Bajo el suelo congelado de Alaska existen microorganismos que quedaron aislados cuando todavía vivían mamuts y bisontes de la Edad de Hielo. Decenas de miles de años después, algunos continúan siendo capaces de recuperar actividad.
Un equipo liderado por la Universidad de Colorado Boulder extrajo muestras del Permafrost Tunnel Research Facility, una instalación excavada cerca de Fairbanks que permite acceder directamente a capas congeladas del Pleistoceno tardío.
Las dataciones revelaron que tres de las muestras profundas tenían aproximadamente 37.900, 41.500 y 42.400 años. Los investigadores las descongelaron bajo condiciones controladas para descubrir cuánto tardarían sus comunidades microbianas en volver a funcionar.
Durante el primer mes casi no ocurrió nada
El experimento intentó reproducir lo que podría suceder si los veranos cada vez más cálidos comenzaran a descongelar capas profundas del permafrost.
Las muestras se mantuvieron en condiciones sin oxígeno a -4, 4 y 12 °C durante periodos de hasta 180 días. Los científicos añadieron además agua enriquecida con deuterio, un isótopo pesado del hidrógeno que permite detectar cuándo los microorganismos comienzan a fabricar nuevos lípidos para sus membranas celulares.
Al principio, el despertar fue extraordinariamente lento.
Durante el primer mes, la renovación celular se situó aproximadamente entre 0,001% y 0,01% por día. En algunos casos, apenas una de cada 100.000 células era reemplazada diariamente.
Pero seis meses después el panorama era completamente diferente.
Las comunidades microbianas habían cambiado radicalmente, determinados grupos comenzaron a dominar las muestras y algunas produjeron biopelículas suficientemente grandes como para observarse a simple vista.

40.000 años congelados no significaban estar muertos
Los resultados muestran que el permafrost profundo no es simplemente un depósito lleno de restos biológicos inertes.
Los microorganismos supervivientes formaron comunidades diferentes de las existentes actualmente cerca de la superficie. Después del deshielo proliferaron géneros adaptados a condiciones extremas, incluidos Cryobacterium, Psychrobacillus y Desulfosporosinus.
Los investigadores hablan de una comunidad microbiana “revenant”, formada después de miles de años de selección bajo oscuridad, frío y escasez de energía.
Eso tampoco significa que estén apareciendo peligrosos patógenos prehistóricos. Tristan Caro, autor principal del trabajo, considera poco probable que estos microorganismos puedan infectar a seres humanos, aunque las muestras se mantuvieron en cámaras selladas como precaución.
El verdadero problema está en el carbono
La preocupación tiene más que ver con el clima que con una posible enfermedad.
El permafrost conserva enormes cantidades de materia orgánica que permanecieron congeladas durante miles de años. Cuando los microorganismos recuperan actividad, pueden comenzar a degradarla y participar en procesos que terminan liberando dióxido de carbono y metano.
El experimento detectó ambos gases, aunque aquí aparece otro matiz importante. Los propios autores advierten que parte de las emisiones iniciales probablemente procedían de gases antiguos que ya estaban atrapados dentro del suelo congelado, y no necesariamente de microorganismos que acababan de producirlos. En el caso del metano, incluso consideran posible que la actividad microbiana durante la primera fase no fuera su fuente principal.
Un día caluroso importa menos que un verano cada vez más largo
Otro resultado inesperado fue que aumentar la temperatura de 4 a 12 °C no aceleró claramente el crecimiento de todas las comunidades.
El tiempo resultó más importante.
Si una capa del permafrost se descongela durante unas semanas y vuelve a congelarse rápidamente, muchos microorganismos profundos podrían no disponer de tiempo suficiente para reactivarse. Pero si la temporada cálida se extiende durante meses, la situación cambia.
Por eso, los investigadores consideran especialmente importante el alargamiento de los veranos árticos.
El hallazgo no significa que todos los microorganismos congelados del planeta vayan a despertar de la misma manera. Las muestras procedían únicamente de una región de Alaska y todavía falta saber qué sucede en Siberia, Canadá y otras enormes extensiones de permafrost.
Pero demuestra algo que durante mucho tiempo permaneció oculto bajo el hielo: 40.000 años de congelación pueden frenar extraordinariamente la vida sin necesariamente acabar con ella.