A simple vista, la Torre Eiffel parece completamente inmóvil. Sin embargo, sus miles de piezas metálicas reaccionan constantemente a los cambios de temperatura, al viento y a la radiación solar. Se trata de un comportamiento normal de cualquier gran estructura de hierro y de una demostración monumental de uno de los principios más básicos de la física: la dilatación térmica.
Existe, además, una curiosidad repetida con frecuencia sobre el monumento: que durante el verano puede crecer hasta 15 centímetros. La realidad es algo diferente. El aumento de altura provocado por las temperaturas elevadas se mide en apenas unos milímetros. Los aproximadamente 15 centímetros corresponden al diámetro del movimiento que puede describir la parte superior de la torre debido al calentamiento desigual provocado por el Sol.
El hierro cambia de tamaño con la temperatura
La estructura de la Torre Eiffel está formada principalmente por hierro pudelado, un material que se expande cuando aumenta su temperatura y se contrae cuando se enfría.
Durante los días calurosos, las piezas metálicas experimentan una expansión mínima que puede aumentar ligeramente la altura total de la construcción. En invierno ocurre lo contrario: las bajas temperaturas provocan una pequeña contracción.
Estos cambios son extremadamente pequeños en comparación con los 330 metros de altura que alcanza actualmente el monumento, pero pueden medirse con instrumentos de precisión.
El fenómeno adquiere todavía más interés cuando se considera que el Sol no calienta las cuatro caras de la Torre Eiffel de manera uniforme.
La cima puede desplazarse siguiendo al Sol
A lo largo del día, diferentes partes de la estructura reciben una mayor cantidad de radiación solar. La cara expuesta al Sol se calienta y se expande ligeramente más que la zona situada a la sombra.
Esta diferencia provoca una inclinación mínima en dirección opuesta al Sol.
A medida que este se desplaza por el cielo, el punto más alto de la torre también cambia ligeramente de posición. En determinadas condiciones, su cima puede describir una trayectoria casi circular de alrededor de 15 centímetros de diámetro.
Para las personas que visitan el monumento, el movimiento resulta completamente imperceptible.
El viento también hace oscilar la estructura
La temperatura no es el único fenómeno capaz de mover la Torre Eiffel. El viento puede provocar pequeñas oscilaciones y vibraciones.
Su diseño curvo fue concebido precisamente teniendo en cuenta la acción de las corrientes de aire sobre una construcción de semejante altura. Estos movimientos forman parte del comportamiento esperado de la estructura y no representan por sí mismos un problema de estabilidad.
Cuando las condiciones meteorológicas son especialmente adversas, pueden establecerse restricciones de acceso para proteger a visitantes y trabajadores.
La Torre Eiffel también creció por otras razones
El monumento inaugurado para la Exposición Universal de París de 1889 no tenía exactamente la altura actual.
Originalmente alcanzaba unos 312 metros contando las instalaciones existentes entonces. Con el paso del tiempo, la incorporación de diferentes antenas para transmisiones de radio y televisión elevó progresivamente su altura hasta los 330 metros actuales.
Los pequeños movimientos causados por el calor y el viento también producen fatiga en los materiales a muy largo plazo, aunque el proceso es extremadamente lento. Para su conservación resulta mucho más importante combatir la corrosión mediante tareas periódicas de mantenimiento y pintura.
La Torre Eiffel, por tanto, nunca está completamente inmóvil. Se expande cuando hace calor, se contrae con el frío y su cima cambia ligeramente de posición siguiendo el recorrido del Sol, un movimiento cotidiano que ocurre ante millones de visitantes sin que prácticamente nadie pueda percibirlo.