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Ciencia

Durante 380 millones de años creímos entender por qué nuestros antepasados desarrollaron el cuello. Un fósil y un pez actual acaban de cambiar la historia

Los primeros vertebrados que salieron del agua desarrollaron un cuello, pero quizá no para mover la cabeza. Un estudio publicado en Nature revela una sorprendente limitación que cambia nuestra visión de la evolución.
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Mucho antes de que existieran los dinosaurios, los mamíferos o las primeras aves, algunos peces comenzaron a desarrollar las características anatómicas que permitirían a sus descendientes conquistar la tierra firme. Aquella transición, ocurrida hace cientos de millones de años, transformó para siempre la historia de la vida. Y durante décadas, los científicos creyeron comprender uno de sus pasos fundamentales: la aparición del cuello.

La explicación parecía sencilla. Al separar la cabeza de los hombros, aquellos animales habrían conseguido moverla sin necesidad de girar todo el cuerpo. Una ventaja importante para buscar alimento, detectar depredadores y desenvolverse fuera del agua.

Sin embargo, una investigación publicada el 14 de octubre de 2026 en Nature ha puesto en duda esa interpretación. Los primeros vertebrados con un cuello diferenciado no habrían podido utilizarlo como imaginábamos. De hecho, algunos apenas podían desplazar la cabeza unos grados.

Los primeros vertebrados desarrollaron un cuello que casi no podían mover

Durante 380 millones de años creímos entender por qué nuestros antepasados desarrollaron el cuello. Un fósil y un pez actual acaban de cambiar la historia
Reconstrucción del esqueleto de Tiktaalik elaborada a partir de tomografías computarizadas. El animal conservaba características propias de los peces, pero sus extremidades anteriores y su anatomía axial anticipaban cambios fundamentales para la locomoción terrestre. © Thomas Stewart / Penn State University.

El equipo internacional, liderado por Dana Korneisel, investigadora de la Universidad de Upsala, analizó la anatomía de seis especies relacionadas con las primeras etapas de la evolución de los tetrápodos, el grupo que terminaría dando origen a anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Entre ellas destaca Tiktaalik roseae, un pez que vivió hace aproximadamente 375 millones de años y cuyos fósiles fueron encontrados en el Ártico canadiense. Su anatomía combina características acuáticas con estructuras que anticipaban la evolución de las extremidades terrestres.

A diferencia de muchos peces actuales, Tiktaalik presentaba una separación entre el cráneo y la cintura escapular, la estructura ósea que sostiene las extremidades delanteras. Esa característica había sido interpretada como una señal de mayor movilidad de la cabeza. Pero los resultados del estudio original publicado en Nature indican que Tiktaalik probablemente solo podía flexionar su cuello unos 5,5 grados hacia los lados y elevarlo aproximadamente 2,25 grados. Otros animales analizados presentaban restricciones todavía mayores.

La excepción más notable fue Whatcheeria, cuyo cuello relativamente largo habría permitido movimientos considerablemente más amplios. Esto sugiere que la flexibilidad cervical no apareció de manera uniforme entre los primeros tetrápodos.

Un pez que todavía existe permitió resolver un misterio de millones de años

Durante 380 millones de años creímos entender por qué nuestros antepasados desarrollaron el cuello. Un fósil y un pez actual acaban de cambiar la historia
El esturión de lago (Acipenser fulvescens) conserva una notocorda durante su vida adulta. Esta característica permitió medir propiedades mecánicas relevantes para reconstruir la movilidad de animales extintos hace cientos de millones de años. © Tyler Keillor.

El principal obstáculo para estudiar estos animales era que sus columnas vertebrales funcionaban de una manera muy diferente a las nuestras. En lugar de depender principalmente de vértebras articuladas, poseían una notocorda: una estructura alargada de tejido flexible que recorría el cuerpo y proporcionaba sostén. Como los tejidos blandos rara vez sobreviven al proceso de fosilización, resultaba prácticamente imposible calcular cuánto podía doblarse esa región.

Los investigadores encontraron una solución inesperada en el esturión, un pez actual que conserva una estructura axial comparable desde el punto de vista biomecánico. Según explicó la Universidad de Upsala en su comunicado oficial, el equipo extrajo columnas vertebrales de ejemplares de esturión y utilizó una máquina de ensayos mecánicos para medir su resistencia a la flexión y la torsión. Después aplicó esos resultados a modelos construidos con las dimensiones de los fósiles.

El resultado fue sorprendente: pese a estar compuestas en gran parte por tejidos blandos, aquellas columnas eran considerablemente rígidas. Los modelos sugieren que la mayoría de los primeros tetrápodos estudiados no podía girar la cabeza sobre su eje longitudinal, como hacemos los humanos al negar con la cabeza. Y existe una limitación adicional: los cálculos consideran principalmente las propiedades de la columna vertebral. Los músculos, la piel y otras estructuras anatómicas pudieron restringir todavía más los movimientos reales.

Si el cuello no apareció para girar la cabeza, ¿para qué servía?

Durante 380 millones de años creímos entender por qué nuestros antepasados desarrollaron el cuello. Un fósil y un pez actual acaban de cambiar la historia
Modelo de Tiktaalik que muestra sus poderosas aletas anteriores, una característica clave para comprender cómo evolucionó el apoyo del cuerpo en los primeros vertebrados próximos a la transición terrestre. © Tyler Keillor.

La investigación propone una explicación alternativa que conecta directamente con otro de los grandes cambios evolutivos: la transformación de las aletas en extremidades capaces de sostener y desplazar el cuerpo.

En numerosos peces, el cráneo está unido estructuralmente a la cintura escapular. Sin embargo, conforme los antepasados de los tetrápodos comenzaron a utilizar sus extremidades anteriores para apoyarse e impulsarse, esa conexión pudo convertirse en una limitación. Separar los hombros de la cabeza habría permitido que las extremidades asumieran nuevas funciones mecánicas sin transmitir directamente todas sus fuerzas al cráneo. Por tanto, el cuello pudo aparecer inicialmente como una consecuencia de la reorganización del aparato locomotor y no como una adaptación destinada a mejorar la visión o la captura de presas.

Esta interpretación coincide con el análisis publicado por Penn State, que vincula el origen de la región cervical con el desarrollo de nuevas formas de locomoción mediante las extremidades delanteras. Esto no significa que mover la cabeza careciera de ventajas. La movilidad cervical terminó convirtiéndose en una característica decisiva para numerosas especies terrestres, desde depredadores capaces de orientar rápidamente sus mandíbulas hasta animales que exploran su entorno sin desplazar el cuerpo.

Lo que cambia es el orden de los acontecimientos. Primero pudo aparecer la separación anatómica entre la cabeza y los hombros, mientras que la capacidad de mover el cuello con libertad habría evolucionado posteriormente en distintos linajes. Así, una característica que hoy parece inseparable de nuestra anatomía podría haber surgido por una razón completamente distinta de la que imaginábamos. La evolución no siempre desarrolla una estructura para la función que terminará desempeñando millones de años después.

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