La idea de comer grillos, larvas o saltamontes continúa provocando rechazo en buena parte de Europa, aunque los insectos forman parte habitual de la alimentación de millones de personas en otros lugares del planeta. Esa diferencia suele explicarse mediante la cultura, pero un nuevo estudio sugiere que la historia es mucho más antigua.
Investigadores del Instituto de Biología Evolutiva, un centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra, han analizado restos de ADN preservados en el sarro dental de humanos antiguos. Los resultados muestran que los neandertales tuvieron una relación mucho más estrecha con los insectos que los primeros Homo sapiens que habitaron Europa.
Según el trabajo publicado en Science Advances, el ADN de insectos encontrado en los neandertales alcanzó una abundancia comparable a la observada en chimpancés occidentales actuales, conocidos por incorporar estos animales a su dieta. En cambio, las muestras de sapiens europeos ofrecieron señales mucho más limitadas.
El sarro dental se ha convertido en un archivo de comidas prehistóricas

La placa bacteriana que se mineraliza sobre los dientes puede conservar durante miles de años fragmentos microscópicos de ADN procedentes de alimentos, microorganismos y materiales que pasaron por la boca. Esa característica permite reconstruir aspectos de la dieta que rara vez dejan huesos o restos reconocibles en los yacimientos.
El equipo examinó 745 muestras de antiguos Homo sapiens de Eurasia, además de material procedente de 18 neandertales, un denisovano y 96 grandes simios actuales. El objetivo no era identificar una comida concreta, sino comparar la abundancia y diversidad de secuencias genéticas pertenecientes a insectos.
De acuerdo con el Instituto de Biología Evolutiva, los sapiens europeos consumieron muchos menos insectos que los neandertales y que las poblaciones humanas de regiones tropicales. El patrón se mantuvo durante miles de años y no parece explicarse únicamente por diferencias recientes en las tradiciones culinarias.
Las pocas secuencias encontradas en algunos sapiens pudieron proceder de una ingesta accidental. Un insecto podía llegar a la boca con el agua, adherido a una planta o mezclado con otros alimentos. Por eso, detectar ADN aislado no demuestra por sí solo un consumo deliberado.
Los neandertales dejaron una señal muy diferente

En las muestras neandertales, la presencia de insectos fue mucho más elevada. Destacaron especialmente los dípteros, el grupo que incluye moscas y mosquitos, aunque el estudio no puede reconstruir con precisión cómo fueron consumidos.
Una posibilidad es que los neandertales ingirieran larvas presentes en carne o restos animales. Otra es que recogieran insectos de manera intencionada como fuente estacional de grasa y proteínas. Los datos indican consumo, pero no permiten convertirlo en una escena concreta ni asegurar que fueran uno de sus alimentos principales.
La comparación con los chimpancés de Nimba, en África occidental, resulta especialmente interesante. Estos primates incluyen insectos en su alimentación y dejaron en su placa dental una señal genética semejante a la de los neandertales. Según los autores, esa coincidencia refuerza la interpretación de que no se trató únicamente de contaminación ambiental.
La diferencia también estaba en los genes

Los investigadores estudiaron además genes relacionados con las quitinasas, enzimas que ayudan a descomponer la quitina. Este material forma la cubierta exterior de insectos, crustáceos y otros artrópodos, y resulta difícil de digerir sin la maquinaria biológica adecuada.
Según el CSIC y la UPF, los genomas neandertales y el ejemplar denisovano analizado poseían variantes mejor adaptadas al procesamiento de la quitina. En las poblaciones de sapiens del norte de Eurasia, en cambio, se extendieron variantes asociadas a una menor capacidad para aprovecharla.
Eso no significa que los europeos actuales estén genéticamente programados para sentir asco ante un grillo. Los genes estudiados afectan principalmente a la digestión, no a una emoción cultural compleja como la repulsión alimentaria.
La conclusión es más interesante: cuando un alimento desaparece de la dieta durante muchas generaciones, la presión para mantener una digestión especialmente eficiente también puede reducirse. Cultura, disponibilidad de recursos y biología terminan influyéndose unas a otras.
Nuestra aversión no está escrita “a fuego” en el ADN
La investigación no demuestra que todos los neandertales fueran consumidores habituales de insectos ni que todos los sapiens los rechazaran. Las muestras son desiguales, proceden de épocas y lugares distintos y el sarro dental no ofrece un registro completo de cada comida.
Tampoco puede trasladarse directamente el comportamiento de poblaciones prehistóricas a las preferencias actuales. Según la FAO, alrededor de 2.000 millones de personas incluyen insectos en su alimentación, especialmente en regiones de Asia, África y América Latina. La entomofagia, por tanto, sigue siendo completamente compatible con la biología humana.
Lo que sí aporta el estudio es una perspectiva temporal mucho más amplia. Los antiguos sapiens del norte de Eurasia ya consumían pocos insectos miles de años antes de que las sociedades europeas modernas convirtieran esa práctica en un tabú.
Los neandertales eligieron (o necesitaron) una estrategia distinta. Sus dientes y sus genes conservan la huella de un menú en el que los insectos tuvieron un papel mucho más importante. Nuestra distancia actual frente a ese alimento probablemente no nació de una sola causa, sino de miles de años de evolución biológica y cultural avanzando en la misma dirección.