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Ciencia

Una momia egipcia de hace 2.700 años escondía un ingrediente que los arqueólogos nunca habían logrado identificar. La química moderna acaba de revelar su secreto

Una cabeza momificada de 2.700 años conservaba rastros de una sustancia vegetal que nunca había sido confirmada químicamente en el embalsamamiento egipcio. El hallazgo también ofrece pistas sobre antiguos textos medicinales.
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Los antiguos egipcios desarrollaron técnicas de momificación tan sofisticadas que algunos cuerpos consiguieron conservarse durante miles de años. Sabemos que utilizaban resinas, aceites, grasas animales y sustancias minerales para proteger los restos humanos, pero la composición exacta de muchas de aquellas mezclas todavía encierra secretos. Ahora, un equipo de investigadores alemanes encontró en una cabeza momificada de aproximadamente 2.700 años una pista que había escapado a los análisis anteriores: compuestos químicos relacionados con el aloe, una planta conocida desde la Antigüedad por sus diferentes aplicaciones.

El descubrimiento fue realizado por científicos de la Universidad de Marburgo y publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Según explicó la universidad en su comunicado del 27 de octubre, se trata de la primera evidencia molecular de sustancias derivadas del aloe en materiales utilizados para el embalsamamiento egipcio. El hallazgo también plantea una conexión inesperada con antiguos escritos medicinales que mencionaban esta planta siglos después.

Una cabeza momificada permitió identificar una sustancia que llevaba siglos escondida

Una momia egipcia de hace 2.700 años escondía un ingrediente que los arqueólogos nunca habían logrado identificar. La química moderna acaba de revelar su secreto
Fotografía ilustrativa de restos humanos momificados del antiguo Egipto. Los investigadores utilizan técnicas químicas modernas para identificar sustancias que permitieron conservar cuerpos durante miles de años. © Science Museum, Londres / Wellcome Collection.

Para reconstruir las recetas funerarias del antiguo Egipto, los científicos analizaron 24 objetos conservados en universidades y museos. La colección incluía restos humanos momificados, vendajes, residuos de embalsamamiento y preparados medicinales históricos. Entre ellos se encontraba un cráneo conservado en la colección zoológica de la Universidad de Marburgo, cuya antigüedad fue establecida mediante datación por radiocarbono.

Los resultados situaron el cráneo en el siglo VIII antes de Cristo, hace aproximadamente 2.700 años. Al estudiar los residuos químicos adheridos a sus tejidos, los investigadores identificaron varias moléculas asociadas con plantas del género Aloe. Una de ellas, conocida como aloerresina A, pudo confirmarse mediante su comparación con una sustancia de referencia auténtica.

Como detalla Phys.org, el descubrimiento resulta especialmente significativo porque los análisis anteriores de momias habían identificado resinas de coníferas, pistacho, cera de abejas, aceites vegetales y betún, pero no habían conseguido demostrar químicamente la presencia de aloe.

Sin embargo, hay una limitación importante. Los compuestos asociados con esta planta aparecieron solamente en dos de los 24 objetos examinados. El segundo era un preparado farmacéutico del siglo XVIII, no otra momia egipcia. Por tanto, los resultados no demuestran que el aloe fuera utilizado habitualmente en todos los procesos de momificación. Su presencia pudo depender de la época, la disponibilidad de materiales o prácticas funerarias específicas.

El hallazgo también podría resolver un misterio escondido en antiguos textos medicinales

La investigación no se limitó a los restos arqueológicos. Los especialistas combinaron los análisis químicos con el estudio de 41 fuentes escritas sobre medicina y embalsamamiento, buscando referencias que ayudaran a identificar sustancias utilizadas durante distintas épocas.

Según la profesora Tanja Pommerening, especialista en historia de la farmacia de la Universidad de Marburgo, el aloe aparecía relacionado con materiales procedentes de momias en textos medicinales medievales. Durante mucho tiempo se consideró que aquellas referencias podían basarse en interpretaciones posteriores, cuando los conocimientos originales del embalsamamiento egipcio ya se habían perdido.

Una momia egipcia de hace 2.700 años escondía un ingrediente que los arqueólogos nunca habían logrado identificar. La química moderna acaba de revelar su secreto
Imagen ilustrativa de un antiguo vendaje funerario egipcio. Los tejidos y residuos conservados en las momias permiten reconstruir los materiales utilizados durante los procesos de embalsamamiento. © The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Los nuevos resultados abren otra posibilidad: algunas de esas descripciones podrían conservar información transmitida desde prácticas mucho más antiguas. Los investigadores también revisaron una palabra egipcia cuyo significado exacto continúa siendo discutido y que podría referirse al aloe o a una sustancia obtenida de la planta.

La diferencia importa porque el término histórico «aloe» no siempre designaba al vegetal que conocemos actualmente. En determinados contextos también podía utilizarse para identificar la madera aromática de árboles del género Aquilaria. Las moléculas encontradas en el estudio, en cambio, apuntan específicamente a productos derivados del género botánico Aloe.

Los científicos todavía desconocen qué función cumplía exactamente esta sustancia en las mezclas funerarias. Podría haber formado parte de preparados aromáticos, conservantes o rituales, pero los análisis actuales no permiten establecerlo con seguridad.

El estudio también recuerda lo mucho que queda por aprender sobre los antiguos egipcios. Sus procedimientos funerarios no respondían necesariamente a una única fórmula, sino a combinaciones de materiales que podían variar según la región y el periodo histórico.

La conclusión es fascinante: una pequeña cantidad de residuos conservados durante 27 siglos permitió identificar una sustancia que había pasado inadvertida para generaciones de investigadores. Y esa misma pista química podría ayudar ahora a comprender palabras escritas hace miles de años cuyo significado todavía no conocemos completamente.

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