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Ciencia

El autoritarismo no siempre llega con tanques: a veces entra por repetición, cansancio y costumbre. La ultraderecha está moviendo los límites de lo aceptable sin que la sociedad note el cambio

El auge de la ultraderecha global no solo se explica por elecciones, crisis económicas o líderes carismáticos. También avanza mediante un mecanismo más silencioso: repetir ideas que antes parecían inaceptables hasta que dejan de provocar alarma. La habituación psicológica, la erosión de normas democráticas y la ampliación de la ventana de Overton ayudan a entender por qué ciertos discursos autoritarios empiezan a sonar como parte normal del debate público.
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El autoritarismo rara vez se anuncia como autoritarismo. No siempre llega con uniformes, censura abierta o una ruptura inmediata de las reglas democráticas. A veces entra de otra forma: como una frase repetida demasiadas veces, una propuesta extrema que se instala en televisión, un ataque institucional que deja de escandalizar o una idea que, poco a poco, empieza a sonar menos inadmisible.

Ese es el punto inquietante que empiezan a señalar neurocientíficos, juristas y expertos en política: las sociedades también pueden acostumbrarse al deterioro democrático. No porque desaparezca el peligro, sino porque la repetición reduce la alarma. La ultraderecha global ha aprendido a moverse en ese terreno con enorme eficacia, empujando los límites de lo aceptable hasta que discursos que antes parecían fuera del marco democrático empiezan a circular como una opinión más.

La democracia también se erosiona cuando dejamos de sorprendernos

La trampa invisible de la ultraderecha: cómo nos acostumbra al autoritarismo sin que lo notemos
© Unsplash / Koshu Kunii.

Lo que ayer habría provocado escándalo, hoy puede sonar como una frase más dentro del ruido político. No porque la idea sea menos extrema, sino porque apareció demasiadas veces delante de nosotros. Primero indigna. Después incomoda. Más tarde se discute. Y, cuando el cansancio gana terreno, termina ocupando un lugar en el paisaje.

Ese es uno de los peligros más difíciles de detectar en el auge contemporáneo de la ultraderecha: el autoritarismo ya no necesita presentarse siempre como una ruptura visible. A veces funciona por acumulación. Una provocación contra los inmigrantes. Un ataque a jueces o periodistas. Una burla a los derechos humanos. Una propuesta que parecía impensable hace cinco años. Otra más. Y otra.

La neurocientífica Tali Sharot y el jurista Cass Sunstein lo formularon en un editorial publicado en Science Advances: las personas pueden habituarse al deterioro democrático. Según resumen desde el Science Media Centre España, cuando las normas democráticas se violan repetidamente, la sociedad empieza a adaptarse a esa degradación, como si lo excepcional se volviera parte de la temperatura normal del sistema político.

El cerebro como campo de batalla político

La trampa invisible de la ultraderecha: cómo nos acostumbra al autoritarismo sin que lo notemos
© Unsplash / rob walsh.

La habituación no es una metáfora bonita. Es un mecanismo psicológico básico: cuando un estímulo se repite muchas veces, nuestra reacción disminuye. El mal olor de una habitación cerrada parece más fuerte al entrar que después de permanecer un rato dentro. No desapareció. Solo dejamos de notarlo.

Aplicado a la política, el mecanismo es inquietante. Sharot y Sunstein advierten que una sociedad puede empezar a mirar el deterioro democrático no contra sus ideales más altos, sino contra la degradación del día anterior. Así, cada nueva transgresión parece apenas un paso más, no una ruptura. La alarma se ajusta hacia abajo.

Un estudio publicado en PNAS ya había apuntado en esa dirección. La investigación Elite rhetoric can undermine democratic norms encontró que la exposición previa a mensajes de élites políticas con violaciones de normas democráticas reducía emociones como la ira y la ansiedad ante nuevas transgresiones. Dicho de forma simple: cuanto más se repite la ruptura de una norma, menos nos golpea la siguiente.

Ahí entra una de las grandes habilidades de la derecha radical contemporánea: no necesita convencer a todo el mundo de golpe. Le alcanza con mover el marco. Hacer que una idea antes intolerable parezca debatible. Hacer que una propuesta extrema convierta en “moderada” a otra que, hasta ayer, también habría resultado inaceptable.

La ventana de Overton se mueve cuando alguien empuja

Ese desplazamiento tiene un nombre conocido en comunicación política: ventana de Overton. El concepto describe el rango de ideas que una sociedad considera políticamente aceptables en un momento determinado. Según la explicación del Mackinac Center, los políticos suelen moverse dentro de esa ventana porque fuera de ella las propuestas pueden parecer demasiado extremas para conservar apoyo público.

La clave es que esa ventana no es fija. Se puede mover. Se puede ensanchar. Y también puede ser empujada deliberadamente. Por eso, cuando dirigentes de extrema derecha plantean medidas que antes parecían fuera del debate democrático, el objetivo no siempre es aprobarlas mañana. A veces la función es otra: instalar el tema, obligar al resto a responder, desplazar el centro de gravedad y hacer que versiones apenas menos radicales parezcan razonables.

En España, el debate reciente sobre la llamada “remigración” ofrece un ejemplo claro de ese desplazamiento. RTVE informó en julio de 2025 que Vox defendió la “repatriación masiva” de millones de migrantes, una propuesta presentada por dirigentes como Rocío de Meer y Samuel Guido Princesa, según El HuffPost. La discusión ya no giraba solo en torno a políticas migratorias concretas, sino a la normalización de un lenguaje que convierte expulsiones masivas en una opción debatible dentro del marco político.

No hace falta una conspiración para que funcione

La trampa invisible de la ultraderecha: cómo nos acostumbra al autoritarismo sin que lo notemos
© Unsplash / Getty.

El error sería imaginar todo esto como una maquinaria perfectamente coordinada desde un único centro. No hace falta. Lo que existe es algo más difuso y, por eso mismo, más eficaz: partidos, líderes, medios, influencers y ecosistemas digitales que aprenden a explotar los mismos mecanismos de atención.

La provocación funciona porque obliga a reaccionar. La reacción amplifica. La amplificación normaliza. Y la normalización deja la puerta abierta para la siguiente provocación.

El contexto global ayuda a entender por qué este proceso importa. El informe Freedom in the World 2025, de Freedom House, advertía que la libertad global enfrentaba graves desafíos por conflictos armados, represión en autocracias y líderes elegidos democráticamente que intentan debilitar controles institucionales. En paralelo, el informe 2025 de V-Dem señalaba que la “tercera ola de autocratización” no mostraba signos claros de frenarse.

La democracia, en ese escenario, no se rompe solo cuando alguien cancela elecciones. También se erosiona cuando la ciudadanía se acostumbra a que sus reglas sean tratadas como obstáculos, sus minorías como amenazas y sus instituciones como enemigos.

Cómo resistir la anestesia colectiva

La salida no pasa por fingir sorpresa eterna ante cada provocación. Tampoco por amplificar todo lo que la extrema derecha coloca sobre la mesa. El desafío es más difícil: recuperar criterios de comparación más altos.

Sharot y Sunstein hablan de deshabituación: mirar el presente no solo frente al deterioro reciente, sino frente a las mejores prácticas democráticas, los ideales históricos y las aspiraciones colectivas. Es decir, no preguntarse únicamente si hoy estamos peor que ayer, sino si estamos aceptando como normal algo que contradice la democracia que decimos defender.

La trampa invisible del autoritarismo no consiste en que nadie vea lo que ocurre. Consiste en que todos lo vean tantas veces que deje de parecer grave Y ahí está el verdadero riesgo: no el golpe repentino, sino la costumbre. No el ruido de los tanques, sino el desgaste diario de escuchar lo inaceptable hasta que empieza a sonar como una opinión más.

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