En 1774 el médico Charles Blagden fue invitado a participar en un experimento. Lo que los científicos hicieron a continuación al servicio de la ciencia no era nada diferente de lo que millones de personas hacen ahora. Excepto que esta visita a la sauna fue la mejor documentada en los anales de la historia humana.

Al final fueron m√°s de 24 p√°ginas en Transactions of the Royal Society, un informe completo e hist√≥rico donde el m√©dico brit√°nico cont√≥ p√ļblicamente al mundo las experiencias que tanto √©l como los otros participantes (y un perro) pasaron bajo el calor h√ļmedo y abrasador.

Adem√°s de Blagden y su colega George Fordyce (ambos impulsores del estudio), el experimento tambi√©n involucr√≥ al capit√°n Phipps, el se√Īor Seaforth, el se√Īor George Home, el se√Īor Dundas, el se√Īor Banks, el doctor Solander (un tipo que sudaba m√°s que nadie) y el doctor North. Un experimento que buscaba averiguar qu√© le pasar√≠a a nuestro cuerpo a unas temperaturas superiores a los 100 grados. ¬ŅSer√≠a capaz de ‚Äúcocinarse‚ÄĚ como si fueran una carne muerta en la cocina?

La primera sauna

Primeras saunas. Wikimedia Commons

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El experimento tuvo lugar el 23 de enero de 1774 en casa de George Fordyce. Con toda probabilidad, Blagden no tenía ni la menor idea de que la habitación que habían construido especialmente para este experimento era, a todos los efectos, una sauna como las que vemos hoy.

La misma constaba de tres habitaciones, la más caliente tenía un techo abovedado y se calentaba de dos maneras: primero por los conductos de aire caliente en el suelo, y en segundo lugar por los sirvientes del propio Fordyce, quienes iban golpeando las paredes externas con cubos de agua caliente.

Fordyce había convencido a Blagden para que construyeran la edificación basado en la teoría de que hasta ese momento no sabían las temperaturas que podía soportar el cuerpo humano. Esta especie de sauna debía darles una respuesta aproximada por el bien de la humanidad.

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De esta forma comenzaron los experimentos. Primero con unos modesto 38 grados que fueron aumentando paulatinamente hasta que en la sesión 80 los hombres (y el perro) llegaron hasta los 127 grados. Al principio sudaban durante largos minutos (entonces todavía con sus ropas) pero después, cuando el calor era insoportable, todos se sentaron desnudos junto al perro.

Sauna moderna en Finlandia. Wikimedia Commons

Tampoco es de extra√Īar que el aire fuera abrasador y que los cient√≠ficos hicieran uso de pa√Īos para proteger su piel. Entre las muchas observaciones, Blagden se convirti√≥ en el primero en exponer el papel de la transpiraci√≥n en la termorregulaci√≥n, ya que las temperaturas corporales, tanto de los humanos sometidos al calor como del perro, eran significativamente m√°s bajas al aire al que estaban expuestos.

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Si te preguntas qu√© le ocurre a un perro a esas temperaturas la respuesta corta es que ‚Äúnada‚ÄĚ. El perro sufri√≥ una temperatura de 127 grados cent√≠grados durante una hora completa, y lo hizo con aparentemente poca angustia y registrando una temperatura corporal de tan s√≥lo 43 grados, es decir, m√°s alto que la temperatura corporal normal de un perro, pero significativamente m√°s fresca que la habitaci√≥n.

En realidad, la temperatura del perro era probablemente inferior en unos pocos grados tal y como Blandeen reconoci√≥. De hecho, el cient√≠fico ten√≠a ciertos problemas para tomar la medida exacta. En cualquier caso, tal diferencia en el cuerpo y la temperatura ambiente era importante. As√≠ que temiendo por la fiabilidad de sus term√≥metros, Blagden pens√≥ en llevar un control ‚Äútermo-regulador‚ÄĚ muy particular: a√Īadi√≥ una sart√©n, huevos y filetes de carne grasienta a la ecuaci√≥n. Como √©l mismo registr√≥:

Sauna rusa. Wikimedia Commons

Para probar que no había falacia en el grado de calor mostrado por el termómetro, sino que el aire que respiramos era capaz de producir todos los efectos conocidos de tal calor sobre la materia inanimada, incluimos algunos huevos y una carne de vaca.

En unos veinte minutos sacamos los huevos, estaban tostados y muy duros. En cuarenta y siete minutos el bistec no sólo estaba hecho, sino casi seco. Otra carne de res también se pasó en treinta y tres minutos.

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En s√≠ mismos, estos hallazgos no eran especialmente notables, despu√©s de todo los filetes estaban siendo calentados a una temperatura de m√°s de 100 grados. Pero lo que realmente sorprendi√≥ a Blagden fue que el calor sofocante no tuvo ning√ļn efecto adverso en √©l ni en el resto.

S√≠, la carne muerta se hac√≠a en poco tiempo, pero en las mismas condiciones una persona viva que respiraba sal√≠a de aquella habitaci√≥n completamente ilesa. La conclusi√≥n de Blagden era que los organismos vivos ten√≠an la capacidad √ļnica de destruir el calor. Y no, al afirmar esto no se refer√≠a al enfriamiento del cuerpo humano a trav√©s de la sudoraci√≥n, sino m√°s bien a una ‚Äúprovisi√≥n de la naturaleza que parece estar relacionada con los poderes de la vida‚ÄĚ tal y como expres√≥.

Por supuesto y ahora lo sabemos, Blagden estaba equivocado al extraer esta conclusi√≥n: no hay tal fuerza vital capaz de destruir el calor. El enfriamiento del cuerpo se logra √ļnicamente por la evaporaci√≥n de la humedad como el sudor o la saliva en conjunci√≥n con la expansi√≥n de los vasos sangu√≠neos. A√ļn as√≠ y sin saberlo, √©l fue el primero en aportar datos que ayudaron a desarrollar la teor√≠a cient√≠fica que hoy conocemos.