Para algunos niños, las matemáticas no son simplemente una asignatura difícil. Operaciones que otros aprenden con relativa facilidad pueden convertirse en un obstáculo persistente incluso con práctica y enseñanza.
Una de las explicaciones es la discalculia del desarrollo, una dificultad específica del aprendizaje relacionada con los números y el razonamiento matemático.
Ahora, un equipo de Stanford ha investigado qué ocurre cuando estos niños intentan resolver problemas y cómo se comporta su cerebro durante ese proceso. El trabajo, encabezado por Oliver Lasnick, analiza no solo si los niños llegan o no a la respuesta correcta, sino también cómo eligen una estrategia y cuándo deciden cambiarla.
No es solo equivocarse: también cuesta elegir la mejor estrategia
El estudio analizó a 68 niños de entre 8 y 10 años.
Los investigadores observaron que los niños con discalculia eran menos eficientes al utilizar distintas estrategias matemáticas. En concreto, tardaban más tiempo en cambiar de método cuando una estrategia dejaba de ser útil y eran menos sensibles a los cambios en la dificultad de los problemas.
Con la práctica, los niños sin discalculia tendían a seleccionar progresivamente estrategias más adecuadas para cada problema. En los niños con discalculia, esa mejora era mucho menor o no aparecía de la misma manera.
Esto sugiere que la dificultad no estaría únicamente en “saber matemáticas”, sino también en supervisar el propio razonamiento y adaptar la estrategia mientras se resuelve un problema.

El cerebro también mostraba diferencias
Los investigadores analizaron además la actividad cerebral de los participantes.
Encontraron diferencias en un sistema cerebral relacionado con funciones como el control de la atención, la memoria de trabajo y la selección de estrategias.
Según el equipo, los patrones de actividad de ese sistema permitían distinguir a los niños con discalculia de aquellos que manejaban con mayor eficacia las estrategias matemáticas. Incluso mostraban relación con capacidades concretas, como contar o cambiar de estrategia durante una tarea.
Esto resulta importante porque apunta a que la discalculia no depende de un único “centro matemático” del cerebro.
Más bien, podría involucrar varios procesos cognitivos que trabajan juntos.
La discalculia no se presenta igual en todos los niños
Uno de los puntos que destacan los autores es la variabilidad individual.
Dos niños con dificultades matemáticas pueden fallar por razones distintas. Uno puede presentar problemas para recuperar resultados conocidos de la memoria, mientras otro puede tener dificultades para mantener información activa, controlar su atención o decidir cuándo abandonar una estrategia que no funciona.
Los investigadores consideran que esa diversidad ayuda a explicar por qué no existe un único perfil de discalculia.

Esto podría cambiar la forma de ayudar a estos niños
Comprender qué mecanismos están detrás de las dificultades matemáticas puede tener implicaciones educativas.
Si un niño tiene problemas principalmente para cambiar de estrategia, por ejemplo, simplemente darle más ejercicios del mismo tipo podría no ser suficiente. En cambio, las intervenciones podrían enseñar explícitamente a comparar métodos, reconocer cuándo una estrategia no funciona y elegir otra alternativa.
El laboratorio de Stanford que participa en esta línea de investigación también estudia intervenciones dirigidas a mejorar habilidades numéricas y cognitivas en niños con dificultades matemáticas.
Una explicación más compleja que “ser malo en matemáticas”
La principal conclusión del trabajo es que la discalculia parece implicar una combinación de procesos.
Las dificultades persistentes pueden estar relacionadas con el cálculo, pero también con la atención, la memoria, la adaptación de estrategias y el control del propio pensamiento.
Eso aleja la discusión de una explicación simplista basada en la capacidad general del niño.
El nuevo estudio sugiere algo diferente: para entender por qué algunos niños tienen tantas dificultades con las matemáticas, no basta con observar si responden bien o mal. Hay que mirar qué estrategia utilizan, cómo la cambian y qué ocurre en el cerebro mientras intentan resolver el problema.