Los psicodélicos suelen describirse como sustancias capaces de volver el cerebro más caótico, ya que distintos estudios de neuroimagen han mostrado que, bajo sus efectos, las redes neuronales pierden parte de su organización habitual y las señales cerebrales se vuelven más variables, diversas e impredecibles. Sin embargo, una nueva investigación sobre la psilocibina sugiere que esa explicación es incompleta, porque detrás de ese aparente desorden también existiría una organización mucho más precisa de lo que se pensaba.
Uno de los mayores estudios realizados hasta ahora sobre los efectos agudos de la psilocibina encontró que, cuanto más intensa era la experiencia psicodélica, más fácil resultaba reconocer en la actividad cerebral qué estaba haciendo la persona en ese momento. De esta manera, aunque algunas redes internas parecían perder sus límites habituales, el cerebro comenzaba al mismo tiempo a reorganizarse de acuerdo con la experiencia inmediata de cada participante.
El cerebro cambia según lo que la persona está viviendo
Para estudiar este fenómeno, los investigadores reclutaron a 62 adultos sanos con poca o ninguna experiencia previa con psicodélicos. Primero analizaron su actividad cerebral sin la sustancia y, posteriormente, les administraron 19 miligramos de psilocibina en una cápsula oral, mientras registraban los cambios mediante resonancia magnética funcional y electroencefalografía.

Durante el experimento, los participantes pasaron por distintos contextos: permanecieron en reposo, meditaron, escucharon música y observaron una película. En lugar de limitarse a obtener promedios de varios minutos, los científicos utilizaron herramientas de inteligencia artificial para seguir momento a momento los cambios producidos en 332 regiones cerebrales, lo que permitió observar cómo la actividad iba evolucionando de acuerdo con cada situación.
El sistema transformó esas variaciones en trayectorias y aprendió a identificar cuáles correspondían al descanso, la meditación, la música o la película. Lo llamativo fue que, bajo los efectos de la psilocibina, esas experiencias dejaban huellas cerebrales más distinguibles, especialmente cuando la intensidad subjetiva del viaje era mayor.
Más desorden, pero también más conexión con el contexto
El resultado obliga a matizar la idea de que la psilocibina simplemente “desorganiza” el cerebro. Según los investigadores, algunas de las redes encargadas de procesar el mundo interno y externo se vuelven menos diferenciadas entre sí, pero, al mismo tiempo, la actividad cerebral adopta patrones que reflejan con mayor claridad aquello que la persona está viviendo y hacia dónde dirige su atención.
Devon Stoliker, autor principal del estudio e investigador de la Universidad de Monash, explicó que bajo los efectos de la psilocibina las redes neuronales pierden parte de sus fronteras habituales, aunque se reorganizan de una manera sensible al contexto. Esto significa que el entorno no funciona solamente como un escenario pasivo, sino que participa activamente en la forma en que el cerebro responde a la sustancia.
La sensación de unidad también aparece en las señales cerebrales
Los investigadores encontraron además una relación entre esta reorganización y algunas de las experiencias subjetivas más características de los psicodélicos. Las personas cuyos cerebros mostraban una mayor sensibilidad al contexto tendían a describir sensaciones más intensas de unidad, inmersión y disolución de los límites entre uno mismo y el entorno.
Este hallazgo podría aportar una explicación biológica a una experiencia que aparece con frecuencia en relatos de personas que consumen psicodélicos: la sensación de que la separación entre el individuo y aquello que lo rodea se vuelve menos clara. Lejos de tratarse únicamente de un estado caótico, el cerebro parece reorganizarse de acuerdo con la experiencia que atraviesa en ese instante.

El entorno podría ser clave en los tratamientos psicodélicos
El estudio también refuerza una idea central en la investigación clínica con psicodélicos: el llamado contexto o “setting” puede influir profundamente en la experiencia. Escuchar música, meditar, observar una película o permanecer en silencio producía patrones cerebrales diferentes, lo que sugiere que la atención, el ambiente y las actividades realizadas durante una sesión podrían modificar la respuesta del cerebro.
Esto podría ayudar a entender por qué los protocolos terapéuticos que investigan la psilocibina prestan tanta atención al acompañamiento, al espacio físico y a la preparación psicológica del paciente. Aun así, los investigadores advierten que el estudio se realizó con adultos sanos, por lo que todavía será necesario comprobar si estos mismos patrones aparecen en personas con trastornos clínicos.
Los resultados no eliminan la idea de que la psilocibina aumenta la entropía y la variabilidad cerebral, pero añaden una pieza importante: el caos aparente puede convivir con una organización sensible a la experiencia. Bajo sus efectos, el cerebro parece perder parte de su estructura habitual mientras, paradójicamente, se vuelve más dependiente de aquello que la persona está viviendo en ese mismo momento.