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Ciencia

Hace 35.000 años, alguien se adentró en una cueva completamente oscura y dejó una extraña figura. Los arqueólogos creen que no estaba allí por casualidad

En las profundidades de una cueva de Israel, los arqueólogos encontraron una roca grabada hace unos 35.000 años. Su ubicación, las huellas de fuego y la disposición del lugar apuntan a antiguos rituales colectivos.
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Hace aproximadamente 35.000 años, cuando buena parte de la humanidad todavía vivía en pequeños grupos de cazadores y recolectores, alguien decidió internarse en las profundidades de una cueva del actual norte de Israel. Para llegar hasta allí había que abandonar la luz natural, atravesar formaciones rocosas y avanzar hacia un espacio que no parecía especialmente adecuado para dormir, cocinar o fabricar herramientas. Sin embargo, en aquella oscuridad ocurrió algo que los arqueólogos todavía intentan comprender.

En el interior de la cueva Manot apareció una enorme roca con grabados geométricos que recuerdan al caparazón de una tortuga. Estaba situada en un lugar apartado, rodeada por formaciones naturales y acompañada de indicios de iluminación artificial.

Una investigación publicada en diciembre de 2024 en Proceedings of the National Academy of Sciences plantea que el lugar pudo funcionar como un espacio destinado a reuniones y ceremonias colectivas, posiblemente uno de los ejemplos más antiguos de uso ritual de las profundidades de una cueva en el suroeste de Asia.

Una roca con forma de tortuga en el lugar menos esperado

Hace 35.000 años, alguien se adentró en una cueva completamente oscura y dejó una extraña figura. Los arqueólogos creen que no estaba allí por casualidad
© Assaf Peretz / Israel Antiquities Authority..

La cueva Manot fue descubierta en 2008, cerca de la frontera entre Israel y Líbano. Desde entonces, las excavaciones han revelado restos correspondientes a distintas etapas del Paleolítico y evidencias de ocupación humana prolongada. Pero las zonas más profundas presentaban una característica desconcertante. Mientras que los espacios cercanos a la entrada conservaban indicios de actividades cotidianas, una gran galería interior carecía de las señales habituales de ocupación doméstica.

El recinto tenía aproximadamente 100 metros cuadrados y alcanzaba unos 20 metros de altura. Además, estaba separado de las áreas habitadas por una concentración natural de estalagmitas que funcionaba como una especie de barrera. En su interior, los investigadores encontraron el objeto más extraordinario del conjunto: un bloque de dolomita grabado con líneas que dibujaban una estructura semejante al caparazón de una tortuga.

El análisis microscópico de las incisiones permitió identificar marcas compatibles con herramientas de piedra afiladas. Los estudios de las costras de calcita asociadas a los grabados situaron su antigüedad aproximadamente entre 37.000 y 35.000 años. Los científicos consideran que la roca pudo representar una figura simbólica o un objeto central en alguna actividad ceremonial. Sin embargo, desconocen qué significado concreto tenía para aquellas comunidades.

Encendieron antorchas y transformaron la cueva en un lugar de reunión

rituales más antiguos de Asia
© Omry Barzilai et al.

La ubicación de la roca no fue la única pista. En las formaciones minerales próximas aparecieron restos microscópicos de cenizas de madera, compatibles con la utilización de antorchas para iluminar un lugar al que no llegaba la luz del Sol.

Los arqueólogos también estudiaron las características acústicas de la cámara. Su configuración habría permitido reunir a varias personas y desarrollar actividades colectivas. En una pequeña estancia oculta, separada de la galería principal por formaciones de piedra, apareció incluso una cornamenta completa de gamo con señales de uso.

La combinación de todos estos elementos llamó la atención del equipo dirigido por Omry Barzilai, investigador vinculado a la Universidad de Haifa y a la Autoridad de Antigüedades de Israel.

Según explicó la Universidad Case Western Reserve, la posición de la roca y su separación respecto a las actividades domésticas sugieren que pudo tratarse de un espacio de especial importancia simbólica. No se han encontrado pruebas directas de qué ceremonias se celebraban allí. Cualquier escena concreta de danzas, cantos u ofrendas sigue siendo una hipótesis, no una reconstrucción demostrada.

El descubrimiento plantea una pregunta sobre nuestros antepasados

Hace 35.000 años, alguien se adentró en una cueva completamente oscura y dejó una extraña figura. Los arqueólogos creen que no estaba allí por casualidad
La roca grabada de Manot, datada indirectamente entre hace 37.000 y 35.000 años. © Clara Amit / Israel Antiquities Authority.

Manot ya era un yacimiento excepcional antes de esta investigación. Allí apareció un cráneo de Homo sapiens de unos 55.000 años, relacionado con una etapa crucial de la expansión de nuestra especie fuera de África.

Su anatomía aportó información relevante sobre poblaciones humanas que pudieron coincidir temporal y geográficamente con los neandertales. Pero eso no significa que el cráneo perteneciera a un híbrido identificado entre ambas especies, ni que los rituales documentados demuestren una colaboración religiosa entre sapiens y neandertales.

La importancia del nuevo hallazgo es diferente. Sugiere que los humanos del Paleolítico ya distinguían entre los espacios destinados a sobrevivir y aquellos donde podían construir significados compartidos. Esas actividades habrían contribuido a reforzar vínculos sociales, transmitir símbolos y mantener la cohesión entre grupos.

La cueva Manot no demuestra dónde nació la religión ni cuáles fueron las primeras creencias humanas. Existen testimonios de comportamiento simbólico mucho más antiguos en otros lugares del mundo. Lo que aporta es una de las evidencias más interesantes de cómo nuestros antepasados pudieron transformar deliberadamente un entorno natural en un espacio colectivo cargado de significado. Y todo comenzó con una roca grabada, escondida en la oscuridad.

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