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Tecnología

La Generación Z más tech de Silicon Valley está cambiando las fiestas por una nueva obsesión: trabajar hasta el límite. Han dejado el alcohol, pero lo han sustituido por jornadas de 80, 90 y hasta 92 horas semanales

En Silicon Valley, algunos jóvenes fundadores están dejando el alcohol para entrar en una cultura de productividad extrema: jornadas de 80, 90 e incluso 92 horas semanales, networking sin copas y ocio convertido en estrategia profesional. La tendencia encaja con la caída del consumo de alcohol entre jóvenes, pero también abre otra pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la sobriedad se convierte en una excusa para trabajar hasta romperse?
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La nueva fantasía de Silicon Valley ya no siempre empieza con una fiesta, una copa cara y una madrugada llena de promesas. Ahora puede empezar en una sauna, en un gimnasio, en una cena sin alcohol o en una oficina donde nadie quiere ser el primero en irse. La estética cambió: menos resaca, más anillos inteligentes, más suplementos, más “modo concentración” y una idea bastante peligrosa de fondo: si no estás trabajando casi todo el tiempo, alguien más lo está haciendo por vos.

Según contó Business Insider, varios jóvenes fundadores de Silicon Valley aseguran haber reducido drásticamente el alcohol o haberlo dejado directamente para mantenerse enfocados en sus startups. La nota no habla de toda una generación en bloque, pero sí retrata una escena concreta: emprendedores de veintipocos años que ven la sobriedad como una señal de disciplina, salud y compromiso absoluto con el trabajo.

La frase que mejor resume esta cultura es “lock in”, algo así como encerrarse mentalmente en el objetivo. En ese mundo, salir de fiesta deja de ser una recompensa y empieza a parecer una debilidad. Lo llamativo es que el alcohol no desaparece para abrir espacio al descanso, sino para dejar todavía más sitio a la productividad.

La fiesta no desapareció: se convirtió en networking sin alcohol

La Generación Z más tech de Silicon Valley está cambiando las fiestas por una nueva obsesión: trabajar hasta el límite. Han dejado el alcohol, pero lo han sustituido por jornadas de 80, 90 y hasta 92 horas semanales
© HBO.

El cambio tiene una parte positiva, claro. Beber menos alcohol no es precisamente una mala noticia. Gallup registró en 2025 que solo el 54% de los adultos estadounidenses decía consumir alcohol, el dato más bajo de su serie histórica, y entre los jóvenes adultos la cifra cayó hasta el 50%.

También hay datos de salud pública que ayudan a entender este giro. El Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo de Estados Unidos señala que, en 2024, el 47,5% de los jóvenes de 18 a 25 años reportó haber bebido alcohol en el último mes, y un 26,7% reconoció episodios de consumo intensivo. Es decir: el alcohol sigue muy presente, pero la relación cultural con beber está cambiando.

En Silicon Valley, esa tendencia general se mezcla con algo muy propio del ecosistema startup: convertir cualquier decisión personal en una declaración de rendimiento. Si antes la imagen del fundador joven venía asociada al caos, la fiesta y cierta épica universitaria, ahora el nuevo ideal parece más cercano al de un atleta de alto rendimiento. Dormir, comer, entrenar, socializar y descansar se vuelven piezas de una misma máquina: la empresa.

El problema empieza cuando dejar de beber no significa vivir mejor

La pregunta incómoda es esta: ¿qué pasa cuando una generación deja el alcohol, pero lo reemplaza por jornadas laborales absurdas?

La cifra más llamativa viene de perfiles de fundadores que presumen semanas de 80, 90 o incluso 92 horas de trabajo. 36Kr, en una pieza sobre jóvenes emprendedores de Silicon Valley, recogió el caso de Marty Kausas, cofundador de Pylon, que afirmó haber mantenido semanas de 92 horas durante tres semanas seguidas. La cuenta es brutal: equivale a más de 13 horas diarias, siete días a la semana.

Ahí la narrativa de la salud empieza a tambalearse. Porque dejar el alcohol puede mejorar el sueño, la concentración y el bienestar, pero trabajar hasta borrar los límites entre vida y oficina tiene sus propios costes. No es una hipótesis abstracta: la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo concluyeron que trabajar 55 horas o más por semana se asocia con un 35% más de riesgo de ictus y un 17% más de riesgo de morir por cardiopatía isquémica frente a jornadas de 35 a 40 horas.

Y conviene remarcar algo: ese umbral son 55 horas. No 92.

La nueva sobriedad también funciona como señal de estatus

En la vieja cultura startup, el exceso tenía otra forma. Dormir poco, comer mal, vivir en una oficina y sobrevivir a base de cafeína podían venderse como sacrificios inevitables para “cambiar el mundo”. La diferencia es que ahora ese sacrificio viene envuelto en lenguaje de bienestar.

No beber. Hacer ejercicio. Usar métricas corporales. Optimizar el sueño. Cuidar la dieta. Todo eso puede ser sano, pero en Silicon Valley también puede convertirse en una nueva forma de competición. Ya no se trata solo de tener la mejor idea, sino de demostrar que el propio cuerpo está subordinado a la empresa.

Según Business Insider, algunos fundadores jóvenes asocian no beber con proyectar seriedad ante inversores, compañeros y otros emprendedores. La sobriedad funciona entonces como una señal: no estoy perdiendo el tiempo, no estoy distraído, estoy completamente entregado a la startup.

Ese es el punto más interesante del fenómeno. No estamos simplemente ante jóvenes que deciden beber menos por salud. Estamos ante una escena donde incluso la salud se convierte en capital simbólico. No beber ya no es solo cuidarse: también es performar ambición.

Silicon Valley vuelve a vender una idea peligrosa: que el cuerpo es un obstáculo

La Generación Z más tech de Silicon Valley está cambiando las fiestas por una nueva obsesión: trabajar hasta el límite. Han dejado el alcohol, pero lo han sustituido por jornadas de 80, 90 y hasta 92 horas semanales
© Unsplash / Priscilla Du Preez 🇨🇦.

El viejo mito del garaje nunca se fue del todo. Solo cambió de vestuario. Antes era el programador que dormía bajo el escritorio. Ahora es el fundador que no bebe, entrena, medita, come lo justo y trabaja como si la fatiga fuera una falta de carácter.

El problema es que el cuerpo no negocia con la narrativa. Puede aguantar semanas extremas, sí. Puede incluso rendir muy bien durante un tiempo. Pero la biología no entiende de rondas de financiación ni de discursos motivacionales. Una semana de 92 horas no es una rutina sostenible: es una emergencia convertida en identidad.

Por eso este fenómeno es tan raro. La Generación Z suele presentarse como más consciente de la salud mental, más crítica con el trabajo tradicional y menos dispuesta a regalar su vida a una empresa. Pero una parte de la escena tech parece haber abrazado justo lo contrario: no el empleo corporativo clásico, sino una versión más radical, autoimpuesta y glamurizada del agotamiento.

La verdadera revolución no sería beber menos, sino trabajar con límites

Que los jóvenes beban menos puede ser una buena noticia. Que el ocio empiece a separarse del alcohol también. Pero Silicon Valley tiene una habilidad especial para tomar una intuición saludable y convertirla en una nueva métrica de rendimiento.

La sobriedad no debería servir para trabajar más horas, sino para vivir mejor. Esa diferencia es enorme. Una cultura que cambia el alcohol por descanso, vínculos reales, salud y tiempo propio probablemente esté avanzando. Una que cambia el alcohol por semanas de 92 horas solo está sustituyendo una forma de exceso por otra más aceptable en LinkedIn.

Al final, la pregunta no es si esta Generación Z tech bebe menos. La pregunta es qué está haciendo con el tiempo, la energía y el cuerpo que recupera al dejar de beber. Y si la respuesta es trabajar hasta el límite para intentar convertirse en el próximo Zuckerberg, Musk o Altman, quizá Silicon Valley no haya superado su vieja cultura de excesos. Solo le quitó la copa de la mano.

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