En la península de Long Beach, en el sur de California, decenas de viviendas frente al mar quedaron inhabitables en las últimas semanas, y varias probablemente tendrán que ser demolidas. Unos 1.500 kilómetros al sur, en Mazatlán, México, olas de hasta 5 metros abrieron socavones en el malecón y destruyeron restaurantes sobre la arena. En Bahía de Banderas, el oleaje golpeó de lleno las fachadas de hoteles construidos al pie de la playa.
Las tormentas explican una parte del daño. La otra viene de algo que no se ve desde la costa: una onda gigantesca que cruzó el océano Pacífico por debajo de la superficie.
Qué es una onda Kelvin
A diferencia de las olas que rompen en la playa, las ondas Kelvin se desplazan bajo el agua, son enormes y apenas alteran el nivel del mar. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), suelen originarse en el Pacífico ecuatorial occidental y avanzan a lo largo del ecuador, de oeste a este.
Se forman cuando ráfagas de viento del oeste en el extremo occidental del Pacífico debilitan los vientos alisios, que normalmente empujan el agua cálida hacia Asia. Al aflojarse, esa agua cálida se desliza hacia el este. Las ondas Kelvin vinculadas a El Niño son «internas»: desplazan hacia arriba y hacia abajo el límite entre el agua cálida de la superficie y el agua fría profunda, dentro de los primeros 100 metros, y avanzan a unos 10 kilómetros por hora.
Cuando llegan a Sudamérica, se dividen en dos. Una parte viaja hacia el norte, pegada a las costas de Centroamérica, México y Estados Unidos. La otra baja hacia el sur, a lo largo de la costa sudamericana. La onda actual alcanzó Sudamérica a fines de agosto y desde entonces avanza hacia el norte.
Treinta centímetros que hacen la diferencia
Por sí sola, una onda Kelvin costera no es peligrosa. La NOAA estima que suele sumar entre 15 y 30 centímetros al nivel del mar. Normalmente, nadie se entera de que pasa una.
«Usualmente una onda Kelvin costera sube el nivel del mar unos cuantos centímetros, casi no se nota. Pero este año estamos hablando de una elevación de hasta un pie, más de 30 cm de aumento», explicó Ángel Adames, profesor de Ciencias Atmosféricas y Oceánicas de la Universidad de Wisconsin-Madison.
La clave es la suma. Si el mar ya está más alto, un oleaje que en condiciones normales no causaría problemas llega más lejos tierra adentro y golpea con más fuerza. «La onda por sí misma no es destructiva, sino que el efecto de aumento en el nivel del mar, que ya de por sí está alto, potencia el oleaje fuerte», detalló Adames.
A eso se agregan otros dos factores. Las tormentas pueden elevar el nivel del mar costero más de un metro, y el cambio climático ya lo subió al menos 20 centímetros en la costa de California. Por eso la Comisión Costera de California advirtió que las tormentas que coinciden con la marea alta causan mucho más daño que las que llegan con marea baja. El gobernador Gavin Newsom declaró el estado de emergencia a fines de septiembre.
Un El Niño que podría ser histórico
Todo esto ocurre en medio de un El Niño muy intenso. En su actualización del 8 de octubre, el Centro de Predicción Climática de la NOAA registró una anomalía de temperatura de 2,1 °C en la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial. Calcula más de un 83% de probabilidad de un evento fuerte a muy fuerte que se extienda al menos hasta el trimestre enero-marzo de 2027, con posibilidad de alcanzar niveles históricos.
El Niño también cambia el patrón de las tormentas. Al calentar el Pacífico oriental y aumentar la cizalladura de los vientos sobre el Atlántico, suele potenciar los ciclones del lado del Pacífico y frenar los del Atlántico. Esta temporada lo refleja: el Pacífico acumula una larga lista de tormentas con nombre, mientras que el Atlántico casi no registró actividad.
Qué viene para las costas del Pacífico
En México, la gobernadora interina de Sinaloa, Graciela Domínguez, informó que el malecón de Mazatlán tiene seis socavones identificados y que su reparación requerirá una inversión importante. Otras localidades de la costa oeste y noroeste del país también reportaron erosión de playas y daños en hoteles, condominios y restaurantes.
Y la temporada no terminó. «Los satélites de la NOAA que monitorean el nivel del mar y las temperaturas oceánicas ya han detectado que hay varias ondas Kelvin en camino», advirtió Adames. Con El Niño activo durante el verano austral, el riesgo alcanza a todos los países que bordean el Pacífico oriental, desde México hasta Ecuador, Perú y Chile, donde la rama sur de estas ondas también eleva el nivel del mar y calienta las aguas costeras.
Para las ciudades que construyeron hasta el borde de la arena, la lección es incómoda: no hace falta una ola gigante para causar destrozos. A veces alcanza con que el mar esté 30 centímetros más alto el día equivocado.