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Ciencia

No se trata de elogiar más a los niños, sino de elogiar mejor: esto es lo que recomienda la ciencia

Decirle constantemente a un niño que es “muy inteligente” o “el mejor” parece una forma evidente de fortalecer su autoestima. Sin embargo, décadas de investigación sugieren algo más complejo: la seguridad personal depende mucho del entorno afectivo y, cuando elogiamos, puede resultar más útil destacar el esfuerzo y las estrategias que etiquetar al niño.
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Durante años, una idea se instaló con fuerza en la crianza: cuantos más elogios recibe un niño, mayor será su autoestima. Un dibujo merece un “eres un artista”, una buena nota un “eres muy inteligente” y prácticamente cualquier pequeño logro debe convertirse en una celebración.

Pero la investigación psicológica dibuja un panorama bastante menos sencillo.

Los elogios pueden ser positivos, pero no parecen funcionar como una especie de combustible que podamos añadir indefinidamente para fabricar autoestima. El ambiente en el que crece el niño y, sobre todo, la manera en que recibe reconocimiento parecen importar mucho más.

Un estudio siguió a 8.711 personas hasta los 27 años

Una de las investigaciones más extensas sobre el origen de la autoestima fue realizada por el psicólogo Ulrich Orth.

El trabajo utilizó datos de 8.711 participantes de Estados Unidos. Durante sus primeros seis años de vida se registraron características como la calidad de la crianza, la estimulación cognitiva, el ambiente físico del hogar, la relación entre los padres, la depresión materna y la situación económica. Después, su autoestima fue evaluada periódicamente desde los 8 hasta los 27 años.

El resultado fue significativo: la calidad general del entorno familiar durante la primera infancia predecía diferencias posteriores en autoestima, aunque la influencia disminuía conforme las personas crecían.

No apareció, por tanto, un único botón psicológico que los padres pudieran pulsar. Lo importante parecía ser todo el ecosistema en el que crecía el niño.

No se trata de elogiar más a los niños, sino de elogiar mejor: esto es lo que recomienda la ciencia
© Magnific

El afecto importa, pero no es lo mismo que elogiar

Otro estudio siguió a 674 familias desde que los hijos tenían 10 años hasta los 16. Entre las variables estudiadas aparecían la calidez parental, la hostilidad, la supervisión y otros elementos de la dinámica familiar.

La calidez parental mostró una relación positiva con la autoestima posterior.

Pero calidez no significa repetir “eres increíble” diez veces al día. Incluye mostrar afecto, escuchar, aceptar, apoyar y responder a las necesidades del niño.

Además, la relación funciona parcialmente en ambas direcciones: la autoestima del propio adolescente también puede influir en cómo evoluciona la relación con sus padres. La crianza no es un proceso unilateral en el que los adultos simplemente “construyen” la personalidad del niño.

“Eres muy inteligente” no es igual que “trabajaste mucho para conseguirlo”

Donde el asunto se vuelve especialmente interesante es en qué elogiamos exactamente.

Un conocido estudio grabó interacciones cotidianas entre padres y niños cuando estos tenían entre 14 y 38 meses. Cinco años después, los investigadores analizaron sus creencias sobre el aprendizaje y la capacidad.

Los niños que habían recibido proporcionalmente más elogios centrados en el proceso —el esfuerzo, las decisiones o estrategias— mostraron posteriormente una visión más flexible de sus propias capacidades.

Es la diferencia entre decir: “Qué bien pensaste otra manera de hacerlo” y: “Eres muy inteligente”.

El segundo mensaje convierte el éxito en una característica de la identidad. Y eso puede tener una consecuencia inesperada: cuando llegue un fracaso, el niño podría interpretar que, si no pudo resolverlo, quizá ya no sea tan inteligente como creía.

No se trata de elogiar más a los niños, sino de elogiar mejor: esto es lo que recomienda la ciencia
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La conclusión no es dejar de elogiar a los niños

La evidencia tampoco dice que felicitar a nuestros hijos sea perjudicial o que debamos convertirnos en padres emocionalmente inexpresivos.

La idea es bastante más sutil.

El reconocimiento parece funcionar mejor cuando acompaña al aprendizaje en lugar de definir al niño. Valorar la perseverancia, una estrategia concreta, la curiosidad o cómo afrontó una dificultad puede ayudarle a entender que sus capacidades pueden desarrollarse.

Al final, construir autoestima parece depender menos de escuchar constantemente “eres extraordinario” y mucho más de crecer sintiendo algo más profundo: “te quiero, te apoyo y confío en que puedes seguir aprendiendo, incluso cuando las cosas no te salen bien”.

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