Durante siglos, los glaciares han sido símbolos de permanencia, resistencia y equilibrio natural. Sin embargo, nuevas proyecciones científicas revelan que esa sensación de eternidad era una ilusión. Un estudio internacional advierte que muchas de estas masas de hielo entran en una fase decisiva en las próximas décadas, con consecuencias que van mucho más allá del paisaje.
Un calendario inesperado para un fenómeno global
La investigación, publicada en Nature Climate Change y liderada por científicos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, plantea algo inédito: por primera vez se han estimado fechas aproximadas para la desaparición de cada glaciar del planeta. No se trata de una predicción abstracta, sino de un análisis detallado que identifica cuándo se alcanzará el mayor ritmo de pérdida de glaciares a escala global.
Según el estudio, regiones como los Alpes, las Montañas Rocosas o los Andes se encuentran entre las más vulnerables. La razón no es casual: muchas de estas zonas concentran glaciares pequeños, situados a menor altitud o cerca del ecuador, lo que los vuelve especialmente sensibles al aumento de la temperatura media. En algunos de estos lugares, más de la mitad de los glaciares podrían desaparecer en apenas diez o veinte años.
Aunque el trabajo no ofrece recomendaciones explícitas, el mensaje implícito es contundente. El proceso ya está en marcha y no se desarrollará de forma gradual y lejana, sino con una intensidad notable en un plazo sorprendentemente corto.
Los números que explican la magnitud del problema
Las cifras ayudan a dimensionar el escenario. En la actualidad existen más de 250.000 glaciares en todo el mundo. Incluso si se lograra cumplir el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París y limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C, para el año 2100 sobrevivirían alrededor de 100.000. Es decir, aun en el mejor de los casos, el planeta perdería cerca del 60 % de sus glaciares.
El panorama se vuelve mucho más severo si las temperaturas alcanzan un incremento medio de 4 °C, una posibilidad que no está descartada según otras proyecciones climáticas. En ese escenario, a finales de siglo quedarían apenas unos 18.000 glaciares, menos del 8 % de los actuales.
En regiones concretas, la situación resulta todavía más extrema. Los Alpes, por ejemplo, podrían pasar de unos 3.000 glaciares a solo unos pocos cientos incluso en el escenario más optimista. En contextos de mayor calentamiento, la cifra se reduciría a una mínima fracción, con pérdidas similares en zonas de Asia Central, los Andes y Norteamérica.

El llamado “pico de extinción” y por qué no es una buena noticia
Uno de los conceptos clave del estudio es el denominado “pico de extinción glaciar”. Este término describe el año en el que desaparece el mayor número de glaciares en todo el planeta. Según los cálculos, ese punto crítico se alcanzaría alrededor de 2041 si el calentamiento se limita a 1,5 °C.
A primera vista, puede resultar desconcertante que, en escenarios de mayor calentamiento, este pico se retrase más de una década. Sin embargo, lejos de ser un alivio, este retraso indica algo mucho más preocupante. Con temperaturas más altas, no solo se perderán los glaciares pequeños, sino también otros de mayor tamaño que hoy parecen relativamente estables.
En términos prácticos, eso significa que, llegado el año del pico, el número total de glaciares existentes será mucho menor en los escenarios más extremos. El concepto, por tanto, no marca un “límite de seguridad”, sino una señal de hasta qué punto el daño ya estará hecho.
Mucho más que una pérdida paisajística
La desaparición de los glaciares no es solo una cuestión visual o simbólica. Aunque los glaciares pequeños aportan poco al aumento del nivel del mar, su pérdida completa puede tener efectos profundos a escala local. Valles enteros dependen de ellos para el turismo, la identidad cultural y, en muchos casos, el suministro estacional de agua.
El impacto se extiende también a actividades económicas como el turismo de montaña y el esquí, que ya están experimentando transformaciones forzadas.
Pero hay una dimensión menos visible: cada glaciar está ligado a una historia, a comunidades concretas y a una memoria colectiva que se desvanece con el hielo.Los investigadores subrayan que, si bien no es posible evitar todas las pérdidas, sí se puede suavizar su alcance. Reducir las emisiones no salvará cada glaciar, pero puede marcar la diferencia entre conservar una parte significativa de este patrimonio natural o asistir a una desaparición casi total en el transcurso de apenas dos generaciones.
El tiempo, según la ciencia, sigue siendo limitado. Y lo que se decida ahora determinará cuánto de este mundo helado seguirá existiendo cuando miremos hacia las montañas del futuro.
[Fuente: La Razón]