Antes de 2008, pescadores comerciales dragaron por accidente esta mandíbula fósil desde el fondo del canal de Penghu, en el estrecho de Taiwán, y terminó a la venta en un mercado de antigüedades de la ciudad de Tainán. Ahí la compró Kun-Yu Tsai, un cazador de fósiles aficionado, que reconoció que se trataba de un hueso humano pero notó que era claramente distinto a cualquier mandíbula moderna. Tsai terminó donándola al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Taiwán, donde el curador de paleontología Chun-Hsiang Chang comprendió de inmediato que tenía algo fuera de lo común entre las manos. El estudio que finalmente confirmó su identidad se publicó en Science, firmado por un equipo internacional de Dinamarca, Japón y Taiwán.
Por qué el ADN no sirvió, y las proteínas sí
Los primeros intentos por extraer ADN antiguo de la mandíbula fracasaron por completo: el clima cálido y húmedo de Taiwán degrada el material genético mucho más rápido que los ambientes fríos donde se hallaron los denisovanos anteriores, en Siberia y el Tíbet. La solución llegó a través de la paleoproteómica, el análisis de proteínas antiguas, mucho más resistentes al paso del tiempo que el ADN. El investigador Frido Welker, de la Universidad de Copenhague, explicó que las proteínas persisten más tiempo que el ADN, lo que permite rastrear la ascendencia evolutiva incluso cuando el material genético ya se perdió por completo.
Al analizar 4.241 residuos de aminoácidos correspondientes a 51 proteínas distintas extraídas del hueso y del esmalte dental, el equipo identificó dos variantes proteicas específicas que, hasta ahora, solo se habían detectado en fósiles denisovanos confirmados, ausentes tanto en neandertales como en humanos modernos. Un análisis adicional sobre una de las muelas reveló además una variante del gen de la amelogenina codificada en el cromosoma Y, lo que confirmó que el individuo era un macho.
Un macho de mandíbula robusta y dientes enormes
El análisis morfológico reveló una mandíbula baja pero robusta, con dientes considerablemente más grandes que los de un humano moderno o un neandertal, rasgos que coinciden con los observados en el otro espécimen denisovano mejor documentado hasta ahora, hallado en la meseta tibetana. Los propios investigadores describieron la existencia de dos linajes de homínidos claramente diferenciados que convivieron durante el Pleistoceno medio y tardío en Eurasia: neandertales de dientes pequeños y mandíbulas altas pero gráciles, frente a denisovanos de dientes grandes y mandíbulas bajas pero robustas.
Un trabajo posterior, todavía en forma de preprint sin revisión por pares completa, analizó proteínas extraídas de dos huesos de pierna hallados en el mismo yacimiento del canal de Penghu y encontró en ellos las mismas variantes proteicas denisovanas, lo que llevó a ese equipo a plantear la hipótesis de que al menos algunos denisovanos pudieron figurar entre los humanos más grandes del Pleistoceno. Esa conclusión, sin embargo, corresponde a un estudio distinto y todavía preliminar, no al análisis original de la mandíbula.
Un debate científico que sigue abierto
La identificación de Penghu 1 no quedó libre de discusión: otro grupo de investigadores publicó un comentario técnico cuestionando la solidez de la evidencia, al que los propios autores del estudio original respondieron defendiendo su metodología, remarcando que combinaron análisis morfológico, contextualización geográfica y cronológica, y análisis proteómico y filogenético, un enfoque múltiple que, según sostienen, hace de la identificación denisovana la conclusión más parsimoniosa frente a toda la evidencia disponible.
Por qué esto expande el mapa denisovano
Hasta este hallazgo, la evidencia molecular directa de presencia denisovana se limitaba a Siberia y la meseta tibetana, dos entornos fríos y de alta montaña. Confirmar su presencia en la cálida y húmeda Taiwán demuestra que este grupo humano extinto logró adaptarse a una variedad climática mucho más amplia de lo que se pensaba, desde las montañas heladas hasta las latitudes subtropicales, coincidiendo con lo que ya sugería la evidencia genética indirecta hallada en poblaciones humanas modernas del sudeste asiático y Oceanía.
Chun-Hsiang Chang planea ahora revisar buena parte de los cerca de 4.000 fósiles que el propio museo acumuló durante 40 o 50 años de dragados en el estrecho de Taiwán, aplicando el mismo método proteómico para determinar si existen más fragmentos denisovanos escondidos en esa colección.