Durante décadas, la imagen más reconocible de la civilización maya ha sido la de sus pirámides, palacios, gobernantes y enormes ciudades ceremoniales. Pero la inmensa mayoría de aquella sociedad no vivía en esos espacios ni podía encargar monumentos con su nombre.
Eran agricultores, artesanos, trabajadores y familias que construían viviendas sencillas, almacenaban alimentos y buscaban agua para sobrevivir a la estación seca. Precisamente por eso, el asentamiento descubierto durante las obras del Tren Maya de Carga puede contar una historia diferente.
El lugar se llama K’oxol Ja’ II (“agua de los moscos”) y fue localizado a mediados de 2025 durante el salvamento arqueológico realizado en la futura Terminal Multimodal de Progreso. El Instituto Nacional de Antropología e Historia ha documentado 21 estructuras y elementos naturales asociados dentro de una superficie de 2.257 metros cuadrados.
No encontraron un palacio: encontraron los cimientos de un poblado

Los restos corresponden principalmente a basamentos y elementos arquitectónicos de antiguas viviendas. No son edificios monumentales, pero permiten reconstruir dónde dormían las familias, cómo distribuían sus espacios y qué recursos utilizaban.
La cerámica recuperada indica que el asentamiento pudo estar ocupado entre aproximadamente el 400 a.C. y el 900 d.C., un intervalo que atraviesa buena parte de la historia maya prehispánica. Por su tamaño y características, los investigadores creen que pudo ser una población de importancia intermedia vinculada a El Chiik, otro asentamiento localizado al noroeste durante los mismos trabajos arqueológicos.
Esta clase de núcleos residenciales ayuda a comprender que el mundo maya no estaba formado únicamente por grandes capitales. Estudios recientes del propio INAH sobre unidades domésticas de Yucatán y Campeche han identificado agrupaciones de decenas de construcciones pequeñas, acompañadas por solares, huertos y zonas destinadas a diferentes actividades familiares.
K’oxol Ja’ II añade otra pieza a ese mapa: una comunidad próxima a la costa, asentada directamente sobre la roca caliza y aparentemente alejada del lujo de los grandes centros ceremoniales.
Modificaron un cenote para no depender de la lluvia

La pista más reveladora está en el agua. Los arqueólogos identificaron cuerpos hídricos permanentes y estacionales, además de restos de un brocal construido alrededor de la entrada del cenote principal.
Aquella intervención habría permitido regular el acceso, proteger la entrada y organizar el consumo de la comunidad. No era una simple fuente natural: sus habitantes la adaptaron a sus necesidades.
El control doméstico del agua fue crucial en las tierras bajas mayas, donde las lluvias podían concentrarse en una parte del año. Investigaciones realizadas en otros asentamientos han demostrado que las familias construían o reutilizaban pequeños depósitos para almacenar agua fuera del control directo de las élites. Un estudio publicado en Ancient Mesoamerica sostiene que esa gestión a escala doméstica fue esencial para el crecimiento de numerosas comunidades.
En K’oxol Ja’ II también aparecieron dos ofrendas utilizadas para consagrar los cimientos. Es una señal de que levantar una casa no era únicamente una decisión práctica: el comienzo de una vivienda tenía igualmente una dimensión ritual.
Lo que falta también cuenta cómo vivían

Los arqueólogos encontraron muy poca cerámica. Una posible explicación es que muchos recipientes y utensilios fueran de madera, fibras vegetales, calabaza u otros materiales perecederos que desaparecieron con el tiempo.
Tampoco aparecieron enterramientos en las zonas excavadas. Las viviendas estaban construidas casi directamente sobre la roca madre y la capa de suelo era demasiado delgada para introducir y cubrir los cuerpos, según explicó el equipo a La Jornada Maya.
Los 21 elementos han sido limpiados, consolidados y rodeados por una malla. El INAH y la Secretaría de la Defensa Nacional acordaron además crear un polígono de protección para conservar el yacimiento dentro del proyecto ferroviario.
Los análisis de piedras, sedimentos y fragmentos cerámicos continúan. K’oxol Ja’ II no ha entregado nombres de reyes ni grandes tesoros, pero conserva algo posiblemente más difícil de encontrar: las huellas de las personas anónimas que mantuvieron en funcionamiento el mundo maya.