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Ciencia

La Antártida guardaba un secreto bajo su hielo. Un fragmento de ámbar acaba de revelar cómo era su bosque perdido

Científicos hallaron en sedimentos marinos del Polo Sur el primer ámbar confirmado del continente. Su química y textura demuestran que hace 90 millones de años, la Antártida tenía un clima templado y bosques de coníferas. Un hallazgo que reescribe la historia del planeta helado.
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Durante varios millones de años, el hielo ha ocultado los secretos del continente más inhóspito de la Tierra. Pero esta vez, no fue una perforación en el hielo ni una roca fósil lo que cambió la historia de la Antártida, sino un pequeño destello dorado bajo el microscopio: un fragmento de ámbar, la resina fosilizada de árboles que alguna vez respiraron en el extremo del planeta.

El hallazgo, publicado en la revista Antarctic Science, aporta la primera evidencia directa de que la Antártida albergó bosques templados hace unos 90 millones de años, cuando el mundo estaba dominado por dinosaurios y el clima era radicalmente distinto.

El ámbar que habló desde el fondo del mar

El ámbar que cambió la historia del hielo. Descubren que la Antártida fue un bosque templado hace 90 millones de años
© Unsplash – Tetiana Grypachevska.

El descubrimiento se ha producido en la Bahía de Pine Island, en la costa del mar de Amundsen, al oeste del continente. Allí, un equipo de científicos perforó el fondo marino desde el rompehielos alemán Polarstern, descendiendo más de 900 metros bajo la plataforma de hielo.

En el material extraído —una columna de tres metros de sedimentos y lignito— encontraron diminutos fragmentos translúcidos de entre 0,5 y 1 milímetro. A simple vista parecían granos de arena, pero al analizarlos con espectroscopía revelaron una composición química idéntica a la resina de las coníferas.

Eran fragmentos de ámbar, los primeros confirmados en toda la Antártida. Una cápsula del tiempo natural que conserva intactas las huellas químicas y biológicas del bosque que alguna vez cubrió ese territorio.

Un bosque cálido en el fin del mundo

El ámbar se forma cuando la resina de un árbol fluye, se endurece y queda atrapada bajo sedimentos. Dentro de ella pueden conservarse granos de polen, fragmentos de corteza e incluso restos microscópicos de insectos.

En este caso, las muestras mostraban patrones de resina producida tras heridas, como si los árboles hubiesen sufrido incendios o ataques de insectos. De hecho, el mismo depósito contenía partículas de carbón vegetal, una señal inequívoca de fuego.

Eso sugiere un ecosistema vivo, dinámico y templado: un bosque húmedo de coníferas bajo un cielo libre de hielo, donde el fuego era parte natural del paisaje. Muy lejos de la imagen blanca y silenciosa que hoy conocemos del continente.

Una Antártida verde

Hasta ahora, los yacimientos más australes con ámbar procedían del sur de Australia y de Nueva Zelanda. Este nuevo hallazgo llena el vacío geográfico entre ambos y confirma que la Antártida formaba parte de un cinturón de bosques templados durante el Cretácico.

Los investigadores concluyen que aquel clima fue posible gracias a niveles de dióxido de carbono muy elevados, que actuaban como un efecto invernadero natural. Durante todo el año, las temperaturas se mantenían por encima de cero grados, sin glaciares ni mares congelados.

En ese mundo antiguo, los árboles de resina crecían en suelos oscuros, las lluvias eran frecuentes y los dinosaurios habitaban bajo auroras polares verdes, en un planeta más cálido y húmedo de lo que alguna vez imaginamos.

Una ventana al pasado del clima terrestre

El ámbar que cambió la historia del hielo. Descubren que la Antártida fue un bosque templado hace 90 millones de años
© Pexels – Susanne Jutzeler, suju-foto.

El valor del descubrimiento va más allá de la curiosidad geológica. Este ámbar ofrece una referencia directa sobre cómo responden los ecosistemas polares a climas extremos, un conocimiento crucial en tiempos de cambio climático.

Al analizar la composición química del ámbar, permite reconstruir la temperatura, la humedad y la concentración de CO₂ del aire en el momento en que se formó. En otras palabras, cada partícula de resina es una pequeña muestra de la atmósfera del pasado.

“El ámbar no solo conserva el bosque”, señaló el equipo, “también conserva el aire que respiraba”.

La Antártida antes del hielo

Este descubrimiento reescribe la cronología del continente. La Antártida no fue siempre el páramo helado que hoy conocemos. Durante el Cretácico, cuando los continentes aún estaban unidos en Gondwana, su latitud extrema no impedía que floreciera la vida. Luego, los cambios orbitales y la disminución del CO₂ global iniciaron una lenta glaciación que borró sus bosques para siempre.

Pero bajo las capas de hielo y roca, la memoria del verde sigue intacta, atrapada en diminutos fragmentos dorados.

Como escribió un miembro del equipo en el diario de a bordo del Polarstern: “Cada grano de ámbar es una hoja del bosque perdido de la Antártida. Y ahora, después de 90 millones de años, por fin vuelve a ver la luz.”

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