La comparación entre perros y gatos lleva décadas alimentando discusiones, memes y rivalidades domésticas. Los perros suelen ser vistos como obedientes, sociables y fáciles de entrenar, mientras que los gatos tienen fama de independientes, impredecibles y bastante menos interesados en seguir órdenes. Sin embargo, cuando la ciencia intenta responder cuál de los dos es realmente más inteligente, la cuestión deja de ser tan sencilla, porque la inteligencia animal no puede reducirse únicamente a aprender trucos o hacer lo que una persona pide.
Para estudiarla hay que tener en cuenta capacidades como la memoria, la comunicación, la adaptación, la resolución de problemas y la forma en que cada especie utiliza la información que recibe del entorno. Cuando se observan todas esas variables, perros y gatos muestran habilidades muy diferentes, en buena medida porque su evolución los preparó para resolver problemas distintos.
Los perros tienen más neuronas, pero eso no basta para declarar un ganador
Uno de los datos que más suele utilizarse en esta comparación procede de las investigaciones de la neurocientífica Suzana Herculano-Houzel, que analizaron el número de neuronas presentes en la corteza cerebral de diferentes mamíferos. Sus resultados estimaron alrededor de 530 millones de neuronas corticales en los perros, frente a aproximadamente 250 millones en los gatos, una diferencia importante si se tiene en cuenta que esta zona del cerebro interviene en procesos relacionados con la toma de decisiones, el procesamiento de información y ciertos comportamientos complejos.
A primera vista, esa diferencia podría sugerir que los perros son claramente más inteligentes, pero los especialistas advierten que contar neuronas no permite describir por completo las capacidades cognitivas de un animal. La organización del cerebro, el ambiente en el que evolucionó cada especie y el tipo de problemas que necesitó resolver también desempeñan un papel fundamental.

En el caso de los perros, miles de años de convivencia con los humanos favorecieron una inteligencia especialmente orientada hacia la cooperación y la comunicación social. Son capaces de seguir una mirada, interpretar gestos, reconocer palabras y relacionar sonidos con objetos o acciones, mientras que algunos ejemplares particularmente entrenados pueden aprender cientos de nombres diferentes.
Además, cuando se encuentran frente a un problema que no consiguen resolver solos, suelen mirar hacia una persona y buscar ayuda. Lejos de representar una falta de inteligencia, ese comportamiento muestra precisamente una estrategia cognitiva muy sofisticada: el perro ha aprendido que los humanos pueden formar parte de la solución y utiliza esa relación a su favor.
Los gatos desarrollaron una inteligencia mucho más independiente
Los gatos siguieron una historia evolutiva distinta. Sus antepasados eran cazadores considerablemente más solitarios, por lo que dependían menos de la cooperación grupal y necesitaban resolver numerosos problemas por sí mismos. Esa diferencia continúa siendo visible en su comportamiento actual y explica por qué muchas veces parecen menos interesados que los perros en participar en experimentos o seguir instrucciones humanas.
Los estudios han demostrado que los gatos pueden interpretar determinadas señales, reconocer voces y asociar palabras con situaciones concretas, pero su menor disposición a colaborar complica las comparaciones directas. Si un gato abandona una prueba o deja de responder, no necesariamente significa que no haya comprendido lo que ocurre; en algunos casos, simplemente ha perdido el interés o no encuentra una recompensa suficiente para continuar.
También pueden mostrar una gran persistencia al enfrentarse a obstáculos y suelen intentar resolver determinados problemas por cuenta propia antes de recurrir a una persona. Esa tendencia encaja con una inteligencia basada en la autonomía, la exploración y la capacidad de adaptarse sin depender constantemente de otros individuos.

Entonces, ¿quién es realmente más inteligente?
La respuesta depende de qué característica decidamos utilizar como medida. Si valoramos la capacidad de entrenamiento, la cooperación social, la comprensión de gestos humanos y el número de neuronas corticales, los perros parecen tener una ventaja importante. Si, en cambio, prestamos más atención a la independencia, la persistencia y la resolución autónoma de problemas, los gatos muestran capacidades que pueden resultar igualmente complejas.
Por eso, desde el punto de vista científico, establecer un ganador absoluto resulta poco útil. Perros y gatos no son versiones más o menos inteligentes del mismo animal, sino especies que desarrollaron estrategias cognitivas diferentes para sobrevivir y relacionarse con su entorno.
En definitiva, la pregunta quizá no debería ser cuál de los dos es más inteligente, sino para qué tipo de problema está mejor preparado cada uno, porque un perro y un gato pueden demostrar inteligencia de maneras completamente distintas sin que una tenga que ser necesariamente superior a la otra.