En Groenlandia, donde se concentra la mayor masa de hielo del hemisferio norte, el retroceso de los glaciares ya no es una tendencia: es una retirada acelerada. Cada año se desprenden miles de millones de toneladas de hielo, y aun así la gran pregunta seguía sin resolverse: ¿qué ocurre exactamente bajo la superficie del agua cuando un iceberg se rompe y cae al océano?
Durante décadas, los modelos se centraron en las olas superficiales, los tsunamis locales y las vibraciones detectadas por sensores terrestres. Pero faltaba una pieza crítica: la dinámica subacuática profunda. Ahora, un nuevo estudio desarrollado por investigadores de la Universidad de Zúrich y la Universidad de Washington acaba de rellenar ese hueco con una tecnología que, hasta hace muy poco, no se aplicaba a glaciares: la fibra óptica como detector acústico en tiempo real.
La tecnología que permitió “ver” bajo el hielo

El equipo instaló un cable de fibra óptica de diez kilómetros en el lecho marino frente al glaciar Eqalorutsit Kangilliit Sermiat, uno de los frentes glaciares más activos del sur de Groenlandia. Ese cable funcionó como un sistema de escucha hipersensible capaz de registrar vibraciones mínimas: un crujido, una fractura, una caída de hielo, un cambio de densidad del agua.
El método, conocido como Distributed Acoustic Sensing (DAS), convierte cada punto del cable en un sensor individual. El resultado es un mapa completo —y continuo— del movimiento submarino.
Lo que descubrieron sorprendió incluso a los propios investigadores: los desprendimientos de icebergs no solo generan olas superficiales, sino también ondas internas enormes que viajan entre capas de agua de distinta densidad. Y esas ondas permanecen activas durante largos periodos, incluso cuando la superficie ya volvió a la calma.
Olas internas del tamaño de un rascacielos
El estudio identificó olas internas que, en términos de energía y altura, son comparables a edificios de varias decenas de pisos. Estas ondas se desplazan de manera horizontal entre estratos oceánicos, donde el agua más fría y densa se separa de la más cálida.
Su impacto va mucho más allá del espectáculo físico:
- mezclan capas de agua que normalmente no deberían encontrarse,
- empujan agua cálida hacia la base de los glaciares,
- aceleran la erosión desde abajo,
- y preparan el terreno para nuevos desprendimientos.
Los investigadores describen este mecanismo como un “multiplicador” del deshielo, porque cada iceberg que cae genera una reacción en cadena: más mezcla, más erosión, más fracturas, más icebergs.
Y lo más sorprendente: hasta ahora, estas olas internas no habían sido medidas directamente en Groenlandia.
Un retroceso mayor de lo estimado
El glaciar analizado libera cada año un volumen de hielo casi tres veces superior al famoso glaciar del Ródano en Suiza. Esa pérdida es visible en imágenes satelitales, pero su relación con las ondas internas nunca se había cuantificado.
Los sensores mostraron que:
- cada evento de calving genera una firma acústica única,
- las ondas viajan kilómetros mar adentro,
- y el agua más cálida asciende como si alguien agitara el océano desde dentro.
Este mecanismo altera la forma en que se entienden las interacciones entre hielo y océano. Hasta ahora, los modelos se apoyaban en simulaciones y datos superficiales; ahora, por primera vez, hay mediciones reales de lo que ocurre en el interior del fiordo.
Un riesgo global que crece desde abajo

Los efectos no se limitan a Groenlandia. Si el casquete polar llegara a derretirse por completo, el nivel del mar aumentaría alrededor de siete metros. Incluso reducciones menores ocasionarían impactos graves en ciudades costeras, sistemas portuarios, acuíferos y ecosistemas marinos.
El agua dulce proveniente del deshielo también puede alterar corrientes oceánicas críticas, como la circulación meridional del Atlántico, que regula gran parte del clima europeo. El nuevo estudio sugiere que este proceso podría estar ocurriendo más rápido de lo previsto debido a la acción constante de las olas internas.
Más allá del hielo: cómo cambia el ecosistema
En los fiordos, donde conviven focas, peces, plancton y aves marinas, la mezcla forzada de agua fría y cálida altera la disponibilidad de nutrientes y la química del agua. El resultado es un ecosistema sometido a tensiones nuevas, donde la cadena alimentaria responde a cambios bruscos en muy poco tiempo.
Según Andreas Vieli, del Departamento de Geografía de la Universidad de Zúrich, las capas de hielo de la Tierra “solo permanecen en equilibrio bajo condiciones climáticas muy específicas”. Las olas internas, al alterar ese equilibrio desde abajo, comprometen esas condiciones.
Un antes y un después en la monitorización del Ártico
Dominik Gräff, investigador principal del proyecto, asegura que el uso prolongado de sensores DAS permitirá documentar el retroceso glaciar con una precisión sin precedentes. Esto incluye:
- detectar eventos de desprendimiento en tiempo real,
- anticipar fracturas grandes,
- cuantificar la fuerza de las ondas internas,
- y modelar su impacto en el futuro del Ártico.
La fibra óptica inaugura así una nueva forma de estudiar ambientes remotos: sin perforaciones, sin buzos, sin equipos invasivos. Solo un cable acostado en el fondo del fiordo y millones de datos que, por fin, revelan lo que ocurría en la oscuridad.