La diabetes, más allá de sus distintos tipos y causas, es en el fondo una enfermedad de escasez de células beta, las encargadas de producir insulina dentro del páncreas y liberarla en respuesta a la glucosa. Cuando estas células se destruyen o dejan de funcionar bien, el cuerpo pierde su capacidad de regular el azúcar en sangre de forma autónoma. Buena parte de la investigación en diabetes de las últimas décadas apuntó a recuperar esa función, ya sea protegiendo las células beta que quedan o generando otras nuevas.
Un equipo de investigadores del Joslin Diabetes Center y la Facultad de Medicina de Harvard, liderado por Peng Yi y con Jian Li como primer autor, encontró una vía distinta: en vez de fabricar células beta desde cero, lograron que células ductales del páncreas (las que forman parte de sus conductos y normalmente no producen insulina) cambiaran de identidad y empezaran a comportarse como células beta.
Un freno genético que nadie había identificado

Para encontrar qué era lo que impedía ese cambio de identidad, el equipo diseñó un cribado genético con tecnología CRISPR a escala del genoma completo, analizando miles de genes en busca de aquellos que regulan la transformación de células ductales en células beta. Encontraron que uno en particular, llamado ALDH3B2, funciona como una especie de freno molecular que mantiene a las células ductales ancladas en su identidad original. Al desactivarlo, ese freno se soltó y una parte de las células comenzó a transformarse, según el estudio publicado en Science Translational Medicine.
De menos del 1% a casi el 9%
En condiciones normales, la conversión espontánea de células ductales en células similares a las beta es un fenómeno extremadamente raro: afecta a menos del 1% de las células. Al eliminar la función del gen ALDH3B2, esa proporción subió hasta cerca del 8,5% en células humanas, un salto considerable para un proceso que la ciencia llevaba años documentando como posible pero demasiado infrecuente para tener utilidad clínica real.
Las células transformadas no solo se parecían a las beta por fuera: mostraron un aumento significativo en la expresión de los genes marcadores característicos de este tipo celular y, más importante todavía, secretaron insulina específicamente en respuesta a la glucosa, la función que en definitiva importa para tratar la diabetes.
La prueba en ratones

Para comprobar si esas células modificadas también funcionaban dentro de un organismo vivo, el equipo las trasplantó a ratones inmunodeficientes con diabetes inducida previamente. Después del procedimiento, los investigadores detectaron insulina de origen humano circulando en los animales y observaron que sus niveles de glucosa descendían hasta acercarse a valores normales, un efecto que se sostuvo durante seis semanas de seguimiento.
Editar en vez de trasplantar
La estrategia contrasta con otro enfoque muy activo en la investigación sobre diabetes: generar células productoras de insulina en el laboratorio, a partir de células madre, y trasplantarlas después al paciente. Es una vía prometedora, pero conlleva una complejidad técnica y logística considerable que todavía la mantiene lejos de una aplicación práctica a gran escala.
El experimento de Harvard todavía no logró inducir esta transformación directamente dentro del páncreas de un organismo vivo, algo que los propios autores reconocen como el paso pendiente. Como ALDH3B2 codifica una enzima, plantean además la posibilidad de desarrollar en el futuro un fármaco capaz de bloquear su actividad y provocar una transformación similar sin necesidad de recurrir a técnicas de edición genética como CRISPR directamente sobre el paciente.
La escala del problema que busca resolver
El contexto ayuda a entender por qué cualquier avance en este terreno genera tanto interés. Según la Federación Internacional de Diabetes, unos 589 millones de adultos de entre 20 y 79 años vivían con diabetes en 2024, aproximadamente uno de cada nueve a nivel mundial, una cifra que la organización proyecta que llegará a 853 millones para 2050. La enfermedad estuvo asociada a 3,4 millones de muertes durante 2024 y generó gastos sanitarios globales por más de un billón de dólares.