Joël Lapointe no estaba buscando un meteorito ni participaba en una investigación científica. En 2024, este astrónomo aficionado de Quebec utilizaba Google Maps para preparar una ruta de acampada por la remota región de Côte-Nord, en Canadá, cuando una forma casi circular alrededor del lago Marsal le hizo detenerse.
La depresión parecía demasiado grande y regular para ser un accidente cualquiera del paisaje. Se extendía durante decenas de kilómetros, estaba rodeada por elevaciones y presentaba una especie de anillo en su interior. Lapointe sospechó que podía tratarse de un cráter de impacto, pero aquella estructura no aparecía en las bases de datos que consultó.
Su observación terminó llegando a especialistas en impactos planetarios. Dos años después, el programa de la próxima Reunión Anual de la Sociedad Meteorítica ya la presenta como Uhackatik, una nueva estructura de impacto de aproximadamente 25 kilómetros de diámetro y unos 390 millones de años de antigüedad. El nombre fue elegido en consulta con el Consejo Innu de Ekuanitshit, ya que el lugar se encuentra dentro de su territorio tradicional.
La forma circular llamó la atención, pero Google Maps no podía demostrar nada
Encontrar un círculo en una imagen satelital no basta para anunciar el descubrimiento de un cráter. Volcanes, procesos de erosión, movimientos tectónicos y otras estructuras geológicas pueden producir formas parecidas. La confirmación requiere localizar en las rocas transformaciones que solo aparecen durante impactos a velocidades extremas.
Las primeras investigaciones se presentaron en 2024, cuando los geofísicos Pierre Rochette y Jérôme Gattacceca describieron el lago Marsal como un candidato serio. Las imágenes mostraban entonces una depresión circular de al menos 15 kilómetros, con desniveles de entre 200 y 300 metros y un anillo interior de unos ocho kilómetros. También había rocas que podían corresponder a material fundido por un impacto, pero todavía faltaban pruebas concluyentes.
En 2025, un equipo dirigido por Gordon Osinski, geólogo planetario de la Universidad Western de Canadá, viajó hasta la zona. Llegar no fue sencillo: el hidroavión no pudo acercarse directamente a la orilla y los investigadores tuvieron que avanzar por aguas poco profundas, terreno irregular y vegetación muy densa.
Aquella expedición cambió el escenario. Según explicó Osinski a Space.com, el equipo encontró efectos de metamorfismo de choque, grandes afloramientos de roca fundida y conos de fragmentación (fracturas con forma de abanico producidas cuando una onda de choque atraviesa la roca). Son precisamente el tipo de evidencias que permiten distinguir un impacto real de una simple formación circular.
El impacto dejó una capa de roca fundida de hasta 50 metros

El resumen científico que será presentado el 14 de agosto de 2026 en Frankfurt afirma que Uhackatik conserva aproximadamente 50 metros de rocas fundidas por el impacto. El dato resulta especialmente llamativo porque este material suele ser una de las primeras partes de un cráter en desaparecer por la erosión.
Cuando un asteroide suficientemente grande golpea la Tierra a varios kilómetros por segundo, la energía liberada comprime, fractura y calienta la corteza en cuestión de segundos. Una parte de la roca puede fundirse completamente antes de enfriarse y cristalizar de nuevo, adquiriendo una apariencia que a veces se confunde con la de las rocas volcánicas.
Eso parece haber ocurrido en Uhackatik hace unos 390 millones de años, durante el Devónico. La estructura que observamos ahora no sería el agujero original intacto, sino la raíz profundamente erosionada de un cráter mucho más espectacular. Los bosques, lagos y relieves actuales han borrado gran parte de su forma, pero no lograron eliminar todas las huellas microscópicas y estructurales del impacto.
Los investigadores continúan analizando las muestras para localizar deformaciones en minerales como el cuarzo y estudiar la composición química de las rocas fundidas. Aunque el equipo considera confirmado su origen por impacto y ya ha presentado esa conclusión en el programa oficial, los resultados completos todavía no se han publicado en una revista científica revisada por pares.
La Tierra todavía puede esconder cráteres enormes a plena vista
Nuestro planeta recibe impactos desde su formación, pero conserva muy mal sus cicatrices. La erosión, la vegetación, los océanos, la actividad volcánica y la tectónica de placas destruyen o entierran gradualmente los cráteres, algo que no ocurre con la misma intensidad en la Luna.
Uhackatik resulta valioso precisamente por su tamaño y antigüedad. Según Osinski, uno de sus mejores equivalentes terrestres es Kamestastin (también conocido como Mistastin), otro cráter canadiense utilizado para entrenar astronautas del programa Artemis debido a sus similitudes geológicas con algunas regiones lunares.
La historia también demuestra que las herramientas digitales no sustituyen al trabajo de campo, pero pueden indicar dónde mirar. Lapointe solo vio una forma extraña en una pantalla; fueron las muestras, los acantilados de roca fundida y los conos de fragmentación los que revelaron lo sucedido.
Aun así, nada habría comenzado sin aquella observación casual. Un viaje que todavía no había empezado terminó encontrando una cicatriz de la Tierra que había sobrevivido durante 390 millones de años, esperando a que alguien ampliara lo suficiente el mapa.