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Ciencia

No era plástico lo que salía de aquella impresora 3D, sino células humanas vivas formando una córnea. El experimento tardó menos de 10 minutos y abrió una puerta enorme para los trasplantes

Investigadores de la Universidad de Newcastle consiguieron que una mezcla de células humanas, colágeno y alginato atravesara una impresora 3D y mantuviera después la forma de una córnea. Aquella prueba de concepto ocurrió en 2018. Lo interesante es lo que ha sucedido desde entonces: la idea de imprimir tejidos para devolver la vista ya ha llegado incluso a los primeros pacientes.
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Estamos acostumbrados a que una impresora 3D escupa plástico caliente hasta convertir un archivo digital en una pieza que podemos sostener con la mano. En un laboratorio de la Universidad de Newcastle decidieron sustituir aquel plástico por algo bastante más delicado: células humanas vivas.

La máquina comenzó a depositar el material en círculos concéntricos. Una capa, después otra. En menos de diez minutos apareció sobre la superficie una estructura curva con las dimensiones de una córnea humana. Y lo más importante no era que se pareciera a ella. Las células seguían vivas después de haber pasado por la impresora.

El experimento se publicó en Experimental Eye Research en 2018 y fue presentado como una prueba de concepto de bioimpresión del estroma corneal. No era todavía una córnea completa preparada para un trasplante, pero sí resolvía uno de los problemas fundamentales para intentar construirla algún día: imprimir una estructura biológica manteniendo vivas las células que contiene.

El gran descubrimiento no fue la impresora. Fue conseguir una tinta que estuviera viva

No era plástico lo que salía de aquella impresora 3D, sino células humanas vivas formando una córnea. El experimento tardó menos de 10 minutos y abrió una puerta enorme para los trasplantes
© Universidad de Newcastle.

El equipo formado por Abigail Isaacson, Stephen Swioklo y Che Connon mezcló células del estroma procedentes de una córnea humana sana con colágeno y alginato. El resultado era una “biotinta”, pero encontrar la consistencia adecuada tenía algo de juego de equilibrio.

Si el gel era demasiado líquido, la estructura perdería su forma nada más salir de la boquilla. Si era demasiado rígido, la presión necesaria para imprimirlo podía comprometer las células. Necesitaban algo suficientemente blando para ser extruido y, al mismo tiempo, suficientemente estable para mantener la curvatura de la córnea una vez depositado.

Lo consiguieron con una bioimpresora relativamente sencilla y de bajo coste. Las células mostraron una viabilidad superior al 90% al día siguiente de la impresión y de alrededor del 83% una semana después, según los resultados publicados por el equipo.

Es una diferencia enorme respecto a imprimir simplemente una prótesis con forma de córnea. Aquí el material de construcción estaba vivo.

También podían cambiar sus dimensiones para adaptarla a un ojo concreto

No era plástico lo que salía de aquella impresora 3D, sino células humanas vivas formando una córnea. El experimento tardó menos de 10 minutos y abrió una puerta enorme para los trasplantes
© Universidad de Newcastle.

La córnea es la capa transparente situada en la parte frontal del ojo y desempeña un papel esencial a la hora de enfocar la luz. Su geometría importa, por lo que fabricar una sustituta no consiste simplemente en imprimir un disco transparente con un tamaño estándar.

Por eso el equipo fue un paso más allá. Utilizó las dimensiones obtenidas de una córnea humana para generar el modelo digital que guiaba a la impresora y mostró que la técnica podía trabajar con coordenadas derivadas de un ojo concreto. La idea que aparecía detrás era especialmente poderosa: escanear el ojo de un paciente y fabricar una estructura ajustada a sus propias medidas.

Había además una necesidad médica evidente. Los trasplantes corneales dependen del tejido de donantes y la escasez de ese tejido ha sido uno de los grandes motores de la investigación en córneas artificiales y bioimpresas. Revisiones recientes continúan señalando precisamente la falta de donantes como una de las razones para desarrollar alternativas mediante ingeniería de tejidos.

Pero Newcastle había imprimido un equivalente del estroma, no todos los componentes de una córnea humana funcional. Faltaban propiedades ópticas, mecánicas y biológicas esenciales, además de demostrar que el tejido podía sobrevivir, integrarse y funcionar de manera segura dentro de un ojo. Los propios investigadores advertían entonces de que todavía quedaban años de pruebas antes de pensar en trasplantes.

Ocho años después, la idea de imprimir tejido corneal ya ha llegado a un paciente

No era plástico lo que salía de aquella impresora 3D, sino células humanas vivas formando una córnea. El experimento tardó menos de 10 minutos y abrió una puerta enorme para los trasplantes
© Universidad de Newcastle.

Y aquí es donde aquella escena de laboratorio resulta mucho más interesante vista desde 2026.

La investigación en bioimpresión corneal no se detuvo. Durante estos años se han desarrollado nuevas biotintas, estrategias multimaterial, estructuras más complejas y métodos destinados a reproducir cada vez mejor la organización y las propiedades de una córnea natural. Una revisión publicada en 2026 señala precisamente la personalización geométrica, los biomateriales avanzados y la incorporación de células vivas como algunos de los principales caminos de esta tecnología.

Y en octubre de 2025 se produjo un salto que en 2018 todavía pertenecía al futuro. Precise Bio implantó en Israel PB-001, un tejido corneal bioimpreso en 3D fabricado a partir de células endoteliales humanas cultivadas, dentro de un ensayo clínico de fase 1. La compañía lo presentó como el primer trasplante de un implante corneal funcional y celular producido mediante bioimpresión 3D. El ensayo está diseñado para evaluar inicialmente su seguridad y tolerabilidad en entre 10 y 15 pacientes.

No es la misma córnea desarrollada por Newcastle ni significa que podamos imprimir ojos completos bajo demanda. Pero sirve para medir lo rápido que ha cambiado el terreno: en 2018 el desafío era demostrar que unas células humanas podían atravesar una impresora, adoptar la forma de una córnea y continuar vivas. Siete años después, otro sistema de bioimpresión ya había entrado en un quirófano con un paciente real.

La impresora de Newcastle necesitó menos de diez minutos para fabricar aquella estructura. La medicina necesitó bastante más para recorrer el camino siguiente. Y, por primera vez, ese camino ya ha empezado a salir del laboratorio.

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