Aparte de muchas otras particularidades, si hay algo por lo que los gatos son mundialmente reconocidos es por una facultad casi sobrenatural para caer siempre de pie. Esa habilidad no tiene que ver con sus supuestas siete vidas, sino con una estructura ósea única que comparten con la mayoría de felinos.

La espina dorsal de los felinos es flexible y sus hombros no tienen clavículas funcionales. Ambas características les permiten modificar a voluntad su momento angular y rotar la parte inferior y la superior del cuerpo en direcciones distintas y de forma simultánea. En este vídeo de BBC se puede ver claramente como la parte superior de un caracal (un pequeño felino africano) gira en un sentido mientras que sus cuartos posteriores lo hacen en el contrario.

En el aire, esto permite al animal girar la espalda sin necesidad de ningún punto de apoyo aparte de sí mismo La habilidad para caer de pie se denomina “reflejo de giro de gato” y aparece alrededor de las 3-4 semanas de vida, pero el animal no aprende a perfeccionar su uso hasta las siete semanas.

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El reflejo tiene lugar en varias fases. En una primera fase, el gato determina dónde esta el suelo visualmente o mediante el sensible sistema de equilibrio de su oído interno. A continuación, el animal comienza a girar su espalda en direcciones opuestas. La clave de ello está en las patas. En una primera fase, el gato retrae las patas delanteras y estira completamente las traseras. Esto hace que la rotación de la mitad delantera de su cuerpo sea más rápida.

Cuando alcanza la orientación deseada, el gato opera a la inversa. Extiende completamente las patas delanteras, y encoge las traseras para que la parte posterior gire más rápido y alcance la posición de la anterior. Finalmente, despliega las cuatro patas completamente para tratar de ofrecer la máxima resistencia al aire y frenar la caída en la medida de lo posible. Antes de tocar el suelo, también relaja los músculos para amortiguar el impacto.

Serie de fotografías de un gato cayendo captada para la revista Nature en 1894. Foto: Wikimedia Commons

La refinada técnica no es lo único que ayuda al animal a salir ileso de ciertas caídas. Su pelaje también contribuye a frenar su velocidad terminal o velocidad límite. Los biólogos calculan que la velocidad límite de un gato en caída libre suele ser de alrededor de 100 Km/h. El ser humano, en contraposición, cae a una velocidad de 210 Km/h.

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El reflejo de giro de gato no es infalible. Si la caída tiene lugar desde una altura extrema el animal puede resultar herido igualmente, pero resulta fascinante como los felinos han logrado adaptar su cuerpo a una forma de vida en la que los saltos (y las caídas) extremos son el pan de cada día. [vía BBC]


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