No solo somos lo que comemos
La comida puede reflejar identidad, cultura y valores. Elegir productos ecológicos, alimentos tradicionales, carne vegetal o determinadas cadenas de restaurantes no depende únicamente del sabor y del precio. En algunos casos, también puede expresar cómo una persona interpreta el mundo.
Una investigación publicada en 2025 quiso comprobar la hipótesis inversa: no solo “somos lo que comemos”, sino que también “comemos lo que somos”. Es decir, nuestras creencias podrían modificar la manera en que percibimos un alimento, incluso cuando sus ingredientes permanecen exactamente iguales.
Los investigadores Alejandro Magallares y Cristian Catena-Fernández, de la UNED, analizaron si los mensajes políticos asociados con diferentes marcas afectaban a la percepción de su sabor y salubridad.

Tres marcas para representar izquierda, derecha y neutralidad
El experimento contó con 455 estudiantes de Psicología, de los cuales el 71% eran mujeres. Cada participante leyó una noticia breve y ficticia sobre una empresa alimentaria.
Papa John’s aparecía relacionada con valores conservadores; Ben & Jerry’s, con posiciones progresistas; y Hershey’s se presentaba como una marca políticamente neutral. Después, los participantes evaluaron los productos, su posible riesgo para la salud, su atractivo y el asco que les generaban.
Los investigadores también tuvieron en cuenta si los voluntarios conocían previamente las marcas o habían consumido sus productos. El objetivo era aislar, en la medida de lo posible, el efecto del posicionamiento ideológico.
El rechazo político se convirtió en rechazo alimentario
Los participantes de izquierdas percibieron la marca asociada con valores de derechas como menos saludable y más desagradable que las marcas progresista y neutral. El análisis indicó que el asco actuaba como intermediario entre la incompatibilidad política y la evaluación negativa del producto.
No significa necesariamente que las pizzas fueran consideradas objetivamente peores. La asociación ideológica parecía provocar una reacción emocional que después contaminaba la percepción de su calidad, sabor y riesgo para la salud.
Entre los participantes de derechas, en cambio, no se observaron efectos estadísticamente significativos frente a la marca progresista. El estudio ofrece, por tanto, un respaldo parcial —no simétrico— a la idea de que las personas pueden juzgar la comida según su identidad política.
Papa John’s y Ben & Jerry’s muestran el riesgo real
La selección de las marcas no fue casual. John Schnatter, fundador de Papa John’s, criticó en 2017 las protestas de jugadores de la NFL que se arrodillaban durante el himno estadounidense. Más tarde dejó la presidencia de la empresa tras otra polémica relacionada con el uso de un insulto racista. La cadena registró después caídas en ventas, aunque no pueden atribuirse exclusivamente a una única controversia.
Ben & Jerry’s lleva décadas defendiendo causas progresistas. Esa identidad también generó conflictos con su propietaria, especialmente por sus posicionamientos sobre Gaza. En septiembre de 2025, el cofundador Jerry Greenfield abandonó su función como embajador de la marca al afirmar que la empresa había perdido independencia para expresarse políticamente.

Politizar una marca puede tener un precio
Los resultados no demuestran que cualquier postura política provoque automáticamente una caída de ventas. El experimento utilizó noticias ficticias, no incluyó degustaciones reales y se realizó con una muestra muy concreta de estudiantes, mayoritariamente mujeres.
Sin embargo, muestra un mecanismo relevante: cuando una empresa adopta una identidad política, parte del público puede trasladar el rechazo ideológico al producto. Una pizza puede parecer menos saludable y un helado menos apetecible sin que haya cambiado su receta.
Tomar partido puede fortalecer la relación con consumidores afines, pero también convierte cada compra en una declaración. En una sociedad polarizada, incluso el sabor puede dejar de ser neutral.