Un beso, un abrazo o una mano sobre el hombro suelen interpretarse como gestos universales de cariño. Sin embargo, para algunas personas esos mismos gestos pueden provocar incomodidad, tensión o incluso una necesidad inmediata de tomar distancia. Y lo curioso es que esto no significa necesariamente que exista falta de afecto.
La forma en la que cada individuo experimenta el contacto físico puede ser mucho más compleja de lo que parece. Mientras algunas personas buscan constantemente abrazos, caricias y muestras físicas de cercanía, otras prefieren demostrar sus sentimientos de maneras completamente diferentes.
Durante mucho tiempo, esta diferencia se ha interpretado como una cuestión de personalidad, frialdad o falta de interés. Pero la psicología ofrece una perspectiva diferente que permite entender por qué determinadas personas reaccionan de una manera tan distinta ante estímulos que para la mayoría resultan agradables.

Cuando un beso no resulta agradable
El contacto físico ha acompañado a los seres humanos desde mucho antes de que existieran las palabras. Un abrazo puede transmitir seguridad, una palmada puede expresar apoyo y un beso puede convertirse en una muestra de intimidad o afecto.
Por eso, en muchas culturas estos comportamientos se han integrado de forma natural en las relaciones familiares, las amistades y las parejas. El problema aparece cuando asumimos que todas las personas deberían sentirse cómodas con ellos.
No es así.
Algunas personas pueden sentirse perfectamente bien conversando, compartiendo tiempo con alguien o ayudando a otra persona, pero experimentar cierta incomodidad cuando llega el momento de establecer contacto físico. Un abrazo demasiado largo, una caricia inesperada o un beso pueden generar una reacción que desde fuera resulta difícil de comprender.
Sin embargo, esa respuesta no necesariamente refleja lo que la persona siente emocionalmente por quien tiene delante.
La clave podría encontrarse en una diferencia mucho menos visible: la manera en que cada sistema nervioso recibe y procesa los estímulos procedentes del entorno.
Una cuestión de sensibilidad y percepción
La psicología sabe que no todos procesamos las sensaciones de la misma manera. La intensidad con la que una persona percibe determinados estímulos puede variar considerablemente de un individuo a otro.

Algo que para una persona resulta relajante puede ser excesivo para otra. Ocurre con los sonidos, las luces, las texturas, los olores y también con el contacto corporal.
En este contexto, algunas personas pueden presentar una sensibilidad física mayor, haciendo que ciertos estímulos táctiles sean percibidos como demasiado intensos o invasivos. No se trata necesariamente de una decisión consciente ni de un rechazo hacia quien intenta acercarse.
Es, sencillamente, una experiencia corporal diferente.
La comparación puede entenderse mejor con algo cotidiano. Hay personas capaces de trabajar o descansar mientras escuchan música a un volumen elevado, mientras que otras necesitan un ambiente silencioso para sentirse cómodas. Ninguna de las dos respuestas implica necesariamente un problema: sus sistemas perceptivos reaccionan de manera diferente.
Con el contacto físico puede suceder exactamente lo mismo.
El problema aparece cuando confundimos afecto con contacto
Esta diferencia puede adquirir especial importancia dentro de una pareja. Muchas personas han aprendido a interpretar los abrazos, los besos y las caricias como indicadores prácticamente obligatorios del amor.
Cuando alguien no disfruta de esas muestras de afecto, puede aparecer una conclusión equivocada: «si no quiere besarme, quizá no me quiere».
Pero esa interpretación puede convertir una diferencia sensorial en un conflicto emocional.
Una persona puede sentir un enorme cariño por su pareja y, al mismo tiempo, no disfrutar determinados tipos de contacto. También puede preferir otras formas de expresar sus sentimientos: pasar tiempo juntos, prestar atención, ayudar, conversar o estar presente en momentos importantes.
La dificultad aparece cuando se intenta imponer una única manera de demostrar amor.
Las expectativas sociales pueden hacer que quienes experimentan el contacto físico de forma diferente terminen sintiéndose culpables o presionados para actuar de una determinada manera. Y esa presión puede tener el efecto contrario al deseado, aumentando todavía más la incomodidad.
Comprender estas diferencias permite cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos por qué alguien «no quiere» dar un beso o recibir un abrazo, quizá sea más útil entender cómo experimenta esa persona el contacto.
Porque el afecto no tiene una única forma de expresarse. Y lo que para unos representa una sensación agradable y reconfortante puede ser, para otros, un estímulo mucho más intenso de lo que parece desde fuera.