Imagen: Fotograma de One Flew Over the Cuckoo’s Nest

Llevaba meses preparándolo y el día había llegado. En las últimas semanas había dado el paso definitivo: no se había lavado los dientes ni el cuerpo, tampoco se había afeitado. Además, el día de su marcha se puso ropa completamente sucia. Horas después su mujer lo deja en la esquina que conducía a la que sería su “casa” los próximos meses: David Rosenhan se dirigía a una clínica psiquiátrica estando totalmente cuerdo, aunque eso es algo que solo lo sabría nuestro hombre dentro de la institución mental.

Se trataba de uno de los experimentos más influyentes en el campo del estudio y diagnosis en psiquiatría, tanto, que acabó redefiniendo muchas de las pautas que hasta entonces se daban por válidas. El denominado experimento Rosenhan también fue tremendamente controvertido y hoy difícilmente podría llevarse a cabo. En cualquier caso volvamos a la historia y retrocedamos unas décadas hasta el año 1968. Justo en el momento en el que el psicólogo y profesor de la Universidad de Stanford llega a la entrada principal con el look propio de un enfermo mental de una película de miedo…

En ocasiones, veo muertos

Imagen: Fotograma de One Flew Over the Cuckoo’s Nest

Ese mismo día por la mañana había pedido cita por teléfono en la clínica, lo hizo bajo el nombre falso de David Lurie, desde ese momento el nombre con el que se le conocería en el hospital psiquiátrico.

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Una vez llegó a la recepción comenzó la actuación del profesor como el señor Lurie. Al pasar y entrar en contacto con el personal, Lurie explica que vive en un estado de ansiedad continuo, se queja de tener alucinaciones acústicas, constantemente voces en el oído, susurros que cuando se hacen más fuerte llegan a salir transformándose en palabras como “vacío” o “hueco”. Acto seguido pide que por favor la admitan en la clínica para poder ser tratado por expertos.

El psiquiatra que lo examina no podía saber que Lurie, el alias de Rosenhan, había estado estudiando durante los meses anteriores todos los síntomas de diagnóstico hasta la fecha, y que una vez evaluados, había elegido con sumo cuidado que los suyos fueran casos que hasta ahora la literatura científica jamás había tratado.

Sin embargo y una vez fue admitido, Lurie apartó por completo estos síntomas extremos con los que llegó. Al contrario, una vez dentro del centro dejó de fingir y se comportó con normalidad, conversando con los pacientes y el personal en el día a día. Y es aquí, una vez admitido, cuando Rosenhan (Lurie) se hace la gran pregunta: ¿cuánto tiempo pasará hasta que le realicen un tratamiento de salud mental y lo consideren “sano”? El resultado no fue lo esperado por Rosenhan y acabó provocando un terremoto en la psiquiatría tradicional.

El diagnóstico antes de Rosenhan

Imagen: David Rosenhan

El profesor tenía 40 años cuando en 1968 se dedica a tratar de responder a la pregunta de si había estados de cordura y locura y de qué forma se podría distinguir entre ambos. Así fue como llegó a la conclusión de llevar a cabo el experimento.

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El objetivo del profesor era conocer si los diagnósticos responden a la existencia en los pacientes de síntomas que pueden ser categorizados; o por el contrario, los diagnósticos psiquiátricos están en las mentes de los observadores y no son resúmenes válidos de las características manifestadas por el observado.

En aquella época el manual de diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría colocaba a los pacientes en diferentes categorías en función de sus síntomas. Se suponía que estas categorías ayudaban a los doctores a diferenciar entre las personas con enfermedades mentales de aquellas cuerdas. Sin embargo y como decíamos, Rosenhan estaba convencido de que una enfermedad mental era menos una cuestión de síntomas objetivos que de la percepción subjetiva del doctor/observador. Por tanto creía que podía resolver el asunto probando si la gente normal, aquella que nunca había sufrido los síntomas de una enfermedad mental grave, aparecían cuerdos en una clínica mental, y si es así, ¿cómo?

Viviendo como un enfermo mental

Imagen: Fotograma de One Flew Over the Cuckoo’s Nest

Así es como entre 1968 y 1972, nuestro hombre y otros siete colaboradores con buena salud mental, los denominados “pseudopacientes”, solicitan la entrada en un total de hasta 12 clínicas psiquiátricas. El plan siempre sería el mismo: nombre falso y síntomas fingidos de alucinaciones acústicas. Estos colaboradores del profesor se trataban realmente de un estudiante de psicología, tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un artista y una ama de casa, todos ellos con la misma tarea de conseguir que fueran “liberados” de la clínica sin ayuda alguna del exterior. Por tanto debían convencer al personal de que estaban cuerdos.

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En el interior de las instituciones fueron “uno más”, mostrándose totalmente cooperativos. Allí cada día observaban y adoptaban las reglas de la clínica, tomaban diariamente todos los medicamentos que les suministraban, al menos en apariencia. Rosenhan contaría más tarde que, cuando podían, las pastillas se las metían debajo de la lengua en lugar de tragarlas. Según contabilizaron fueron más de 2.000 pastillas donde se incluía todo tipo de sustancias. Y quizá más importante, todas para síntomas idénticos.

Los peligros a los que los pseudopacientes se exponían una vez se puso el plan en marcha eran variados. Por ejemplo algunos temían que pudieran ser violados o golpeados en el interior del recinto, y como Rosenhan apuntó en su conclusión, se había dado cuenta de que en caso de emergencia sería muy difícil sacarlos de la clínica. Por tanto y a partir de ese momento añadieron al experimento a un abogado que podría actuar en caso de emergencia. No sólo eso, dado que muy poca gente sabía de la naturaleza del experimento, el mismo profesor dejó instrucciones al abogado acerca de qué hacer en caso de su muerte.

Otro temor compartido por el “equipo” de falsos pacientes era que iban a ser expuestos al instante. Esto hizo que desde el primer momento mantuvieran las alertas, por ejemplo con los apuntes que tomaban diariamente sobre la investigación, manteniéndolos desde el principio en secreto, aunque como apuntaría más tarde el profesor, tampoco hacía falta porque el personal de las clínicas no prestaba excesiva atención a los pacientes.

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Y así fue. Ninguno de los falsos pacientes fue desenmascarado. A pesar de que finalmente todos fueron dados de alta, a las clínicas les llevó de media alrededor de tres semanas para ello, e incluso entonces no fueron dados de alta como pacientes “curados”, sino más bien y en la mayoría de los casos, diagnosticados como “esquizofrénicos en remisión”. Rosenhan en especial llegó a pasar hasta 52 días en una de las clínicas antes de ser “liberado”.

Con todo, lo más irónico es que fueron precisamente los otros pacientes los que muchas veces expresaron sus dudas sobre los pseudopacientes. En las tres primeras clínicas un tercio de ellos expresó sus sospechas de que los falsos pacientes no estaban muy enfermos, e incluso alguno dio en el clavo como comentaría Rosenhan:

Uno de ellos me llegó a decir: “No estás loco. Eres un periodista, o un profesor y tengo la sensación de que estas aquí investigando el hospital”.

El experimento reveló hasta qué punto estaba profundamente arraigada en la psiquiatría contemporánea cierta mentalidad. Una vez que un pseudopaciente había sido categorizado como un esquizofrénico durante un examen previo a la admisión, nada de lo que hiciera a partir de entonces le quitaría este estigma. Rosenhan observó que el historial de un paciente era sesgado de tal manera que siempre terminaba en la casilla inicial, con el diagnóstico original.

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El profesor decía que clasificar a alguien como enfermo mental también significaba que el propio personal de la clínica pasara por alto cualquier comportamiento normal. Por ejemplo esas notas diarias que llevaban a cabo los miembros del equipo de investigación. De lo poco que llegaron a comentar sobre ello fue en alguna de las clínicas como “el paciente se involucra en la escritura”.

Allí, en el interior de los recintos, el equipo de Rosenhan también llevó a cabo una serie de pequeños experimentos con el personal de la clínica. De vez en cuando le pedían a las enfermeras y los médicos permiso para salir al exterior y observar qué sucedía después. La reacción más común por parte del personal era responder con otra pregunta mientras evitaban la mirada con el paciente y continuaban su ronda sin esperar una respuesta o simplemente no responder.

Alguien voló sobre el nido del cuco: diagnóstico final

Imagen: Fotograma de One Flew Over the Cuckoo’s Nest

Más o menos por las mismas fechas, el experimento de Rosenhan, o para ser más exactos, algo parecido, fue abordado en la cultura. Y es que en 1962 se publicaba el libro de Ken Kesey, One Flew Over the Cuckoo’s Nest, lo que luego se convirtió en ese clásico del cine en 1975 con Jack Nicholson en el papel principal.

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En la película Nicholson interpreta a un delincuente, Randle Patrick, que se compromete a pasar por una clínica psiquiátrica para evitar ser enviado a la cárcel. Tanto el libro como la película se alejan de la realidad vivida con Rosenhan aunque con ciertos paralelismos. En este caso el lector se enfrenta constantemente con la cuestión de quiénes son exactamente los locos, si los pacientes o el personal de la clínica. En cualquier caso Ronsenhan dijo más tarde que no había oído hablar del libro cuando se embarcó en su experimento en 1968.

Ya en 1973 el profesor publicaría su experimento en la revista Science bajo el título On Being sane in insane places, lo que automáticamente desencadenó una ola de protestas. Muchos de sus colegas de profesión criticaron el estudio por las supuestas deficiencias metodológicas, otros consideraban que las apreciaciones del profesor no eran acertadas, ya que “esquizofrenia en remisión” venía a ser el equivalente de “sano”.

A pesar de las críticas dirigidas a su estudio, el profesor nunca negó que ciertos comportamientos se desviaban de la norma pero también pensaba que esa clasificación rígida que existía en los diagnósticos sobre las condiciones de cada paciente eran, en el mejor de los casos, altamente inequívocas, y en el peor, altamente perjudiciales para los pacientes.

Aunque el gremio no se deshizo de esas clasificaciones existentes en el diagnóstico psiquiátrico tras el estudio publicado por el profesor, se elaboraron listas que enumeraban los tipos de comportamiento y que debían estar presentes con el fin de clasificar cada condición en particular. El experimento aceleró el movimiento de reforma de los hospitales psiquiátricos y de desinstitucionalización del tratamiento de los enfermos mentales en la medida en que fuera posible.

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Evidentemente no solucionó el problema de raíz, no se consiguió desestigmatizar ciertos diagnósticos como “esquizofrénico” o “enfermo mental” que aún hoy persisten, esa en la que si una personas es considerada como un enfermo mental, entonces todo lo que hace es interpretado en ese contexto.

Pero incluso ante esta situación, el profesor llevó a cabo otro experimento elegantemente diseñado tras la publicación de su primer experimento. Rosenhan demostró que esta actitud de expectativa preconcebida también operaba en la situación inversa. ¿Cómo? El catalizador de este experimento se produjo en una de las clínicas que desafió a Rosenhan a enviar pseudopacientes a su hospital para que su personal los detectara. Rosenhan aceptó y les dijo que en los siguientes tres meses les enviaría algún o algunos pacientes falsos, así les daría la oportunidad de probar sus conocimientos.

Durante los siguientes tres meses la clínica en cuestión admitió a 193 pacientes. Finalmente 19 de ellos fueron identificados por un psiquiatara y miembros del personal como pacientes falsos potenciales. Sólo había un pequeño problema: en realidad Rosenhan no había enviado a nadie al hospital.


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