Durante décadas, una de las grandes preguntas sobre los dinosaurios fue imposible de responder: ¿cómo funcionaba realmente el cuerpo de un animal como el tiranosaurio rex? Sus huesos permiten reconstruir su tamaño, sus dientes muestran el poder de su mordida y las huellas aportan pistas sobre su movimiento. Pero había un dato fundamental que parecía perdido para siempre: su temperatura corporal. Ahora, una nueva investigación consiguió acercarse a esa respuesta utilizando algo que permaneció oculto durante millones de años dentro de sus dientes.
Un termómetro escondido en los dientes del T. rex
Un estudio publicado en Science Advances ha permitido inferir por primera vez la temperatura corporal de un Tyrannosaurus rex mediante el análisis de isótopos conservados en su esmalte dental. El resultado apunta a una temperatura cercana a los 36 °C, muy parecida a la de los seres humanos.
La investigación fue desarrollada por un equipo de científicos que utilizó una técnica conocida como termometría de isótopos agrupados. La idea puede parecer complicada, pero su principio es bastante ingenioso: determinados isótopos de carbono y oxígeno tienden a formar enlaces entre sí de manera diferente dependiendo de la temperatura existente cuando se formaron.
En otras palabras, esas pequeñas estructuras químicas funcionan como una especie de registro térmico. Cuanto mayor era la temperatura, menor era la cantidad de determinados enlaces; cuando las condiciones eran más frías, esos enlaces aparecían con mayor frecuencia.
Esto permite utilizar los restos fósiles como una suerte de termómetro geológico. Y aquí aparece uno de los grandes desafíos del estudio: encontrar una parte del dinosaurio que todavía conservara esa información después de 66 millones de años.
Los huesos no eran la opción ideal. A lo largo de la vida de un animal, el tejido óseo se remodela constantemente y, después de la muerte, puede sufrir alteraciones químicas provocadas por el entorno. El esmalte dental, en cambio, posee estructuras cristalinas mucho más resistentes.
Por eso, los investigadores dirigieron su atención hacia los dientes.
El análisis permitió estimar que el T. rex tenía una temperatura corporal de aproximadamente 36 °C. La cifra encaja con una idea que lleva años ganando fuerza entre los paleontólogos: los grandes dinosaurios terópodos no se comportaban fisiológicamente como los reptiles modernos estrictamente ectotermos.
Los reptiles actuales de sangre fría suelen mantener temperaturas corporales más cercanas a los 28-30 °C, mientras que las aves, consideradas descendientes evolutivas de los dinosaurios terópodos, pueden alcanzar valores superiores a los 40 °C.
El dato no demuestra por sí solo todos los detalles del metabolismo del tiranosaurio, pero sí proporciona una evidencia directa especialmente valiosa para comprender cómo regulaba su temperatura.

Solo hicieron falta dos pequeñas perforaciones
Llegar hasta este resultado tampoco fue sencillo. La técnica utilizada anteriormente requería destruir una cantidad considerable del fósil para obtener el dióxido de carbono necesario para el análisis mediante espectrometría de masas.
Eso representaba un problema enorme para los museos. Muchos fósiles son únicos e irreemplazables, por lo que perforarlos o destruir una parte importante de ellos para realizar un experimento es una decisión que debe justificarse cuidadosamente.
La situación cambió gracias a una mejora en el procedimiento. Los investigadores descubrieron cómo aumentar la presión del dióxido de carbono obtenido a partir del material analizado, permitiendo que los instrumentos trabajaran con cantidades mucho más pequeñas.
En el caso estudiado, el sacrificio fue mínimo: dos pequeñas perforaciones en el esmalte de dos dientes pertenecientes a un conocido ejemplar de Tyrannosaurus rex llamado Thomas.
Pero todavía quedaba una duda importante. ¿Y si la información química de los dientes había sido modificada durante los millones de años que permanecieron enterrados?
Para comprobarlo, los científicos analizaron también otros fósiles procedentes de la misma zona. Entre ellos había restos de animales cuya temperatura corporal se conoce mejor. Los resultados obtenidos en los cocodrilos rondaron los 30 °C, una cifra coherente con lo esperado.
Esa comparación permitió comprobar que la técnica podía recuperar información térmica de los fósiles sin que las condiciones del yacimiento hubieran alterado de manera significativa las señales químicas utilizadas.
El hallazgo aporta así una pieza más al complejo rompecabezas sobre la biología de los dinosaurios. Durante mucho tiempo, su metabolismo fue uno de los grandes puntos de discusión: ¿eran animales dependientes del calor ambiental, como muchos reptiles actuales, o podían mantener internamente una temperatura elevada?
La medición del T. rex proporciona ahora una evidencia empírica que respalda la segunda posibilidad.
Y aunque todavía quedan preguntas por responder, hay algo que ya podemos imaginar con bastante más precisión: aquel gigantesco depredador que dominó los ecosistemas del Cretácico no era una enorme estatua fría cubierta de escamas. Su cuerpo mantenía una temperatura cercana a la nuestra.
Eso sí, probablemente sea mejor dejar el plan de película y manta para otro animal.
[Fuente: La Razón]