En la película china La Tierra errante, la humanidad instala motores colosales para sacar el planeta de su órbita y escapar de un Sol moribundo. La imagen es exagerada, sí, pero parte de una pregunta real: ¿podríamos mover la Tierra si algún día necesitáramos alejarla del Sol?
El escenario de fondo no es inmediato. La NASA explica que, dentro de unos 6.000 millones de años, el Sol agotará el combustible de su núcleo y entrará en su fase de gigante roja, hinchándose hasta transformar por completo el Sistema Solar interior. El destino exacto de la Tierra sigue siendo objeto de debate: un estudio publicado en Astronomy & Astrophysics sostiene que su supervivencia dependerá de un equilibrio delicado entre mareas gravitatorias y pérdida de masa solar, y que el resultado no está cerrado.
Pero dejemos la incertidumbre a un lado. Supongamos que queremos ser prudentes y mover la Tierra hasta una órbita un 50% más alejada del Sol, parecida a la de Marte. La física lo permite. La ingeniería, en cambio, nos mira con cara de “ni lo sueñes”.
Los cohetes no sirven para empujar un planeta
La humanidad ya ha cambiado órbitas. La NASA lo demostró con DART, cuando una nave impactó contra Dimorphos y acortó su órbita alrededor de Didymos en 32 minutos. Fue la primera prueba real de desvío de un asteroide mediante impacto cinético.
El problema es que un asteroide no es la Tierra. Como explica Matteo Ceriotti, ingeniero de sistemas espaciales de la Universidad de Glasgow, en un artículo de The Conversation republicado por Times of Malta, cualquier nave que despega ya le da a nuestro planeta un empujón minúsculo en sentido contrario, como el retroceso de un arma. El efecto existe, pero es ridículamente pequeño.
Según los cálculos de Ceriotti, usar cohetes químicos sería una locura de escala planetaria. Harían falta unos 300 billion billion lanzamientos de Falcon Heavy a plena capacidad para llevar la órbita terrestre hasta una distancia comparable a la de Marte. Y el material necesario para fabricar todos esos cohetes equivaldría al 85% de la masa de la Tierra. Dicho de forma simple: empujaríamos el planeta desmontándolo casi por completo.
Un motor iónico gigante tampoco arregla mucho

La opción elegante sería usar propulsión eléctrica. Los motores iónicos aceleran partículas cargadas y son mucho más eficientes que los cohetes convencionales. En una versión absurda pero físicamente imaginable, podríamos colocar un propulsor a unos 1.000 kilómetros de altura, fuera de la atmósfera, conectado a la Tierra mediante una estructura rígida capaz de transmitir el empuje.
El cálculo vuelve a ser demoledor. Ceriotti estima que, incluso expulsando iones a 40 kilómetros por segundo en la dirección adecuada, habría que lanzar al espacio el equivalente al 13% de la masa terrestre para mover el 87% restante hasta la nueva órbita. Más eficiente que los cohetes, sí. Pero no exactamente una solución cómoda.
También podríamos intentar empujar con luz. La luz no tiene masa, pero sí momento: puede ejercer presión. Esa es la base de las velas solares. Según el mismo análisis, un láser de 100 gigavatios como el imaginado para Breakthrough Starshot tardaría tres billion billion años de funcionamiento continuo en cambiar la órbita terrestre. Otra posibilidad sería reflejar luz solar con una vela cerca de la Tierra, pero haría falta un disco reflectante 19 veces mayor que el diámetro de nuestro planeta para lograr el cambio en unos mil millones de años.
La opción menos absurda: usar asteroides
La alternativa más interesante no consiste en empujar la Tierra directamente, sino en aprovechar encuentros gravitatorios. Las sondas interplanetarias llevan décadas usando esta técnica. Rosetta, por ejemplo, pasó cerca de la Tierra en 2005 y 2007 para ganar velocidad en su viaje hacia el cometa 67P, según recuerda el análisis republicado por Times of Malta.
La idea aplicada a escala planetaria sería organizar pasos cercanos de asteroides o cometas. Cada sobrevuelo transferiría una cantidad diminuta de momento a la Tierra. Uno solo no serviría de nada. Pero muchos, diseñados con precisión durante tiempos enormes, podrían modificar lentamente nuestra órbita.
Aquí aparece el concepto de Δv leveraging: alterar un poco la trayectoria de un cuerpo pequeño para que, al pasar cerca de la Tierra, entregue un impulso gravitatorio mucho mayor. Ceriotti calcula que harían falta alrededor de un millón de sobrevuelos de asteroides, espaciados cada pocos miles de años, para seguir el ritmo de expansión del Sol.
Es la opción menos imposible, pero también la más inquietante. Un error de cálculo en una cadena de sobrevuelos de asteroides no sería un problema administrativo. Sería una catástrofe.
La solución quizá no sea mover la Tierra
La conclusión es incómoda: cambiar la órbita terrestre no viola ninguna ley física, pero exige una civilización capaz de manipular asteroides durante millones o miles de millones de años, construir estructuras espaciales gigantescas o manejar cantidades absurdas de energía.
Y, aun así, puede que no sea la mejor opción. La NASA recuerda que la humanidad ya ha aterrizado varias veces en Marte y ha operado rovers en su superficie, algo que convierte al planeta rojo en un destino mucho más realista que una Tierra empujada lentamente por el Sistema Solar.
La Tierra errante funciona muy bien como imagen épica. Pero si alguna civilización futura llega a tener la tecnología necesaria para mover un planeta entero, probablemente también tendrá una solución más simple: no arrastrar la cuna por el cosmos, sino aprender a vivir fuera de ella.