que llevaba años evitando

Europa quiere recuperar protagonismo en la nueva carrera espacial, pero para hacerlo necesita aumentar sus inversiones, desarrollar capacidades propias y reducir su dependencia exterior.
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Durante décadas, Europa ha demostrado que puede construir satélites, estudiar planetas y observar la Tierra desde el espacio con una precisión extraordinaria. Sin embargo, mientras otras potencias aceleran sus programas y las empresas privadas ganan cada vez más protagonismo, el continente se enfrenta a una pregunta difícil de ignorar: ¿hasta dónde puede llegar si continúa dependiendo de otros para algunas de sus misiones más importantes?

La respuesta comenzó a tomar forma esta semana en París, donde representantes políticos, científicos y empresarios se reunieron para discutir el futuro espacial europeo. Y una intervención terminó concentrando buena parte de la atención.

El astronauta francés Thomas Pesquet resumió el desafío con una idea contundente: Europa necesita hacer algo suficientemente grande como para recuperar la imaginación del público y demostrar que también puede alcanzar nuevos destinos por sus propios medios.

Marte era el gran objetivo simbólico de la carrera espacial. La Luna es ahora el terreno donde Estados Unidos y China se juegan poder, recursos y ventaja estratégica
© NASA.

Una carrera espacial que vuelve a acelerarse

Pesquet conoce de primera mano la dependencia europea. El próximo año realizará su tercera misión a la Estación Espacial Internacional, pero lo hará utilizando infraestructura estadounidense: viajará en una nave Dragon de SpaceX, lanzada mediante un Falcon 9 y dentro de una misión respaldada por la compañía privada Vast.

Para el astronauta, esta situación refleja un problema más amplio. Estados Unidos ha conseguido convertir sus grandes hazañas espaciales en símbolos capaces de movilizar a toda una sociedad. El alunizaje del programa Apolo es el ejemplo más evidente.

Europa, en cambio, necesita encontrar su propia gran historia espacial. No se trata únicamente de llegar a la Luna, sino de construir alrededor de ese objetivo las tecnologías, empresas, sistemas de lanzamiento y capacidades necesarias para reducir su dependencia de terceros.

Las cifras ayudan a entender la dimensión del desafío. Según los datos expuestos durante la cumbre, Estados Unidos destina entre cinco y seis veces más recursos al sector espacial que Europa. La inversión pública por habitante también muestra una diferencia considerable: alrededor de 220 euros por ciudadano en Estados Unidos frente a unos 15 euros en la Unión Europea.

La brecha también aparece en el tamaño del ecosistema empresarial. Francia cuenta con unas 546 compañías privadas relacionadas con el sector aeroespacial, mientras que Estados Unidos reúne unas 5.600.

La presión para reaccionar aumenta además por la velocidad con la que Washington y sus empresas privadas están ampliando sus ambiciones.

París quiere autonomía mientras Berlín mira en otra dirección

La Cumbre Espacial del Grand Palais reunió a representantes de 90 países y terminó con unos 50 contratos valorados en aproximadamente 22.000 millones de euros. Sin embargo, el encuentro estuvo marcado también por algunas ausencias significativas.

Varias compañías estadounidenses, entre ellas SpaceX y Blue Origin, decidieron no participar después de las presiones procedentes de Washington. También faltó el canciller alemán Friedrich Merz, una ausencia que volvió a poner sobre la mesa las diferencias entre Francia y Alemania respecto al futuro de la política espacial y de defensa europea.

París defiende una mayor prioridad para las capacidades desarrolladas dentro de Europa. Berlín, por su parte, mantiene una posición más abierta a la colaboración con proveedores estadounidenses.

En medio de estas tensiones apareció otro elemento simbólico: el lanzamiento de un cohete de la empresa alemana Isar Aerospace desde Andøya, en Noruega. El puerto espacial representa una alternativa europea al tradicional centro de Kourou, en la Guayana Francesa, y evidencia que el continente está intentando ampliar sus propias opciones de acceso al espacio.

Pero la iniciativa que concentra buena parte de las expectativas es IRIS, el nuevo programa de infraestructura espacial impulsado por la Agencia Espacial Europea.

IRIS y la apuesta por una Europa más independiente

IRIS, siglas de Infraestructura para la Resiliencia, Interconectividad y Seguridad, contempla una constelación de 348 satélites: 330 estarán en órbita baja y otros 18 en órbita media. El objetivo es que el sistema pueda estar plenamente operativo entre 2029 y 2030.

La iniciativa busca seguir el camino de proyectos europeos como Galileo y Copernicus, que han permitido al continente disponer de capacidades propias en navegación y observación terrestre.

El director general de la ESA, Josef Aschbacher, considera que Europa continúa teniendo una posición sólida en términos tecnológicos, especialmente en áreas como la observación de la Tierra. Sin embargo, advierte que la escala de las inversiones no está al mismo nivel que la de Estados Unidos.

El problema no termina en los satélites. Europa también necesita reforzar sus sistemas de lanzamiento y avanzar en exploración espacial. La recuperación de una capacidad propia de lanzamiento, después del periodo de transición hasta la llegada del Ariane 6, es una parte de ese proceso.

La pregunta más ambiciosa es todavía mayor: ¿puede Europa llegar a desarrollar sus propias misiones tripuladas, con una cadena completa de producción, gestión y control?

Esa decisión dependerá de los Estados miembros y de su disposición a aumentar los recursos destinados al sector.

La industria europea ya ha puesto una cifra sobre la mesa. Thales Alenia Space, junto con asociaciones industriales de Francia, Alemania e Italia, reclama que el espacio sea considerado una infraestructura crítica y propone destinar al menos 60.000 millones de euros al desarrollo del sector mediante el Fondo Europeo de Competitividad.

La discusión, por tanto, ya no gira únicamente alrededor de conquistar nuevos destinos. Para Europa, la nueva carrera espacial también consiste en decidir qué capacidades quiere controlar por sí misma y cuánto está dispuesta a invertir para conseguirlo.

 

[Fuente: El Mundo]

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