Una campaña científica dedicada a estudiar los recursos pesqueros del Mediterráneo ha terminado con un inesperado hallazgo arqueológico. El buque oceanográfico Miguel Oliver recuperó accidentalmente unas 26 ánforas romanas y 17 cajas de fragmentos cerámicos mientras realizaba un lance al sur de Formentera.
Lo excepcional no es únicamente la cantidad de piezas, sino el lugar del que proceden: un yacimiento situado a unos 1.400 metros de profundidad, una cota prácticamente inaccesible para la arqueología subacuática convencional.
Buscaban peces y encontraron restos romanos
El Miguel Oliver participaba en la campaña internacional MEDITS, un programa de investigación dedicado a evaluar el estado de los recursos y ecosistemas marinos del Mediterráneo. Durante uno de sus lances, las redes sacaron a la superficie las piezas arqueológicas.
La tripulación avisó inmediatamente a las autoridades y mantuvo las ánforas permanentemente húmedas mediante una manguera para evitar que su exposición al aire acelerara su deterioro. En menos de 24 horas, el conjunto fue trasladado al Museu Arqueològic d’Eivissa i Formentera (MAEF), donde comenzó el proceso de desalación, estabilización y conservación pieza por pieza.

Ánforas que transportaban aceite por todo el Imperio
Los primeros análisis identifican el conjunto como bastante homogéneo. Se trata principalmente de ánforas Dressel 20, grandes recipientes globulares utilizados para transportar aceite producido en la provincia romana de la Bética, en el sur de la actual España.
Este tipo de ánfora fue fabricado masivamente durante los primeros siglos de nuestra era y distribuido por buena parte del Imperio romano. Investigaciones arqueológicas han localizado ejemplares desde Roma hasta las antiguas fronteras romanas de Germania y Britania.
Su importancia va mucho más allá del recipiente. Muchas Dressel 20 incorporaban sellos, grafitos e inscripciones relacionados con su fabricación y circulación. Precisamente, varias de las ánforas recuperadas frente a Formentera conservan numerosas marcas. Esas inscripciones serán ahora una de las principales pistas para determinar cuándo fueron fabricadas, su procedencia y posiblemente reconstruir parte de la cadena comercial a la que pertenecieron.

Un yacimiento prácticamente inaccesible
La profundidad convierte el descubrimiento en especialmente singular. Los 1.400 metros dejan el sitio muy lejos del alcance de los buzos, por lo que cualquier estudio arqueológico directo necesitaría vehículos submarinos operados remotamente o equipamiento oceanográfico especializado.
Por ahora tampoco se ha determinado si las piezas proceden de un naufragio completo o de otro tipo de depósito arqueológico.
El MAEF realizará un inventario y estudiará el estado de conservación de cada objeto antes de avanzar con su restauración definitiva. Después llegará el análisis de los sellos y marcas. Es precisamente ahí donde las ánforas pueden empezar a contar su historia: de qué lugar salieron, cuándo navegaron por el Mediterráneo y qué barco las transportaba antes de terminar a 1.400 metros bajo las aguas de Formentera.