A simple vista, no había nada que delatara lo que sucedía bajo las aguas cubiertas de hielo próximas a la plataforma Filchner. Sin embargo, las focas de Weddell equipadas con transmisores repetían un comportamiento llamativo: descendían una y otra vez hacia la misma región del fondo antártico.
La conexión apareció cuando los investigadores combinaron esos desplazamientos con las imágenes obtenidas desde el rompehielos alemán Polarstern. El 90% de las inmersiones registradas se concentraba dentro de una inmensa zona de reproducción de peces. Las focas, probablemente atraídas por una fuente colosal de alimento, llevaban tiempo frecuentando una ciudad submarina que los humanos todavía no podían ver.
Donde buceaban las focas, las cámaras encontraron nido tras nido

Durante la expedición PS124, realizada en febrero de 2021, el equipo remolcó sobre el lecho marino el sistema OFOBS. Era algo parecido a un trineo de acero cargado de tecnología: incorporaba cámaras fotográficas y de vídeo, luces LED, flashes, tres láseres para medir las estructuras y un sonar lateral.
El dispositivo trabajó entre 420 y 535 metros de profundidad. A medida que avanzaba, comenzó a transmitir círculos excavados en el sedimento. No eran marcas geológicas ni rastros dejados por las corrientes. Eran nidos de Neopagetopsis ionah, el pez de hielo de Jonás.
En total, el sistema recorrió 45.600 metros cuadrados y permitió contar 16.160 nidos mediante fotografías y vídeos. El sonar detectó más de 100.000 estructuras adicionales. Los datos e imágenes de varios recorridos fueron publicados en abierto en el repositorio científico PANGAEA.
La colonia completa, sin embargo, era mucho mayor. Los cálculos publicados en Current Biology indican que se extendía por aproximadamente 240 kilómetros cuadrados, con una media cercana a un nido por cada tres metros cuadrados. La extrapolación elevó el total hasta unos 60 millones de nidos activos.
Cada círculo ocultaba miles de huevos y un adulto dispuesto a defenderlos

Los nidos medían unos 75 centímetros de diámetro y 15 centímetros de profundidad. En el centro, los peces retiraban el sedimento más fino hasta dejar una superficie de pequeñas piedras sobre la que depositaban entre 1.500 y 2.500 huevos.
En tres de cada cuatro nidos activos había un ejemplar adulto vigilando la puesta. Esa atención parental no era completamente desconocida: una investigación anterior publicada en Polar Biology ya había descrito el comportamiento reproductor de la especie en el sudeste del mar de Weddell. Lo extraordinario era descubrir que no se trataba de unos cuantos grupos aislados, sino de una estructura biológica a escala regional.
La colonia reúne una biomasa estimada de 60.000 toneladas. También coincide con la entrada de agua profunda relativamente más cálida hacia la plataforma continental, una corriente capaz de crear condiciones favorables y sostener una red alimentaria mucho más rica que la del fondo circundante.
El mayor criadero conocido está dentro de un debate que lleva años bloqueado

El descubrimiento convirtió un espacio casi invisible del mapa en un punto ecológico crucial. No solo concentra millones de peces y sus huevos: también alimenta a focas y probablemente a otros depredadores del ecosistema antártico.
El mar de Weddell alberga cerca de 14.000 especies de fauna bentónica y sirve como territorio de alimentación para cientos de miles de aves marinas, según el Instituto Alfred Wegener. Desde 2016 existe una propuesta para proteger alrededor de 2,2 millones de kilómetros cuadrados de esta región, pero continúa bajo negociación internacional dentro de la CCAMLR.
La colonia ofrece ahora una razón difícil de ignorar. En el lugar donde las focas desaparecían bajo el hielo existe el mayor criadero de peces encontrado en la Tierra: una ciudad de millones de círculos excavados en la oscuridad cuya supervivencia depende de que el mundo decida qué hacer con ella.