Bajo kilómetros de hielo antártico ocurre algo que no podemos ver y que tampoco sentiríamos fácilmente. La gravedad terrestre presenta allí una de sus anomalías más extraordinarias: una enorme región donde el campo gravitatorio se aparta de lo que cabría esperar si el interior del planeta estuviera distribuido de manera uniforme.
No es un agujero, no existe una cavidad gigantesca y ningún objeto corre peligro de salir flotando. Pero la anomalía conserva una historia que comenzó mucho antes de que la Antártida se convirtiera en el continente helado que conocemos.
Un equipo de geofísicos ha conseguido reconstruir su evolución durante aproximadamente 70 millones de años. Los resultados, publicados en Scientific Reports en diciembre de 2025, revelan que la anomalía cambió considerablemente hace entre 50 y 30 millones de años. La coincidencia resulta fascinante: fue precisamente durante aquel periodo cuando comenzaron las grandes transformaciones climáticas que terminaron cubriendo la Antártida de hielo.
El supuesto agujero de gravedad está mucho más abajo de lo que imaginábamos

Para comprender el fenómeno hay que abandonar la idea de que la gravedad es exactamente igual en todos los puntos de la superficie terrestre. La distribución de masa dentro del planeta no es uniforme. Existen regiones con rocas de distintas densidades, enormes placas tectónicas que se hunden en el manto y materiales calientes que ascienden lentamente desde profundidades extraordinarias.
Estas diferencias producen alteraciones en el campo gravitatorio que pueden estudiarse utilizando el geoide, una superficie imaginaria que representa cómo se distribuiría el océano bajo la influencia de la gravedad y la rotación terrestre, sin mareas ni corrientes.
La Agencia Espacial Europea explica que misiones como GOCE permiten reconstruir estas irregularidades con gran precisión. Existe, sin embargo, un detalle fundamental: el lugar donde aparece la anomalía más profunda depende de la referencia utilizada.
En las representaciones geodésicas habituales, el mínimo más pronunciado se encuentra en el océano Índico. Pero cuando los investigadores utilizan una referencia que elimina la forma elipsoidal hidrostática de la Tierra, la depresión más intensa aparece cerca del mar de Ross, en la Antártida Occidental. Es precisamente esa anomalía la que estudiaron Petar Glišović y Alessandro M. Forte.
La respuesta apareció al reconstruir 70 millones de años del interior terrestre

Los científicos combinaron datos de tomografía sísmica con modelos tridimensionales de convección del manto. La técnica permitió estimar cómo se desplazaron lentamente grandes masas de roca bajo la superficie terrestre.
Según el Instituto de Física del Globo de París, los resultados indican que la anomalía existe desde hace al menos 70 millones de años, aunque su intensidad y ubicación cambiaron significativamente. El mecanismo involucra dos procesos: antiguas placas oceánicas que se hundieron hacia el interior terrestre y material del manto relativamente caliente y menos denso que ascendió desde regiones profundas.
Durante los últimos 35 millones de años, la contribución de este material ascendente habría amplificado la anomalía alrededor de un 30%, según las reconstrucciones del modelo. La señal que hoy detectamos cerca de la superficie sería, por tanto, el resultado de movimientos ocurridos a cientos y miles de kilómetros de profundidad.
La conexión con el hielo antártico podría ser la mayor sorpresa

La parte más intrigante de la investigación aparece al comparar su cronología con la historia climática del continente. Hace aproximadamente 34 millones de años comenzó una etapa decisiva de expansión de las capas de hielo antárticas. Al mismo tiempo, el modelo indica que la anomalía gravitatoria experimentaba una transformación importante.
Los autores plantean que los cambios del geoide pudieron influir en el nivel relativo del mar y, por esa vía, modificar algunas condiciones geográficas relacionadas con la expansión del hielo. Sin embargo, el estudio original es explícito: esta conexión sigue siendo una hipótesis que necesita comprobarse.
No se ha demostrado que la anomalía gravitatoria provocara la glaciación de la Antártida. La caída del dióxido de carbono atmosférico, la evolución del clima y los cambios en la circulación oceánica siguen siendo fundamentales para explicar aquel proceso.
Lo que aporta esta investigación es una posibilidad adicional: que la dinámica del interior terrestre también influyera indirectamente en las condiciones de la superficie. Y ahí reside lo extraordinario del descubrimiento. La Antártida parece un continente dominado por el hielo y el frío, pero debajo existe una historia mucho más antigua de rocas que se hunden, materiales que ascienden y fuerzas gravitatorias que cambian lentamente.
El hielo es solo la parte que podemos ver.