En el altiplano de Puno, al sur de Perú, la vida gira alrededor de las alpacas desde hace miles de años. A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, donde casi no crecen cultivos, estos animales son la principal fuente de ingresos de miles de familias. Y su supervivencia depende de algo que el cambio climático está alterando a gran velocidad: el agua que baja de los glaciares.
Las historias de pastores de la región, recogidas en distintos reportajes en los últimos años, describen el mismo fenómeno: pastos que deberían estar verdes y aparecen amarillos, lluvias que llegan tarde o fuera de temporada y, sobre todo, enfermedades que antes no existían a esa altura.
Parásitos que suben la montaña

Durante siglos, el frío extremo del altiplano funcionó como una barrera natural contra muchos parásitos. Ácaros, piojos y la sarna que provocan eran raros a esas altitudes. Hoy aparecen cada vez con más frecuencia, y los especialistas lo atribuyen al aumento de las temperaturas.
Óscar Cárdenas, responsable de los programas de alpacas del Instituto Nacional de Innovación Agraria de Perú, vinculó la llegada de estos parásitos al cambio climático. Para los pastores, eso significa más gastos en tratamientos, animales debilitados y una fibra de menor calidad.
Los humedales que sostienen al rebaño
El problema más profundo está en el alimento. En el altiplano, las alpacas dependen en gran medida de los bofedales, humedales de altura con pastos densos que se mantienen verdes incluso durante la estación seca porque se alimentan del agua de deshielo de los glaciares.
La diferencia es enorme: una hectárea de bofedal en buen estado puede alimentar hasta 25 alpacas, mientras que una hectárea de pasto común apenas sostiene a una. «Los glaciares son la base», resumió Cárdenas. Si desaparecen los bofedales, desaparece la capacidad de mantener a los rebaños.
Un país que se queda sin hielo

Y los glaciares están retrocediendo a un ritmo acelerado. Según el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM), Perú perdió el 56% de su superficie glaciar entre 1962 y 2020. Solo entre 2016 y 2020 desaparecieron 175 glaciares, y quedan unos 1.050 kilómetros cuadrados de hielo.
Perú alberga la mayor parte de los glaciares tropicales del planeta, que son especialmente sensibles al calentamiento. A corto plazo, el deshielo puede aumentar el caudal de los ríos; a largo plazo, cuando el hielo se agota, el agua disponible en la estación seca disminuye. Esa es la etapa que empiezan a sentir los bofedales.
Lo que está en juego
Perú tiene alrededor de 4 millones de alpacas, más del 70% de la población mundial, muy por delante de Bolivia. Su fibra, valorada en la industria textil por su suavidad y calidez, es una de las exportaciones más emblemáticas del país y el sustento de comunidades que no tienen muchas alternativas económicas a esa altura.
A eso se suman otros extremos climáticos. Las heladas y olas de frío más intensas o repentinas matan cada año a miles de crías, y las lluvias irregulares alteran la temporada de partos, que normalmente coincide con los meses húmedos. El calor tampoco ayuda a la calidad de la fibra: en condiciones más templadas, el vellón tiende a volverse más grueso y pierde valor.
Las alpacas acompañaron a los pueblos andinos durante miles de años de cambios. El de ahora, sin embargo, avanza más rápido que nunca, y pone a prueba la capacidad de adaptación de los animales y de quienes viven de ellos.