SpaceX nació en 2002 con una promesa que sonaba casi absurda: abaratar los lanzamientos espaciales, fabricar cohetes reutilizables y, algún día, llevar humanos a Marte. Dos décadas después, la empresa de Elon Musk ya no solo quiere convencer a la NASA, a gobiernos o a clientes de telecomunicaciones. Ahora quiere convencer a Wall Street de algo todavía más grande: que puede valer casi tanto como las compañías más poderosas del planeta.
La empresa presentó una actualización de su documentación ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos en la que fija un precio esperado de US$ 135 por acción y una oferta de 555.555.555 acciones clase A. Con esos números, SpaceX aspira a recaudar alrededor de US$ 75.000 millones y debutar con una valoración cercana a US$ 1,75 billones bajo el símbolo “SPCX” en Nasdaq.
La mayor salida a Bolsa de la historia no sería petrolera ni bancaria: sería espacial
La escala de la operación es difícil de poner en perspectiva. Hasta ahora, la mayor OPI de la historia había sido la de Saudi Aramco, que recaudó US$ 29.400 millones en 2019. SpaceX pretende más que duplicar esa cifra y colocarse, desde el primer día, entre las empresas cotizadas más valiosas de Estados Unidos. Reuters señala que el debut bursátil comenzaría a negociarse el 12 de junio, después de una fijación de precio prevista para el 11 de junio.
El dato financiero es enorme, pero el mensaje de fondo lo es todavía más. Una empresa que durante años fue vista como una rareza privada, dependiente de contratos públicos y de la audacia técnica de sus cohetes reutilizables, intenta presentarse ahora como una infraestructura central del siglo XXI: lanzamientos espaciales, internet satelital, defensa, inteligencia artificial y, según sus propios documentos, computación orbital.
No es una OPI convencional. Tampoco lo es el hecho de que la empresa haya comunicado un precio objetivo único de US$ 135 por acción, en lugar de ofrecer un rango inicial, una práctica más habitual en las salidas a Bolsa. Reuters describió ese movimiento como una ruptura con la convención de Wall Street y una señal de la confianza (o agresividad) con la que SpaceX llega al mercado.
SpaceX ya no se vende solo como una empresa de cohetes

Durante años, el relato de SpaceX fue bastante claro: cohetes reutilizables, cápsulas Crew Dragon, contratos con la NASA, misiones privadas y una ambición marciana que funcionaba casi como mito fundacional. Pero la compañía que se presenta ahora ante inversores es más amplia y bastante más compleja.
Starlink, su red de internet satelital, cambió la dimensión comercial del negocio. El servicio convirtió a SpaceX en una compañía de telecomunicaciones global, con miles de satélites en órbita y presencia en mercados civiles, rurales, empresariales y estratégicos. A eso se suma el giro hacia la inteligencia artificial, especialmente después de la integración de xAI dentro del ecosistema de Musk, un movimiento que aparece como una de las claves para justificar una valoración tan extrema. The Guardian y Reuters señalan que el prospecto de SpaceX enfatiza no solo la exploración espacial, sino también la IA y la posibilidad de desarrollar centros de datos en el espacio.
Ese punto es crucial. Wall Street no estaría comprando únicamente lanzamientos más baratos ni internet satelital. Estaría comprando una historia de infraestructura futura: satélites, cómputo, datos, IA, defensa y presencia humana fuera de la Tierra dentro de un mismo paquete narrativo.
La valoración entusiasma, pero también empieza a incomodar
La pregunta incómoda es si SpaceX realmente vale lo que pretende valer. Reuters informó que Morningstar estimó el valor de la compañía en unos US$ 780.000 millones, menos de la mitad del objetivo de la OPI. Esa diferencia no es menor: muestra que incluso dentro del mercado hay dudas sobre cuánto de la valoración responde a resultados actuales y cuánto a expectativas de crecimiento casi ilimitadas.
MarketWatch fue todavía más directo al advertir que una valoración cercana a US$ 1,75 billones dejaría muy poco margen de error. Según su análisis, el precio implicaría múltiplos de ventas extremadamente altos, más propios de una apuesta especulativa que de una inversión tradicional basada en beneficios consolidados.
El propio entusiasmo por la inteligencia artificial ayuda a explicar el momento. En los últimos años, el mercado ha premiado de forma descomunal a empresas que logran asociarse con infraestructura de IA, chips, centros de datos o modelos generativos. SpaceX intenta entrar en esa conversación desde un lugar distinto: no como otro laboratorio de software, sino como dueño de una posible capa física para la computación del futuro.
Musk mantendría el control casi total del imperio

La salida a Bolsa tampoco parece diseñada para diluir el poder de Elon Musk. Según el documento presentado ante la SEC, Musk conservaría aproximadamente el 82,4% del poder de voto tras la oferta gracias a la estructura de acciones con distinto peso. En otras palabras: los inversores podrían comprar una parte de SpaceX, pero no el control real de la compañía.
Ese esquema no es extraño en grandes tecnológicas dominadas por fundadores, pero aquí adquiere una dimensión particular. Explica The Guardian que si la valoración se sostiene, la participación de Musk en SpaceX podría disparar su patrimonio hasta niveles inéditos y acercarlo al umbral del primer billonario de la historia moderna. Forbes ya calculó que la oferta podría valorar la compañía por encima de US$ 1,75 billones, un salto capaz de alterar la tabla global de fortunas.
La paradoja es evidente: SpaceX se abriría al mercado, pero seguiría siendo, en la práctica, una empresa profundamente asociada a la voluntad estratégica de una sola persona.
La nueva carrera espacial se mudó a Wall Street
La OPI de SpaceX, cuenta la CNN, llega en un momento en el que el espacio dejó de ser únicamente una disputa entre Estados. NASA, China, agencias europeas, empresas privadas, fondos soberanos y tecnológicas compiten por una misma frontera: la órbita baja, la Luna, Marte, la conectividad global y los datos. SpaceX aparece en el centro de casi todas esas discusiones.
Reuters informó también que la compañía habría restringido la participación de inversores de China y Hong Kong en su OPI, según Bloomberg, un detalle que muestra hasta qué punto la operación mezcla finanzas, defensa, tecnología sensible y rivalidad geopolítica. No es simplemente una empresa saliendo al mercado. Es una infraestructura estratégica entrando en manos de inversores globales bajo reglas extremadamente vigiladas.
La comparación con Saudi Aramco resulta casi simbólica. La mayor OPI del pasado pertenecía al petróleo, la energía que definió buena parte del siglo XX. La que ahora quiere romper ese récord pertenece a una empresa que promete cohetes reutilizables, internet desde órbita, IA y centros de datos espaciales. Es difícil imaginar una transición más clara entre dos épocas.
El riesgo es tan grande como la promesa

El debut de SpaceX puede ser histórico incluso si no cumple todas sus promesas. Si logra recaudar US$ 75.000 millones, se convertirá en una prueba de fuego para el mercado: demostrará si los inversores están dispuestos a pagar hoy por una visión que combina Marte, satélites, inteligencia artificial y computación orbital.
Pero también puede dejar una advertencia. Las grandes OPI suelen llegar envueltas en una narrativa de inevitabilidad: la idea de que la empresa no solo crecerá, sino que cambiará el mundo. Algunas lo hacen. Otras descubren que cotizar en Bolsa implica rendir cuentas cada trimestre, explicar pérdidas, justificar gastos de capital y demostrar que el futuro puede convertirse en ingresos reales.
SpaceX ha demostrado que sabe hacer aterrizar cohetes, reutilizar tecnología y romper monopolios espaciales. Ahora intentará algo distinto: hacer aterrizar una valoración de US$ 1,75 billones en el mercado público. Y eso, incluso para una empresa acostumbrada a desafiar la gravedad, puede ser una de sus misiones más difíciles.