Los centros de datos necesitan cantidades gigantescas de electricidad, agua y terreno. SpaceX tiene una solución radical: dejar de construirlos en la Tierra.
En enero, la compañía solicitó a la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos autorización para operar una constelación de hasta un millón de satélites dedicados a computación orbital, distribuidos entre 500 y 2.000 kilómetros de altura. La FCC aceptó formalmente la solicitud para su estudio en febrero.
La idea es aprovechar enormes paneles solares, comunicaciones ópticas entre satélites y el entorno espacial para construir infraestructura de IA a una escala difícil de imaginar actualmente. Amazon y Blue Origin exploran también centros de datos orbitales, formando parte de una carrera que promete trasladar fuera del planeta una parte del coste energético de la inteligencia artificial.
Hay una complicación: sacar la contaminación del suelo no significa necesariamente sacarla del planeta.
El millón de satélites tendría que atravesar la atmósfera dos veces

Cada centro de datos orbital comienza con un cohete. El problema de los lanzamientos no es únicamente el CO₂. Los motores pueden generar carbono negro, partículas capaces de absorber radiación solar y calentar las capas superiores de la atmósfera. Allí no existe la lluvia que elimina rápidamente buena parte de la contaminación cerca del suelo, por lo que algunos compuestos pueden permanecer durante años. Y después está el camino contrario.
Los satélites en órbita baja tienen una vida limitada y finalmente deben reentrar en la atmósfera. Durante ese descenso, buena parte de su estructura se vaporiza. Eso significa aluminio, componentes electrónicos y otros materiales convirtiéndose en partículas a gran altitud.
Un estudio publicado en Journal of Geophysical Research: Atmospheres ya ha modelado qué ocurriría con el aluminio liberado durante las reentradas, precisamente porque las futuras megaconstelaciones pueden convertir una fuente actualmente pequeña en una entrada continua de material antropogénico en la atmósfera.
El aluminio no desaparece cuando vemos arder un satélite

Una parte importante de los satélites está fabricada con aluminio. Al vaporizarse durante la reentrada puede terminar formando óxidos de aluminio, partículas capaces de participar en reacciones químicas relacionadas con la destrucción del ozono.
El problema no es que un único Starlink caiga del cielo. Es la escala.
SpaceX plantea hasta un millón de unidades para su sistema orbital de datos. Si además la electrónica continúa renovándose cada pocos años, una infraestructura semejante implicaría una corriente permanente de satélites nuevos subiendo mientras los antiguos vuelven a atravesar la atmósfera. Los investigadores advierten que todavía desconocemos los umbrales a partir de los cuales esa acumulación podría producir cambios significativos.
Por eso Aaron Boley, investigador de sostenibilidad espacial de la Universidad de Columbia Británica, plantea una cuestión sencilla: antes de desplegar semejante cantidad de hardware, necesitamos entender qué ocurre cuando la atmósfera superior empieza a recibir materiales artificiales de manera industrial.
Y hay otro problema esperando arriba: quizá dejemos de ver bien el cielo
La atmósfera no es la única afectada. El Observatorio Europeo Austral analizó en 2026 las constelaciones actualmente propuestas y contabilizó planes que, combinados, superarían los 1,7 millones de objetos. Su conclusión fue contundente: semejante población produciría consecuencias devastadoras para la astronomía óptica desde tierra.
El estudio considera que mantenerse por debajo de unos 100.000 satélites suficientemente débiles sería necesario para preservar muchas observaciones astronómicas modernas. Un millón cambia por completo esa escala.
Nada de esto significa que SpaceX vaya a recibir autorización mañana para desplegar un millón de centros de datos. La solicitud ante la FCC es precisamente eso: una solicitud, no una constelación aprobada ni construida. Pero la propuesta plantea una paradoja difícil de ignorar.
Queremos trasladar los centros de datos al espacio porque alimentar y refrigerar la IA en la Tierra empieza a resultar demasiado costoso ambientalmente. Si la solución requiere decenas de miles de lanzamientos y un flujo constante de toneladas de hardware atravesando la atmósfera, podríamos terminar haciendo algo mucho más extraño: resolver un problema ambiental donde vivimos trasladándolo a una parte del planeta que todavía apenas sabemos cómo alterar sin consecuencias.